En su boca

"Tenía el orgasmo en la punta de los dedos de los pies cuando se salió, después de una ronda de estocadas duras”
Lulú Petite
08/01/2019 - 05:18

Querido diario: La cama de esa habitación tiene unos tubos de aluminio en los pies que, con suficiente intuición, pueden ayudar mucho a la hora de ponernos cachondos. Especialmente, porque en ellos encajaban mis manos a la perfección. Rodeé con los dedos los tubos, y me aferré a ellos mientras él se empujaba adentro y fuera de mí, abriéndose paso hacia el abrazo que le ofrecía mi vulva completamente lubricada.

Reposaba yo con una sonrisa entre los almohadones, recostada de lado de la cintura para bajo, de modo que mi intimidad le quedaba expuesta y disponible en un ángulo particular que estaba segura que le gustaba. Quedaba más apretado, me había dicho con un estremecimiento de placer que nos sacudió a los dos. A mí me bastaba sentirlo encajarse en mí, centímetro a centímetro, para saber a qué se refería.

En general me encontraba increíblemente cómoda. Supe desde el primer momento que el orgasmo iba a venir con un subidón de sonrisas incluido, porque este hombre, además de tener las manos delicadas, me ponía de buen humor.

Diciembre tiene su ritmo especial en el oficio de la putería. Muchos hombres te buscan después de sus fiestas de fin de año, o durante ellas, pero no me gusta atender a clientes tomados, así que con ellos, mejor paso; pero también llama mucha gente melancólica, que quiere quitarse el frío del invierno que comienza, entre unos abrazos y besos que le hagan sentir que todo estará bien.

Manuel así llegó. Más con ganas de charlar que de coger. Está nervioso, porque siente que viene un año duro. Las cosas en sus negocios están inciertas, pero quiso aprovechar que aún flotan para darse un gusto —Ahora que se puede —dijo.

Me hacía el amor con paciencia, me tenía bajo su poder y se encargaba de hacerme disfrutar cada uno de estos largos segundos. Era como ser cocinada a fuego lento. Y estaba más que bien, en realidad. Él, que me tenía agarrada por un tobillo, me sonrió desde allá arriba después de relamerse en medio de un jadeo. Estaba arrodillado al otro extremo de mi cuerpo, erguido cuan larguirucho era, y su pecho temblaba con la misma agitación que el mío. Me tenía expectante porque en cualquier momento la lentitud se nos iba a acabar, y esa espera por una sorpresa me empeoraba el cosquilleo incesante en la piel.

—Te ves preciosa—, me dijo de pronto, metiéndose con fuerza esta vez y hasta el fondo. Claro, en ese instante, con la boca entreabierta y el placer vibrándome en el vientre, le iba a creer cualquier cosa que me dijera. Especialmente cuando me volteó de pronto sobre las sábanas, obligándome a colocarme en cuatro en un solo tirón ágil desde las pantorrillas, que le dejó mi culo expuesto.

Me volví más de una vez sobre mi hombro para verlo trabajando hundido en mí, atacándome con embestidas firmes que me sembraban temblores en los codos. 

Ya no me iba a alcanzar a aferrarme a los barrotes, un espasmo fulminante me revolucionó el vientre en lo que su lengua se plantó en el tajo de mi vagina, y ahí me supe perdida por completo.

Hasta el jueves, Lulú Petite

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