Despiden a la heroína de Cuajimalpa

La enfermera que dio su vida para salvar a bebés fue velada ayer en el domicilio de sus padres
Tanya Guerrero
05/02/2015 - 13:57

Mónica Orta Ramírez le dijo al camillero Jorge Tinoco que ella no podía salir porque tenía a un bebé intubado en estado grave. Faltaban 50 minutos para terminar su jornada de 12 horas, cuando el hospital fue destruido por una explosión. 

Minutos antes, las instalaciones del Materno Infantil de Cuajimalpa eran desalojadas debido al fuerte olor a gas y el riesgo de muerte que esto implicaba. 

Para la enfermera, su preocupación era el recién nacido al que no pudo sacar. Se dice que la encontraron quemada junto a su paciente. 

“Sabíamos que lo ibas a hacer”, gritaba María de Lourdes Ramírez, madre de Mónica, durante su funeral. Más de 160 personas, entre familiares y amigos, se reunieron para recibir el cuerpo de aquella que dio su vida por tratar de salvar la de otros. 

La tarde de ayer, las campanas de la capilla de la colonia Ferrocarrilera San Rafael anunciaron la llegada del cuerpo, que sería velado en la casa de los padres de Mónica, en el municipio  de Tlalnepantla. 

No terminó de escucharse la última, cuando los dolientes comenzaron a llorar, sabiendo que la despedida estaba cerca. 

“Mi gorda, mi gorda, eres bien chingona”, le gritaba su hermano Fabián Orta, al momento de arribar a la casa. Mónica, la enfermera heroína, fue recibida entre aplausos y gritos de dolor.

Durante 20 minutos, la sala se inundó de llanto. La pérdida de una madre ejemplar, profesionista entregada y una sensible hermana, vibraba en cada uno de los recovecos de esta casa. 

“Mi hija, mi hija, yo te voy a cuidar a tus chiquitos”, decía María de Lourdes al referirse a los tres niños que Mónica dejó en el mundo: un niño de ocho, uno de siete y otro de un año y seis meses de edad. Más tarde, ellos junto con su esposo, Juan Carlos Mendoza, la acompañarían en este sentido adiós. 

Poco a poco el llanto cesó, pero el dolor de perderla, nunca. Se hablaba de ella, de su hazaña, del amor por su profesión y de cómo llegó a ser enfermera.

 “Mi hermana quiso ser enfermera desde que estaba chiquita. Estuvo internada varias veces en el hospital y de ahí decidió que quería ser enfermera”, dice Guadalupe Orta, hermana de Mónica. 

Mónica era muy querida. Cuentan sus compañeras de escuela que la mujer de 32 años era una persona amable, alegre y carismática, a la que le gustaba bailar cumbia y escuchar canciones de Gloria Trevi.

“Mi hermana tenía un corazón grande. Es un excelente ser humano. Una madre, una hija y una hermana ejemplar”, dice Guadalupe al recordar a Mónica, quien llevaba tres años desempeñándose como enfermera en el Materno Infantil.  

Los familiares recordaron aquella mañana del jueves, cuando después de la explosión del hospital, las noticias estaban plagadas de tragedia. Un vecino les avisó de la situación y comenzaron a buscar a Mónica en los hospitales  donde se informaba que estaban siendo atendidas las víctimas. “Nos enteramos por un vecino y mi papá se fue al hospital. Yo me vine con mi mamá para tranquilizarla porque al ver las imágenes se puso mal”, explica Guadalupe. 

Mónica llegó al Hospital de Balbuena en calidad de desconocida y fue después de la una de la tarde cuando sus familiares la encontraron. 

“Un compañerito de mi hermana le dijo a mi papá que no se preocupara, que mi hermana había salido en camilla, que sí iba quemada, pero que había sido llevada a un hospital”. 

Junto con Mónica, Juana Zacarías, Lupita Castañeda y Lupita García fueron tres de las nueve enfermeras que se encontraban al momento de la explosión. Dos de ellas siguen graves.

Por otra parte, los gobiernos del  DF y del Estado de México informaron que darán becas a los tres hijos Mónica hasta que obtengan un título universitario. Además, absorberá el costo de la vivienda que estaba pagando.

 
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