El dinero lo compra todo, hasta ¿el amor?

Ser gay, pobre y feo debe ser horrible... dicen por ahí, sin embargo, Tony se da el lujo de comprar amigos, fiestas, alcohol y mucho sexo
Raúl Piña
15/04/2016 - 05:00

Tony es un hombre maduro de 48 años, y que según sus propias palabras, es feo y con muy poca gracia.  Tiene una gran virtud —lo dice con un orgullo tímido— y es su dinero. Tiene mucho dinero.

Una amiga me dijo hace muchos años que ser gay, pobre y feo, debe ser horrible.  En el caso de Tony, el dinero lo puede comprar todo.

Desde los 14 años, el sobrepeso fue su acompañante y no se dejaron esperar las burlas que venían sumadas a su amaneramiento y que lo hacían doble presa del bullying (hostigamiento) de parte de sus compañeros de escuela, y de vecinos y de cualquiera que se atravesara en su camino.

Con el tiempo,  decidió  que nadie se burlaría más de él ni de su gordura ni de sus joterías.  Trabajó y trabajó mucho e hizo mucho dinero.   Con una empresa que le genera  suficiente, para darse los gustos que se le ocurran, procura que el dinero nunca deje de fluir, para que, como él asevera, los demás se rindan a sus pies y su revancha ha sido implacable.

Gracias a las invitaciones a cenar, a beber y los regalos que trae de sus viajes a New York, Amsterdam o Brasil, sus amigos y amigas no dejan de decirle lo "guapísimo" que se ve con esas bermudas que apenas pueden cerrar el último botón, y esas sandalias que, aunque carísimas, se verían mejor en unos pies mejor cuidados y en un cuerpo mejor formado.

Los mayates (hombres que se acuestan con otros hombres por dinero y niegan ser homosexuales) circulan por su lujoso departamento y se llevan sus lociones, sus relojes, sus anillos, y beben sus elegantes vinos y gracias a los dineros que reciben, lo apapachan y le dicen lo mucho que lo "quieren".

Sus salidas a los antros son verdaderamente un exceso. Mucho whisky del importado, cuatro meseros cuidando su mesa, coca, mota y lo que sigue, gente alabándolo y cuentas que pasan de los muchos ceros. Él no deja de sonreir y de abrazar a todos en su mesa, truena dedos para que le prendan el cigarro (sólo a él se lo permiten) y los meseros se frotan las manos con la jugosa propina que siempre deja.

Las crudas y los remordimientos le duran todo el domingo, mientras hace cuentas y me dice que como siempre se gastó más de 10 mil pesos en la peda y que no lo vuelve a hacer.

"Wey, no mames, ni me acuerdo de lo que hice, llevaba diez grandes y me los gasté todos".

Después de meterse una sopa caliente y dos litros de agua, se abraza a mí y me dice: "Manito que solo estoy, toda esa gente es una hipócrita, nadie me quiere, sólo me usan, todos se burlan de mí, y lo peor de todo es que yo lo sé y no hago nada por solucionarlo".

Yo, ya me cansé de darle consejos, hacerle comentarios, hacerle ver que la soledad tan enorme que carga, no es más que algo que él lleva por dentro y que ni el dinero, ni el sexo comprado, ni los halagos, lo van a solucionar. Se pueden comprar afectos, pero no hacerse pendejo y creer que son sinceros y que tampoco duran toda la vida.

"Ay amigo, —me dice mientras se abre una chela— yo tengo el poder, tengo el dinero, tengo todo.  Ya sé que soy feo y que ni madres que el dinero me lo quita, pero al menos, puedo comprar a quien a mí se me dé la pinche gana".

Mientras dice eso, el celular no deja de registrar entradas de mensajes —que me presume riéndose— de Iván, de Efraín, de Xavier, de etcétera, etcétera, etcétera.

—Ya vete manito, que ya van a venir mis amiguitos a regalarme un domingo tranquilo y de mucho amorsssss—

"No hay peor ciego, que el que no quiere ver”.

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