Qué rico trabajo

"Se aprovechó para recorrerme la curva de la espalda desde el culo hasta la nuca”
Lulú Petite
01/11/2018 - 05:18

Querido diario: ¿Te acuerdas del chico que te conté el martes? Resulta que volvió a llamar. Nunca me había sentido tan pequeña y caliente como debajo del cuerpo de ese hombre. Como es reincidente, pongámosle por nombre “Guzmán”. Él, como te conté antes, es un gigante y tiene la espalda ancha como refrigerador, y yo me aproveché para pasear mis uñas entre sus omóplatos, para resistir esa ligera falta de oxígeno que venía con comerme su boca. Casi sin darme cuenta, le había abierto las piernas. Así de bien se sentía que me besara.

Le besé el hombro mientras le acariciaba la nuca encantada, y luego solté un gritito de sorpresa cuando a él le dio por darnos la vuelta sobre las sábanas.

Si me zafé de esa voltereta típica de una lucha en el pancracio fue motivada por otro tipo de apetito. Me despedí de la posición en la que estábamos con un beso, y le solté la cara para moverme a gatas a la altura de su pelvis. Él sonreía cuando me incliné para besarle la cara interna de los muslos, pero se aprovechó para recorrerme la curva de la espalda desde el culo hasta la nuca, en donde se aferró a un puñado de mi cabello. Así se me hacía más fácil a mí. Me ubiqué con los dedos allí donde terminaba el condón, y lo puse con la boca hasta la base de su miembro. Qué gloria. Gemí del puro gusto que me daba oírlo gruñir por mí y aquello me causaba más placer. 

Me aventuré con la otra mano por entre sus muslos tibios y él me dio paso, así que lo acaricié con los dedos delicadamente, al tiempo que hacía buena cuenta de la erección atrapada en los giros de mi lengua. La mano que le acariciaba la pierna desnuda se fue a sus testículos, y sonreí satisfecha porque el puño que él mantenía apoyado en mi nuca me empujó hacia abajo. Ya estaba soñando despierta con el ímpetu con el que íbamos a reencontrarnos los dos en la cama, cuando lo miré a los ojos y sonreí, con su miembro aun rozando mis labios.

Guzmán, alegre, se rió conmigo mientras yo me acomodaba mejor de rodillas, a horcajadas sobre su regazo. Metí una mano rápida entre los dos y lo ubiqué a mi gusto, con la punta directo en mi entrada, de manera que terminé sentándome en donde yo quería: con él adentro de mí. 

Lo risueño se nos fue al instante, dando paso a una agitación que llenó de gemidos el cuarto del hotel. Él me puso una mano en las caderas, pero no ejerció presión, de modo que quedaba a mi criterio la manera en la que iba a menearme para cogérmelo. Internamente se lo agradecí, porque estaba desesperada por comerme esa erección a mi gusto. Fui bajando y subiendo a placer, el pelo me resbaló por los hombros y él lo palpó cuando me sostuvo con una mano abierta por la espalda. Como pude echarme hacia atrás, lo hice, y él se acomodó para pasear la lengua por entre la piel sensible de mis tetas. "Mierda", me quejé mientras me encajaba con fuerza en su miembro, enterrando las rodillas en la cama. 

Eso de ver y, sobre todo, sentir cómo se comía uno de mis pezones, casi sin tregua alguna, me cargaba alborotada y deshecha. La piel entera de mi espalda se erizó, y así me entregué con embestidas largas al hambre de mi propio vientre. 

Cerré los ojos y sentí el orgasmo. Todavía no me despedía de él y ya quería, ansiaba, que me llamara de nuevo. De veras que, a veces: ¡Qué rico es mi trabajo!

Hasta el martes, Lulú Petite

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