Don Manuelito de mis amores

Era el ‘mil usos’ de mi época de chamaco, tenía hijos, y por lo mismo no podía ser maricón, sin embargo, sus ademanes y manera de conversar con mi mamá lo delataban
Raúl Piña
17/03/2017 - 05:00
 

Hoy recordé a don Manuel (ito).  Era carpintero, plomero, electricista, decorador, etc.  Lo que se llama un completo "mil usos". El recuerdo no tendría ninguna peculiaridad de no ser porque don Manuelito tenía   características muy especiales.

Cuando mi mamá lo llamaba para hacer alguna reparación en casa, lo veía sentado (yo tenía unos 12 años) en el sillón de la sala con la pierna cruzada, echándose aire, abanicándose con la mano y secándose el sudor con un paliacate rojo.

A mi joven y tierna edad, yo no veía ninguna diferencia entre sus ademanes y los de mi mamá. De hecho, siempre los vi como a dos señoras conversando.

Caminaba con las piernas como apretadas y sus gestos eran exagerados y casi siempre levantaba la ceja derecha para hacer cálculos de lo que tenía que reparar.

Yo me acercaba a él mientras trabajaba, y sin que lo viera nadie, me echaba de ahí.  “Ushhh, ushhh,  váyase de aquí”, decía mientras  simulando con la manos, me aventaba del cuarto.  "Vete a ver si ya puso la marrana",  susurraba y yo  salía corriendo de ahí muerto de risa.

Las vecinas le tenían mucha confianza, y algunas hasta sus penas de amor le contaban. Una vez, mamá platicaba con una de ellas en la sala. Nuestra vecina lloraba porque su marido tenía otra mujer y mientras mi madre la consolaba, entre sorbo y sorbo de café, don Manuelito asomó su muy blanca y asoleada cara por la puerta de la cocina y sin más le echó en cara su falta de carácter y el poco valor que tenía para dejar al traidor.  De plano,  dejó la herramienta que estaba usando y se sentó al lado de ambas, para aconsejar a la acongojada cornuda de cómo sacar valor y enfrentar al coqueto cónyuge. Mi mamá  sirvió otra taza de café.   Era una plática, "entre amigas". 

Difícil olvidar la tarde en que dos vecinitas, de unos siete años, enterraban a un gatito en el jardín trasero del condominio.  Mientras ellas echaban pico y pala —de plástico— y los demás veíamos cómo el felino iba quedando en el fondo, don Manuelito pasaba por ahí y nos preguntó sobre qué hacíamos.

Le dijimos que estábamos en un entierro y, por curioso, se asomó a ver qué había dentro del hoyo. Y al ver al gato muerto, y con un ojo de fuera, pegó un grito que ni una soprano hubiese alcanzado en agudez. 

Se llevó la mano al pecho y casi le da "algo". Después del tremendo grito y al percatarse de las carcajadas de los chamacos trató de componerse y con un ademán como de ‘zape’, nos amenazó con acusarnos con nuestros padres por andar haciendo travesuras. Yo, sin que se diera cuenta lo seguí y lo vi recargarse en la barda echándose aire con la camiseta y tratando de recuperar el "resuello".

Don Manuelito era un hombre casado y tenía dos hijos varones.  La gente decía que no era maricón porque ya tenía hijos y los que son ‘así’, no pueden tener hijos. Era macho calado, pues.

A mí siempre me causó gracia su manera de caminar tan "amujerada", su peine siempre en la bolsa delantera de la camisa y su boca siempre brillosa por el constante pase de lengua para mantenerla humectada. Usaba guantes gruesos para trabajar y si tenía que hacerlo al rayo del sol se ponía un sombrero, se untaba bronceador en los brazos y cara, y usaba crema de cacao, para protegerse los labios.

Recuerdo que cuando charlaba con mi mamá, podían pasar horas comentando de comida, de remedios y de gastos de la casa, pero una vez que llegaba mi papá, se despedía inmediatamente. Nunca lo vi conversar con los señores.

Hace unos días, me enteré que murió don Manuelito y sentí un toquecito en el corazón. Quizás si hubiera nacido en esta época, se hubiera decidido a ser más auténtico, más feliz, más él.

 

 

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