Cabalgar la noche a contraluz

Te recuerdo bellamente desnuda, cabalgando la noche a contraluz, mientras el futuro traicionero nos reservaba una suite en diferentes destinos turísticos
Roberto G. Castañeda
06/12/2018 - 11:26

Siempre he sido un tipo ordinario, pero cualquier día amanezco con las cartas a mi favor en las cosas más mundanas. Por ejemplo, aún recuerdo aquel día que perdía el tiempo porque un primo me dejó plantado con un documento que supuestamente le urgía. Así que entré a una tienda departamental, curioseaba un poco. Y de la nada una ligera descarga eléctrica me recorrió la espina dorsal. Giré la cabeza a la derecha y observé a la mujer más hermosa del rumbo: alta, con las curvas ideales y una cabellera oscura como el deseo. Antes de dar la vuelta en el pasillo, ella volteó a mirarme. El destello de su mirada era una promesa de alegrías. 

Compré un par de tonterías y salí de allí. Ya en las escaleras eléctricas coincidimos aquella chica y yo. Sonreímos y le sugerí que fuéramos por un helado allí mismo. Aceptó y nos sentamos un rato a platicar. Intercambiamos números y le mandé un WhatsApp: "Creo que el helado de zarzamora evitaría otra guerra mundial, pero pocos saben apreciarlo". Risa divertida y la promesa de volvernos a ver, porque ella tenía una cita con su dentista y no podía faltar. 

“Hola, ¿cómo estás?”, le escribí por la noche. Eréndira respondió que "bien, aunque un poco preocupada" porque era tarde y su hermana no llegaba de la escuela. Y luego me hizo una pregunta que no esperaba: “¿tu corazón, cómo anda?”. Contesté que algo oxidado, pero nada para preocuparse. No quiso andarse con rodeos: "Me gustas pero no salgo con tipos que tienen pareja o una ex novia loca". Le aclaré que por el momento estaba más solo que un perro de azotea. Acordamos que saldríamos para conocernos. 

Eren era hermosa como un poema de Mario Benedetti: encerraba sencillez, emociones y un cierto toque de espontaneidad que acababa robándote el corazón. Aunque es dueña de un cuerpo contundente, a mí lo que me encantaba era su esencia. “A mí me volvió loco su forma de ser”, como cantan los Auténticos Decadentes. Bueno, pero a quién chingados engaño. También me fascinaba su 1.75 de estatura, sus piernas largas y esos labios expertos en tatuar caricias tibias. 

Yo estaba acostumbrado a las relaciones tóxicas pero Eren me regaló lo mejor que me había pasado en años: una relación sin anclas, pero también sin reclamos. Y ninguno acabó hundido en un océano de dudas o rencores. Duramos poco menos de un año, nunca formalizamos nada, pero fue muy intenso. "Me fascina tu barba, aunque a veces me caes gordo. Así que no te creas mucho", solía bromear cuando me reclamaba porque no podía acompañarla a las fiestas familiares. 

La primera vez que hicimos el amor me besó de una forma que aún atesoro. Su boca sabía a deseo y también a esa ansiedad que suele encender las hogueras. Yo me consumí por completo, acaricié su espalda buscando memorizar cada centímetro, besé sus hombros, me perdí en sus caderas y enloquecí con la aureola de sus senos. Pero lo que más añoro es esa manera tan natural en que se reía con las películas divertidas; y aquella descarga eléctrica que me recorría cada que la veía caminar hacia mí. Un buen día dejamos de frecuentarnos, pero seguimos tan amigos como siempre. A veces me tocaba darle ánimos cuando su corazón era lastimado por su novio en turno. 

A mí me hubiera encantado que se enamorara de mí, pero ambos preferimos dejar el corazón a un lado y conformarnos con la pasión. Esa pasión que a veces te hace desfallecer, pero que nunca te hará daño. Y sí, Eren era un monumento a la pasión. Y sí, siempre la extraño, aunque he entendido que las cosas más excitantes de la vida son las que duran menos. 

Por eso le escribí estas sencillas líneas que tanto le gustaron: "Somos tan iguales y tan distantes./ Somos imperfectos, de tan volubles./ Tú eres uno de esos ángeles sin valium./ Yo soy un demonio que anda algo erizo./ Somos tan distantes y tan iguales/. Y aunque te extraño, te percibo:/ esa fragilidad que se esconde/ tras tus miradas más estudiadas;/ esas ganas de sexo sin descaro,/ esos labios que no temían ensuciarse con las palabras./ Te recuerdo bellamente desnuda,/ cabalgando la noche a contraluz,/ mientras el futuro nos reservaba/ una suite en diferentes destinos". Tal vez sea momento de tirar los dados cualquier noche en el Bar Milán o jugar con cartas marcadas una tarde de precopeo en La Valenciana. Y que la vida o el azar pongan algo de su parte.

 

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