¡Qué grueso era!

"Él me tenía agarrada con un puño por el hombro, y con el otro por las caderas, y me estaba enterrando su pieza hasta el fondo”
Lulú Petite
06/12/2018 - 05:18

Querido diario: Del otro lado de la pared nos llegaba el ruido de una pareja que parecía estar pasándola igual de bien que nosotros. O al menos ella la estaba pasando de maravilla, porque sus gritos terminaron por separarnos a nosotros.

Eran tan aterradores que, de no ser porque de vez en cuando soltaba algún “dámelo todo”, habríamos pensado que la estaban torturando.

Él me miró con una sonrisa de cejas alzadas, igual de impresionada que la mía, y los dos reímos mientras resumíamos un beso. 

—Vaya, pues a ver si a ti también te ponemos a gritar así—, me dijo él en un murmullo, prácticamente una amenaza. Acto seguido, me cogió el labio inferior y de una mordida comenzó a encenderme. Le bastó eso y una nalgada ligerita para mandarme a la cama, fantaseando con lo que estaba por hacerme.

Empezamos despacio, con él colocándose condón frente a mí, un aperitivo visual que cerró con su pene enterrado en mi boca. Él llegó por el borde de la cama con su imponente erección. La tomé por la base para acostumbrarme a su tamaño y luego me la llevé a la boca después de tantearla por la punta con la lengua. Audiblemente, incluso con el griterío que nos amenizaba la velada, lo oí gemir mientras se empujaba con las caderas hasta mi garganta, y yo sonreí.

Lo dejé duro a reventar cuando me lo saqué de entre los labios. Me acomodó contra la cabecera de la cama, con el culo alzado y un pie sobre las sábanas, de manera que mi  soporte fuera el mueble. Me reí bajito; ahora me daba cuenta que a nuestros vecinos les iba a llegar el golpe en la pared. No terminaba de tocarme aún y ya las piernas se me habían anulado, de imaginarme lo duro que me iba a dar.

Y superó mis expectativas. Me paró otro tanto más el culo con una nalgada, y yo le obedecí  con la expectativa goteándome en la entrepierna. Mi cliente me penetró con fuerza, lentamente al principio, como dándome la oportunidad de acogerlo hasta el fondo por ser la primera vez. Qué grueso era, caramba. Un gemido de bienvenida se me escapaba.

Comenzó la fiesta. Me agarré a la pared con la otra mano, gritando, no sé si igual de fuerte que mi vecinita de al lado, pero con el mismo goce. Y seguí gimiendo mientras la cama golpeaba contra el papel tapiz a cada empujón. Él me estaba enterrando su pieza hasta el mismo fondo. Estaba segura que me temblaba un pie por causas de un orgasmo encapsulado, que no tardaba en reventarme en el vientre y entonces nuestros gemidos se acoplaron y parecía que, en ambas habitaciones teníamos montado un coro, con la música del sexo, del placer, del orgasmo.

Hasta el martes, Lulú Petite

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