El misionera, la postura clásica

La postura sexual más conocida tiene sus pros y sus contras, pero también una gran historia
Cecilia Rosillo
23/07/2015 - 05:00
Si hay una postura sexual famosa  y por ende, mitificada, es la del misionero. Muchos la consideran la más popular y hasta la han calificado de clásica; historiadores de la talla de Eugenio Aguirre han hablado de ella en sus libros, donde dicen que en es una herencia de los españoles.
 
Más allá de la buena o mala fama, como cualquier otra posición sexual, el misionero tiene sus altos pros y sus contras. El chiste es saber usarla y sacarle el mejor partido.
 
Lo mejor: Una de las grandes ventajas es que se ven cara a cara y permite la comunicación de cerca con la pareja, el abrazo y el contacto total de los cuerpos.
 
También ayuda mucho a las parejas a ver la expresiones faciales del otro y a expresarse más íntimamente con lenguaje hablado al oído.
 
Al ser una postura donde el varón suele ponerse encima, si se hace bien, el frotamiento del hueso púbico de él contra el de ella deja al descubierto la parte más externa del clítoris que puede ser estimulado en este vaivén.
 
Si nos limitamos a las sensaciones físicas, el misionero no es la postura más “eficaz” en términos de placer femenino, pero si el hombre coge un buen ángulo, las paredes vaginales y el punto G pueden estimularse. 
 
Los retos: La mujer debe encontrar la postura adecuada (posición de las piernas y de la cadera) para obtener el mejor contacto posible entre su pubis y tu clítoris.
 
Se puede colocar un cojín bajo las nalgas de la mujer para aumentar el placer. Si la estimulación clitoriana es insuficiente, puede deslizar su mano entre los dos cuerpos para tocarse durante la penetración.
 
Lo malo: Es una posición que deja poca libertad de movimiento a ellas . 
 
A veces se tiene la sensación de estar acorralada. 
 
Mejor evitarla si él es un poco rellenito, ya que el abdomen impide la penetración más profunda del pene, aunque con un buen ritmo las paredes más sensibles de la vagina pueden dar orgasmos muy intensos.
 
El hombre lo controla todo: ritmo, intensidad y profundidad de la penetración, y la inclinación del pene.
 
Los  movimientos resultan monótonos para muchas personas y muchas reprochan a esta postura su falta de fantasía.
 
El mejor momento: Aunque el misionero goza de una reputación banal y rutinaria es la postura que mejor se adapta a las primeras veces, ya que es fácil y natural. También es idónea para relaciones románticas: los cuerpos están en total contacto, los amantes están cara a cara y pueden mirarse a los ojos y besarse apasionadamente. Es ideal cuando ella no quiere cansarse mucho. Pero durante el embarazo es desagradable.
 
Historia:  El origen del misionero se remonta a la colonización de América por religiosos españoles. Existen dos versiones. En la primera, los españoles recomendaban la postura a los indígenas para que dejaran de hacer el amor “como animales” (con entradas por detrás usando la postura del perrito).
 
En la segunda, era la utilizada por los propios misioneros para fecundar, con la meta de cristianizar, el mayor número posible de mujeres indígenas. 
 
Científicamente no se ha probado la relación entre la práctica del misionero y un aumento de las fecundaciones.
 
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