Soltó un jadeo

"Entre mis piernas se había encendido una llama de calor intensa y goteante”
Lulú Petite
04/04/2019 - 05:18

Querido diario: Entre la cama y el tocador de madera nos quedaba un breve espacio al que no tardamos en darle uso. Javier y yo detuvimos un beso (uno que merecía no detenerse) después de que terminé de encajarle el condón alrededor de la erección. 

Suspirando de anhelo por el beso inconcluso que me dejó en el labio inferior, yo no tardé nada en arrodillarme presta frente a él, con entusiasmo a la altura de su miembro rígido y grueso.

Saqué la lengua con una sonrisa, ronroneando con satisfacción en el momento en el cual se acomodó el pene contra el abdomen para dejar sus testículos a la disponibilidad de mi boca. Atrapé uno con los labios para chuparlo; experta e inquieta, lo cubrí de lengüetazos hasta que él mismo se echó para atrás por la presión del placer. Yo me relamí los labios y me apreté las tetas, sonriendo con malicia al verlo retroceder, pero mis ojos se posaron sobre la tremenda erección que él se afanaba en frotar desde la base hasta la punta.

Entreabrí la boca para llamarlo, y él tuvo la puntería de enchufarme la cabeza de su miembro en el medio de esta circunferencia improvisada. Yo le di acceso de inmediato, abriéndome todavía más para acogerlo hasta la mitad. Él soltó un jadeo que me pobló la espalda de escalofríos.

Me hice con la base de su miembro para masturbarle mientras mi lengua trazaba círculos húmedos alrededor de su diámetro. Tal vez fue este estímulo directo el que lo motivó a retirarse de mí, porque lo soportó con un estoicismo agitado sin quitarme los ojos de encima. Para mí fue un triunfo.

Sonreí contenta, musitando una afirmación que se perdió en su boca cuando me puse de pie una vez más. Nos dedicamos a besarnos furiosamente, lengua contra lengua en una danza aguda, mientras mis pies descalzos iban retrocediendo. Así fuimos hasta que mi trasero chocó con el borde del tocador.

Él sonrió, cogiéndome por la cintura para montarme encima del mueble sin mayor retraso. Entre mis piernas se había encendido una llama de calor intensa y goteante, mi clítoris pulsando como un corazón acelerado que me tenía los labios rojos e hinchados, impacientes. Así lo pudo comprobar él cuando me abrió de piernas, y la curiosidad le pudo más que las ganas que tenía de seguir besándome. Un subidón de calor me invadió las mejillas en lo que lo vi sonreír, encantado con la vista de mi tajo repleto y brillante de fluidos.

Me besó, metiendo una mano entre mis muslos para imponerse con un dedo sobre mi clítoris. Mi cara de inmediato se contrajo con una expresión de completa súplica y placer, y me mordí el labio inferior con fuerza mientras soportaba las oleadas de calor que me iban tensando cada vez más el vientre, a medida que su dedo vibraba de lado a lado sobre mi punto más sensible. Un gemido fortísimo se me mezcló con una ronda de lloriqueo necesitado, la cual no halló freno hasta que él se metió de lleno adentro de mí.

Puse los ojos en blanco. La sensación caliente de su miembro rellenándome hasta el fondo todos los vacíos dentro mío, era sencillamente gloriosa. Él también jadeó al empalarme, y me cogió por las pantorrillas para ubicar mis tobillos sobre sus hombros. Mi espalda quedó doblada entre el espejo y la madera pulida del tocador. Cada embestida traía consigo una deliciosa sensación de llenura, centímetro a centímetro. Él, imponente desde su posición entre mis piernas, se agarró a una de mis tetas con la mano y llevó la velocidad de las estocadas a un extremo enloquecedor. El espejo detrás de mí comenzó a repiquetear contra la pared. No me iba a importar ni un poco si terminábamos rompiéndolo, porque yo iba a terminar viniéndome de una manera monumental, y entonces valdría la pena.

Hasta el martes, Lulú Petite

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