"Perder" Por Lulú Petite

Por más que te acostumbres a la pérdidas. Los números rojos desaniman, las restas pesan, las derrotas duelen ¿Qué te digo?
Lulú Petite
02/07/2013 - 05:50

Querido Diario:

Perder cansa. Por más que te acostumbres a la pérdidas. Los números rojos desaniman, las restas pesan, las derrotas duelen ¿Qué te digo?

Así es la vida. Hoy estás, mañana quién sabe. Ni modo. Al menos en el tianguis los diableros te advierten: “golpe avisa, golpe avisa”. En cambio cuando el trancazo te agarra en la baba. No hubo grito ni nada, nomás de sopetón, como una cubeta de agua helada: “Se murió” Maldito verbo.

En la primaria me enseñaron que el verbo es “lo que el sujeto hace”, pero morir es cuando el sujeto deja de hacerlo todo: Deja de respirar, de sonreír, de vivir, deja de ser.

Mat murió ¿Qué le voy a hacer? No quiero pensar en eso. No tiene sentido ni es saludable, no quiero indagar los pormenores y mucho menos contarlos ¿Qué caso tiene?

Para noticias tristes el diario tiene otras páginas, y para lagrimear se usan pañuelos, no papel periódico. Se supone que esto trata de cosas divertidas. Quien me hace el favor de leer lo que escribo quiere saber qué pasa entre mis piernas, no entre mis pulmones.

Él ya no está, así que no me queda otra que apechugar y, como siempre, salir adelante. En principio pensé que no podría, pero el mundo sigue dando vueltas y sé que mi amigo no me querría abatida. Él era mi primer crítico y el más cínico. Me regañaba cuando escribía algo aburrido y me exigía que fuera más pícara, más dicharachera.

En principio, después de la noticia, hice una pausa. Apagué el teléfono y me dediqué a pensar, a calmar el alma, a decidir cómo quería recordarlo. En el velorio estuve con su familia. Me sorprendió que a casi todos les hubiera platicado de mí y que me trataran tan afectuosamente. César, su hermano, es un año mayor que Mat. Me invitó un café y charlamos largamente.

Estuve varios días en la casa, ordenando ideas y curando heridas, pero el tiempo pasa y hay que trabajar ¿Qué le voy a hacer? El refri no se llena solo y las cuentas no entienden de duelos. Yo vivo de vender alegría, de rentar sonrisas, besos, vida. Así que no tuve más remedio que respirar profundo, darle vuelta a la hoja y volver a las andadas. Encendí el teléfono.

El primer cliente que atendí no sabía nada de Mat. Me vio en internet y decidió llamarme. Fui profesional y le di un trato espléndido, estoy segura de que se fue satisfecho. Él me ayudó a poner el cerebro en otra cosa. Tuve que reír, besarlo, sentir su piel, sus labios, su abrazo, aferrarme a él, abrir las piernas, recibirlo, disfrutar su calor y dejarlo disfrutar mi cuerpo.

Fue agradable porque además me esforcé en que así fuera. No dejé que un solo pensamiento negativo ocupara mi cabeza, por el contrario, me concentré en mi cliente, en su placer, en buscar las más intensas reacciones de su cuerpo, en tocar su sexo y hacerlo perder la razón del placer. Me trepé en él, lo sentí dentro y sentí palpitar su vida dentro de la mía, su placer, su deseo, su alegría. Sentí como a través del sexo me inyectaba esas ganas, ese apetito, ese llamado de la naturaleza ¿Qué es el orgasmo sino el cuerpo celebrando el instinto de supervivencia? La conservación de la especie. Me despedí de él más tranquila, creo que hasta animada.

A partir del jueves recibí muchas muestras de cariño, actos generosos, buena vibra. Llamadas de amigos, correos, mensajes, tanto de seres queridos como de personitas que no conocía, pero que prestan sus ojos a lo que escribo. No saben cuánto los agradezco.

Hace unas horas atendí a un cliente a quien no veía desde hace mucho. Cuando lo conocí tenía un serio problema de obesidad y una timidez casi enfermiza. Nos hicimos amigos y buenos amantes. Bajó de peso, conoció a una chava, se enamoró y se casaron. No lo veía desde entonces. Me sorprendió que pidiera una cita conmigo.

Desde que entré a la habitación me dijo que seguía casado y feliz, que sólo quería charlar. Platicamos de muchas cosas. Fue llevando la conversación por esos asuntos intrascendentes que hacen importante la vida. No hablamos de Mat, ni del trabajo. No hablamos del futro ni escarbamos en recuerdos, en cambio, platicamos sobre cine, moda, libros, tiempo, noticias. Casi al despedirnos me dijo algo sobre la vida y la presencia permanente de los seres queridos que no puedo recordar textualmente, pero que me llegó al corazón.

En un rato voy a atender a otro cliente. Es un chavo muy juguetón y cachondo. Seguramente me va a dar el pésame, pero también me va a dar pa’ mis tunas. Está bien, así es la vida, unos se van y otros se vienen.

Lo cierto es que trabajar me hace bien. Primero, porque la vida no es gratis, segundo, porque me relaja, me ayuda a pensar en otras cosas y a regresar a la normalidad que, al final, es lo único que tenemos.

La vida es bella y lo mejor que podemos hacer con ella es vivirla intensamente. Sé que él, donde esté, me cuida y no me quiere triste. Nos leemos el jueves, cachonda, como de costumbre.

Un beso

Lulú Petite

 
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