"Puntos suspensivos" Por Lulú Petite

Entraste a la habitación y me encontraste dormida. Trataste de no hacer ruido. Lo sé porque me desperté cuanto te estabas quitando la camisa...
Lulú Petite
06/08/2013 - 05:48

Querido Diario:

Entraste a la habitación y me encontraste dormida. Trataste de no hacer ruido. Lo sé porque me desperté cuanto te estabas quitando la camisa. Te vi desnudarte en silencio. Acomodaste las cosas con suavidad en el tocador como para no despertarme. Me pareciste tierno.

Estuvimos juntos desde la mañana cuando pasaste por mí para llevarme a desayunar. Una cosa llevó a otra y acabamos en tu casa, preparando la comida, platicando sobre todo el tiempo que tenemos conociéndonos, de lo que fue, de lo que hubiera sido, de lo que será. Riéndonos de los recuerdos y de nosotros mismos. Después de ver una película en la tele hicimos el amor, como siempre, fue exquisito sentirte de nuevo calentándome el cuerpo.

Como a las doce de la noche, después de un buen rato compartiendo caricias y recuerdos, me empecé a quedar dormida, me diste un beso, te vestiste y te fuiste a trabajar a tu estudio; yo cerré mis ojitos y me perdí.

Regresaste como a las cuatro de la madrugada. Cuando desperté, apenas con la media luz de la calle que se cuela por la ventana, vi tu espalda desnuda y cómo acomodabas la camisa tratando de no despertarme. Sonreí sin decir nada.

Te quitaste el resto de la ropa con el mismo cuidado hasta quedar en bóxer. Cuando volteaste cerré los ojos.

Sentí tu mirada. No te recostaste de inmediato, permaneciste de pie, frente a mí. Imaginaba que me estabas viendo, tendida, semidesnuda y con los ojos cerrados. Imaginaba tus ojitos mirándome con deseo. Qué bien la pasamos desnudos ¿verdad? Francamente coges delicioso.

Sentí entonces que te metías a la cama con cuidado y, cuando te acostaste a un lado mío, abrí los ojos y te sonreí.

Pusiste entonces tu mano en mi mejilla y me diste un beso en los labios. Nos abrazamos y empezamos a jugar de nuevo al amor.

No me esperaba tu llamada. Teníamos ya mucho sin vernos ni hablarnos. Que de pronto me hablaras para avisarme que estás en la ciudad y preguntar si podías venir en ese momento, si quería desayunar contigo me tomó por sorpresa. Tenía cosas planeadas para ese día, clientes que atender, asuntos que resolver. Siempre te gustó ser así, sorpresivo e imperativo. Tú no haces invitaciones, tiendes emboscadas. Pides las cosas tan a quemarropa que apenas da tiempo de reaccionar. Desde luego, dije que sí.

Apenas tuve chance de arreglarme, cuando ya estabas en la puerta. Esperando a que bajara para desayunar contigo. Te veías guapo, como siempre y me dieron unas ganas tremendas de morderte la boca, de confesarte que tenía ganas de verte. Afortunadamente me conoces y lo dijiste tú, sabiendo que con eso me desarmabas.

Me encantó que me besaras a mitad de la madrugada. Sentir tus manos en mi espalda, que me apretaras las nalgas, tocar tu sexo para sentirlo crecido bajo el bóxer.

Que bajaras poco a poco repartiendo por mi cuerpo besos y caricias. Que apretaras mis pezones como me gusta, que me lamieras el abdomen, que besaras mis piernas y fueras repartiendo en ellas besitos, como los del andar de una hormiga, primero por la parte exterior de mis muslos, luego por la interior.

Cuando te metiste entre mis piernas y comenzaste a comerte mi deseo, era tanto el placer que me estabas provocando que, clavé las uñas en tu cabello, te jalé contra mi cuerpo y sentí como entre besos y lengüetazos me regalabas un orgasmo intenso y sobrecogedor.

Respiré profundamente para recuperar el aliento y te agradecí el regalo madrugador empujándote para que te recostaras boca arriba. Metí mano en tu calzoncillo y sentí caliente, parado, duro y delicioso tu sexo.

Me encorvé sobre él y me lo llevé a la boca. Primero lo tomé con una mano y sentí su rigidez, caminos de venas que hinchaban aquella cosa enorme, sabrosa, de cuerpo rosado y punta colorada que crecía al contacto de mi lengua. Me la fui metiendo a los labios poco a poco, repartiendo lengüetazos en diversas partes, explorando, lamiendo piel conocida, disfrutando el olor de tu sexo, que mezcla el olor de tus hormonas con el de tu loción. La chupé toda antes de tragármela, de metérmela completa en la boca y llenármela con esa carne viva y palpitante. La devoré hasta desaparecerla en mis labios y tú te estremeciste pidiéndome más, exigiéndome que siguiera así. Te obedecí.

Me pediste de pronto que me pusiera de perrito. Lo hice de inmediato. Clavé mis uñas en las sábanas y te sentí entrar de un solo golpe.

La última vez que te había visto el recuerdo fue agridulce. El romance que viví contigo fue intenso, divertido, sexual y estimulante, disfruté enormemente cada etapa. Por eso cuando me pediste que agarrara mis chivas y me fuera a vivir contigo a Nueva York, me costó un ovario y la mitad del otro decirte que no.

Razones tenía muchas y no vale la pena sacarlas a orear, de todos modos, saber que estás acá, aunque sea de visita, recibirte en mi casa, que me invites a la tuya y que revivamos estas ganas en la piel que satisfaces tan maravillosamente, es algo de lo que no me he de privar.

Lo nuestro es algo inconcluso. Nunca nos peleamos ni terminamos. No hubo un rompimiento de esos dramáticos y dolorosos. Simplemente me hiciste una propuesta que no pude o no quise aceptar, eso para mí, más que punto final, tiene cara de puntos suspensivos. Lo nuestro tuvo más de mudanza que de ruptura, así que ni modo, la carne es débil y tú, mi querido profe, coges delicioso.

Un beso
Lulú Petite

 
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