"La aplanadora" Por Lulú Petite

Fue hace años, cuando trabajaba en el changarro del hada, no creas que ya era cuando había hecho callo, al contrario, estaba más verde que la rana de los muppets...
Lulú Petite
04/07/2013 - 06:06

Querido Diario:

Fue hace años, cuando trabajaba en el changarro del hada, no creas que ya era cuando había hecho callo, al contrario, estaba más verde que la rana de los muppets. Apenas llevaba con ella unas tres semanas cuando lo conocí. Era un hombre alto y corpulento, una especie de montaña ambulante, imagínatelo: ancho de pies a cabeza. Calculo que medía más de un metro noventa y pesaba arriba de ciento cincuenta kilos.

Sus manos eran gigantescas, como guantes de beisbol, su espalda parecía cancha de futbol y su cráneo redondo y formidable, como de toro. No era precisamente gordo, tampoco uno de esos cuerpos esculpidos entre el gimnasio y el quirófano, él simplemente era grande parejo, como un tinaco o un refrigerador.

Cuando entró estábamos en la agencia el hada, yo y otras dos chicas, lo vimos desde la salita, que quedaba cerca de la recepción. Francamente nos quedamos sin habla. ¿Te imaginas lo que se siente ver entrar a un hombre de ese tamaño y saber que te va a coger? De verdad que asusta, imagínate, se deja caer desde la tercera cuerda y me deja como un estampado de la sábana. Nos miramos todas de reojo mientras el hada hablaba con él en la recepción. Entonces nos llamó. Tragamos saliva y nos levantamos esperando cada una que la elegida fuera otra.

Nos formamos las tres y el hada nos presentó.

-Ella es Lulú- dijo, di un paso para ponerle un beso en la mejilla.

-Ella es Silvia- dijo después y la aludida repitió mi saludo

-Y ella es Carmen- quien después de saludarlo igual que nosotras caminó de regreso a la sala de estar, nosotras la seguimos.

El hada se quedó sola con el hombre montaña para que él le dijera a quién quería poncharse (o aplanarse, en su caso). Después caminó hacia nosotras.

-Lulú vas tú-¡Imagínate! Me escogió a mí. Con mi tamaño y apenas iniciándome en estos rollos, moría de miedo.

Pasé al baño con el pretexto de lavarme los dientes. Francamente entré a tomar valor. Respiré profundo, me miré en el espejo, calculé que si ese hombre me caía encima me tendrían que levantar del suelo con espátula. Sonreí y salí ya con el alma dispuesta para lo que viniera ¿Qué le iba a hacer?

Entré a la habitación temblando. Él me esperaba con una sonrisa. Lo que pasó después fue para mí, que apenas me estaba formando en este negocio, algo sorprendente. Los cuartitos tenían una cama con dos burós, un tocador con espejo y un sillón. Él se sentó en el sillón y comenzó a platicar conmigo.

Hasta antes de él, los clientes iban a coger. Punto. En cuanto yo entraba saltaban a mis labios, a mi escote, a mis nalgas. Antes de que pudiera decir -¿Cómo te llamas?- Ya los tenía metiéndome las manos hasta por donde no da el sol. Él no. Primero quiso platicar. Contarme cosas de él, que le contara cosas sobre mí. Yo hubiera imaginado que era luchador o linebacker de futbol americano, pero resulta es ingeniero en electrónica con especialidad en una mamada que sólo ellos entienden. Platicamos un buen rato, para cuando quiso que tuviéramos relaciones yo ya no veía al gigante que me iba a hacer pedazos, sino a una persona con buenos sentimientos e historias divertidas. Me acerqué con gusto y entre besos apasionados y caricias dedicadas comenzamos el juego.

Me arrodillé y llevé su sexo a mis labios. Él puso su mano en mi nuca y me acarició suavemente sintiendo los movimientos de mi cabeza y mirando con atención en el espejo cómo su miembro aparecía y desaparecía en mis labios. A muchos hombres les encanta que se las chupen de rodillas ¿a poco no?

Busqué su mirada pero tenía los ojos cerrados y jadeaba con la boca abierta. Cuando los abrió y encontró mis pupilas clavadas en las suyas, sonrió y me tendió la mano sugiriendo que me pusiera de pie.

Me besó de nuevo mientras me metía mano. Me besó el cuello, apretó mis pechos, me quitó la ropa con un par de movimientos propios de quien sabe lo que está haciendo, se puso detrás de mí, me acarició el vientre y metió luego sus dedos bajo mi lencería, tocó un poco la guirnalda de vello sobre mi pubis y, con sus pulgares en los resortes, bajó mi calzón despacio, besándome la espalda, los glúteos, los muslos, las piernas. Cuando se levantó, me acerqué a su sexo, y lo sentí tibio en mi espalda.

Hizo entonces que me diera vuelta y besó mis labios. Y siguió besándolos largo rato, hasta que me tumbó en la cama donde me hizo el amor de un modo sorprendentemente delicado.

Según él sus amigos le decían “aplanadora”, así que yo también lo llamaba de ese modo. Después de esa vez volvimos a vernos varias más y nos la pasamos de maravilla, pero cuando el hada subió de categoría, cambio de domicilio e incrementó los precios le perdí la pista. Hace unos días, sin embargo, nos encontramos en el cine. Yo iba con un amigo, él con otras personas. Nos reconocimos y nos saludamos con la mirada.

No sé si le hubiera gustado saber si yo seguía trabajando en esto, pero no se animó a preguntarlo. Qué bueno que no lo hizo, porque me habría metido en tremendo enredo. De cualquier modo, con suerte el mundo es lo suficientemente chiquito como para que se tope con este periódico y sepa que sí, y que puede llamarme cuando quiera y que me encantaría revivir esos viejos recuerdos con mi querida aplanadora.

Hasta el martes

Lulú Petite

 

 

 
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