"Tú" Por Lulú Petite

Hola extraño. Sí tú. Sé que estás leyendo estas líneas porque además me lo prometiste...
Lulú Petite
04/06/2013 - 06:06

Querido Diario:

Hola extraño. Sí tú. Sé que estás leyendo estas líneas porque además me lo prometiste. No voy a negarlo, me excita escribirte. He de admitir corazón, que aunque no me gusta ir a hoteles lujosos, tu propuesta además de enigmática era generosa. Una buena propina sobre mi precio normal y la garantía de que no me la iban a hacer de jamón en el lobby.

He de reconocer también, ya que estoy en eso, que es sensual llegar a ese hotel y anunciar que vas pasar a la habitación de un hombre solo. Caminar por el pasillo, con el peso de la mirada de los empleados en la recepción pensando cualquier clase de porquerías no tan alejadas de la realidad, y caminar hacia el elevador sin tener la más remota idea de quién será la persona a quien atenderás. Caminar por el pasillo con esa duda, ver la puerta cerrada, arreglarte el vestido y respirar hondo. Te juro que cuando yo misma siento el toc, toc, toc en mis nudillos, una última duda me brinca en el corazón, una esperanza de que todo salga bien.

Trato de ser optimista y esperar siempre que se trate de una persona amable y limpia, que me haga sentir cómoda en su compañía, no pido más, pero cuando te vi, no manches. Te aseguro que nunca voy suficientemente preparada para que me abra la puerta alguien como tú.

He de admitir que en televisión te ves muy bien. Siempre me pareciste atractivo, pero verte de verdad, allí frente a mí, como cliente… cabrón: ¡eres guapísimo!

¿Habrás notado que me sonrojé cuando vi que eras tú? ¿Sabes que tuve que concentrarme para no parecer tonta? No me intimida la gente famosa ni eres el primero que conozco en este oficio. No es que sea mamona, pero es algo que el hada me enseñó a manejar bien, a no parecer una groupie frente a los clientes, a disimular el gusto que me daba conocerte.

De todos modos, la sorpresa al verte abrir la puerta fue tremenda. Recuperé la calma y te saludé. Te iba a dar un beso en la mejilla, pero me pediste los labios con un movimiento de cabeza. Besas bien. Qué digo bien, besas riquísimo. Podría pasarme el tiempo que quieras colgada de tus labios. Sentí cómo, en tu boca, mi corazón acelerado iba recuperando su ritmo. Cuando el beso terminó, yo estaba calmada, cómoda, dueña de mí, con la adrenalina a tope, disfrutando en la memoria cada segundo de ese beso adictivo, suave y mentolado. Voltee a mirar tu sonrisa y te devolví una muy coqueta, de esas sazonadas con mirada turbia, como diciendo “cógeme despacito, pero cógeme ya”.

Decidí jugar contigo. Fingí no conocerte. Como si fuera una ermitaña o viviera fuera de este mundo y no te hubiera visto jamás en la tele. No dije nada de lo que seguramente estás acostumbrado a escuchar todos los días, a todas horas. Simplemente me acerqué a tus labios, me paré de puntitas. Metí mis dedos entre tu cabello hermoso, sedoso, impecable y lo revolví suavemente antes de poner otro beso en tu boca, desabotonar tu camisa, meter mano por tu pecho y por tu abdomen. Escurrirla por el pantalón, apretar tus nalgas redondas, carnosas y acariciar tu sexo sobre el bóxer. Sentirlo hincharse un poco y notar entre mis piernas los fluidos que comenzaban a lubricarme. Te besé el pecho. Te estremeciste cuando lamí tus pezones. Echaste tu cabeza hacia atrás y me apretaste contra tu cuerpo jalándome de la cintura.

Me puse de rodillas, bajé tu bragueta y acaricié tu miembro sacándolo del pantalón. Es precioso. Un falo perfecto, rosa, con olor fresco, el vello escrupulosamente recortado y una ligera curvatura hacia arriba, de esas irreprochables para encontrar el famoso punto G. Lo vi, sonreí como quién se alegra ante un bufet, te busqué la mirada con los ojos y me lo llevé a la boca. Me encantó sentir tus rodillas temblar cuando te la chupaba.

En el sexo eres inmejorable. Lo sabes, no estoy descubriendo el hilo negro. Siempre imaginé que serías un artista en la cama. Cada músculo, cada articulación, cada gesto, cada palabra, cada movimiento lo tienes perfectamente dominados para provocar placer en ti y en mí, para que cada rincón de mi intimidad te sienta y te disfrute y sienta ganas de estirar el tiempo de seguir contigo.

Y llegó mi orgasmo. Luego otro y otro más. Como si para ti fabricarlos fuera tan fácil. No sé cuánto tiempo estuvimos juntos. La hora que pagaste pasó de volada, las que te regalé también. Al final, acepté que te conocía, que me encantas y que adoro tu trabajo.

Me despedí sabiendo que, como aventura con una chica de paga, te la habías pasado bien, pero también consciente de que no te volvería a ver y que, cuando mucho, nuestra última comunicación sería este texto que prometí escribirte. Nunca imaginé que esta mañana sonara el teléfono y fueras tú, pidiendo volver a verme.

Hasta la próxima
Lulú Petite

 
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