Explotarme en el alma

"Me dobló el cuerpo por la cintura luego de pegarse a la pared y yo abrí las piernas de par en par, para que pudiera acomodarse en mi entrada”
Lulú Petite
13/12/2018 - 05:18

Querido diario:  Se podría decir que lo acorralé contra la pared, pues Mario quedó atrapado entre el muro y mi figura en cuclillas. Me quedé con los tacones puestos porque era más fácil y jugaban más a mi favor. A él parecía encantarle. Tenía su erección presionada contra mi lengua y esa carita de pura satisfacción observándome.

Suspiré encantada con la fuerza que aplicábamos los dos. El ruido mojado de la chupeteada se escuchaba, incluso, por encima de nuestros jadeos.  El punto caliente entre mis piernas abiertas  aumentaba de temperatura y para apaciguarme un poco, me acaricié los pezones paraditos con la mano libre aún. 

Mario es un hombre interesante. Nos hemos visto un par de veces. Es delgado, profesor universitario jubilado, investigador en servicio y ocioso frecuente, al menos él así se presenta. Lo cierto es que es muy dulce, amable y con la sangre tan caliente, que cada vez que nos vemos me pone unos cogidones formidables.

Me puse de pie porque él me lo pidió y selló mis labios con un par de golpecitos, sujetándose la erección por la base.

En lo que me incorporé, me vi atrapada entre sus brazos. Mario tenía la respiración agitada y lo sentí estremecerse alrededor de mí en plena unión, luego de darme la vuelta sobre mis propios pies. Me había capturado ahora y  su pecho quedaba contra mi espalda, lo que le daba acceso inmediato a mi cuello. Lo cubrió de besos húmedos y con el agarre en mi cintura, se aprovechó para restregarme su miembro contra el nacimiento de mis glúteos. Dios, qué tentador. Podía sentirlo palpitando a través del preservativo, y fue la mezcla de esta sensación, junto con el beso en el cuello, lo que me hizo retorcerme contra su pecho con un gemido.

Él tampoco pudo resistirse a esta señal de impaciencia mía. Me dobló el cuerpo por la cintura hacia adelante, luego de pegarse con la espalda a la pared y yo abrí las piernas de par en par, de manera que él pudiera acomodarse en mi entrada sin problemas. Los tacones, entonces, fueron de gran ayuda. 

Plantada firme sobre la alfombra, soporté la primera embestida con la estabilidad necesaria. Fue una recompensa oírlo gemir, mientras se agarraba a mi hombro para obligarme a chocar contra él y sus estocadas duras. Pronto estuvimos gimiendo al unísono. Mario se encorvó contra mi espalda para tomar una de mis tetas y mientras se decidía a amasar la otra, sentí el flujo del orgasmo llenarme las venas y explotarme en el alma.

Mario es de los que, apenas coge, corre a la ducha y sale. Siempre tiene prisa. Yo me duché con calma, en la habitación vacía me hice unas fotos para compartir en Twitter y bajé a mi coche, aún con el orgasmo palpitándome entre las piernas.

Hasta el martes. Lulú Petite

 

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