"Lourdes" Por Lulú Petite

Los espejos en los moteles muchas veces son más parte de la decoración que un instrumento de tocador
Lulú Petite
01/08/2013 - 06:41

Querido Diario:

Los espejos en los moteles muchas veces son más parte de la decoración que un instrumento de tocador. No los ponen para que puedas peinarte bien ni retocarte el maquillaje, acá entre nos, su principal función es hacer voyerismo de ti mismo, poder verte cuando estás cogiendo.

A mí me gustan. Me sacan mi lado morboso. Especialmente esos que ponen en las cabeceras y, al reflejarse con el del tocador, multiplican hasta el infinito la imagen de los amantes.

Lo cierto es que, cuando mi mirada coincide con la de la chica a la que se está cogiendo un cliente, tal vez un hombre a quien ni conoce, no puedo evitar pensar que esa no soy yo.

No puedo evitar ruborizarme y, al mismo tiempo, calentarme imaginando que es otra, una desconocida a la que veo desde afuera, desde un lugar en ninguna parte. Y pongo atención a los detalles: Veo mi gesto de placer y el de ese hombre que se deja venir sobre mi cuerpo, penetrándolo, sacudiéndolo. Lo veo todo como si fuera una película porno o una obra de teatro

Él cogía rico, pero estaba tardando en venirse, comenzaba a cansarme. Cuando levanté la mirada me encontré de frente con nuestro reflejo. Traía el cabello suelto, acomodada en cuatro, con mis nalgas levantadas hacia la cabecera, la cara hacia el tocador, inclinada de modo que mis senos desnudos tocaban la sábana. Él, de rodillas, me penetraba con entusiasmo.

En el primer espejo, lo veía de frente, sonriente, con el fleco sobre la cara y unas gotas de sudor surcándole las sienes. En el segundo reflejo, veía su espalda, sus brazos fuertes, sus hombros y un tatuaje en la parte de atrás del cuello, cuya forma no alcanzaba a distinguir. Después ambas imágenes se multiplicaban hasta perderse en el infinito.

Entonces vi mi rostro. Creo que me veía bonita: mejillas ruborizadas, párpados caídos, boca abierta y un gesto mitad dolor, mitad placer, que me puso de lo más caliente.

Él se siguió moviendo con buen ritmo hasta que nuestras miradas se encontraron en el espejo. Él me sonrió con un poco de lujuria y otro tanto de malicia, me gustó.

De pronto me dio vuelta, me puso con la espalda contra el colchón y me la volvió a meter, mientras acariciaba mis senos y besaba mis pezones. 

Ahogó un grito cuando al fin se vino, llenando el preservativo. Me la sacó despacio y luego se tumbó en la cama, con la mirada al techo.

-No te muevas- Le dije –voy por papel, para limpiarte.

Él se quedó quieto, con los pensamientos quién sabe dónde, así como cuando estás a punto de dormirte. Se la limpié y fui al lavarme las manos. Regresé a la cama sonriendo.

-Eres única Lourdes, me encantó- Dijo mirándome a los ojos.

Me parece gracioso cuando me dicen Lourdes. No sé, Lourdes me suena a nombre de catedral, algo muy solemne, además, no me llamo Lourdes, ni siquiera me llamo Lulú. Lulú solamente es el nombre que uso para trabajar. El que me pusieron en la pila de bautismo procuro guardarlo para separar mi vida pública de la privada, es una escapatoria bien intencionada, como la que le permite a Clark Kent llevar una vida razonablemente independiente de lo que hace Superman.

Tener una doble vida tiene su encanto, pero es caminar sobre el filo de una navaja. En mi vida privada soy la otra yo: La que no se llama Lulú y tiene un trabajo en relaciones públicas de una empresa. No doy más explicaciones, estoy convencida de que entre más simple es una mentira, más sólido es el camuflaje. Esa sencilla versión de mi trabajo es la que conoce mi familia, mis amigos, mis vecinos, mis excompañeros de la escuela y, en pocas palabras, cualquier persona que me conozca fuera del ambiente.

Por otro lado, para mis clientes soy Lulú Petite, la prostituta, la tuitera, la que escribe su diario en El Gráfico, la que dice tontería y media, opina de futbol sin saber y se acuesta con quien tenga para solventarse el caprichito. Lulú, pero no Lourdes, aceptar ese nombre pomposo ya sería tomarme el papel demasiado en serio.

No es que piense que Lulú es un personaje, porque a decir verdad en cada lado del espejo, una y otra, soy yo, con los mismos defectos y cualidades.

Tanto en mi vida privada como en la pública, me considero la misma mujer desmadrosa, franca, atrevida, trabajadora, entrona, ocurrente, dicharachera, sexosa y optimista.

-¿Te molesta que te diga Lourdes?- Me preguntó, seguramente notando desconcierto en mi expresión.

-No- Dije para ahorrarme explicaciones.

-Qué bueno- agregó él en un tono muy mamón –No tendría que molestarte, igual es tu nombre ¿no?

De nuevo no di explicaciones y volví a verme en el espejo. Desnuda, tranquila y sin broncas. Sonreí ¿Qué más me da si este cuate quiere coger con alguien que se llame Lourdes? La que yo veo del otro lado del espejo tiene más cara de Lulú, es más ocurrente y coge más rico. Además Lulú se hubiera quedado otro rato con él, pero como ya la hora estaba terminando, Lourdes se dio una ducha rápida, se vistió y se fue. Así pasa.

Hasta el martes

Lulú Petite

 
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