Mi travesura

Lulú Petite sexo sexualidad
"Nuestras bocas se bebían el calor agitado del momento, de la clandestinidad, de la travesura”
Lulú Petite
16/04/2019 - 05:18

Querido diario:  Lograr el equilibrio en zapatos de tacón requiere destreza, al menos bajo estas circunstancias. Hay que saber pararse. Por suerte, tanto la puerta del baño como tus brazos estaban ahí para sostenerme. Me agarré de ti mientras nos besábamos. Qué caliente me tenías. 

Habíamos pasado un bonito día. ¿Qué mejor manera de cerrarlo que compartiendo tragos y conversación? Pediste la cuenta y nos levantamos. Te vi de perfil, sonriendo mientras mirabas las puertas del elevador. Algo en tu sonrisa me llamó la atención. Estaba contenta y tú también. En ese momento se me ocurrió la travesura. Entramos y, en lugar de oprimir el piso correcto, puse otro.

Me miraste como diciendo “Aquí no es”, yo saqué la cabeza, revisé que no hubiera moros en la costa y te apresuré. Conozco ese edificio y sé que ese baño casi no se usa, así que nos colamos.

Te jalé a uno de los privados y nos miramos, cómplices. Sabiendo lo que iba a pasar, sonreímos antes de que me comieras la boca con un beso. Mi mano hizo un viajecito por tu brazo apoyado contra la pared, con el sólido objetivo de ofrecerme un punto de apoyo. Nos desnudamos a medias. Yo me quité la lencería casi con la misma prisa con la que saqué un condón.

Nuestro beso se rompió mientras yo me entretenía con el broche de tu cinturón. Jadeábamos juntos, nuestras bocas se bebían el calor agitado del momento, de la clandestinidad, de la travesura. Me encargué de liberarte la erección.

Me relamí los labios, mientras te acariciaba el miembro tieso desde los testículos hasta la punta. Un estremecimiento me encogió el vientre al sentir tu sexo y pensar en lo que venía; tuviste que apoyarte en la pared mientras, al tocártela, se engrosaba más tu erección. La recubrí a toda velocidad con un preservativo y sellé el trato mirándote fijamente a los ojos.

Te tomé por la nuca con una mano y te di un beso, metiendo mis dedos por tu cabello. Entonces te di la espalda, me alcé un poco la falda, cerré los ojos y te esperé. Sentí de inmediato tu miembro abriéndose paso entre mi piel, clavárseme dentro. Clavé las uñas en la puerta y ahogué un gemido.

La tenías durísima, y mi sexo estaba palpitando con el tuyo dentro. Me detuve de la puerta. Mis caderas, echadas hacia atrás, te buscaban, te sentían, te recibían. Todo esto, que se cuenta en muchas letras, sucedió en un instante. Unos segundos apenas, entre el momento en que nos metimos al privado y el que te metiste en mí.

Los gemidos bajitos y necesitados se me escapaban solos, casi inconscientes. Me estremecí y entreabrí la boca para jadear al tiempo que tú me aplastabas contra la puerta, y subías con una mano por entre mis piernas abiertas.

Te paré el culo por instinto y también por sentirte más la erección caliente y gorda, que me estaba provocando ese placer. Sentí cómo bombeabas tu leche en el condón y esa sensación provocó en mí también un orgasmo.

Nos vestimos de prisa, volvimos a la calle, nos mirábamos riendo, cómplices. Mientras la gente, como nosotros, guardaba quién sabe cuántas hermosas travesuras.

Hasta el jueves, Lulú Petite

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