Yo tampoco tuve papá ideal

"No puedo pensar en ninguna necesidad en la infancia tan fuerte como la necesidad de la protección de un padre"
Víctor Jiménez
21/06/2016 - 05:00

Criar a los hijos es un enorme reto para los padres. Un papá puede ser un modelo a seguir, alguien a quien admirar, o bien, el objeto del resentimiento, temor y desprecio de los hijos.

El padre tiene una gran influencia sobre la propia imagen de sus hijos en la infancia y en la edad adulta. Algunos papás cometen errores que dañan la autoestima de sus hijos. He aquí algunas de las actitudes de estos padres y cómo siguen afectando a sus hijos aun  siendo adultos. Aprendamos de estas vivencias para evitar cometer los mismos errores.

Siempre en busca de la perfección. El papá de Claudia era perfeccionista: valoraba la eficiencia y obediencia de su hija por sobre todas las cosas. Esperaba que cumpliera sus expectativas al pie de la letra, y ponía la vara muy alta para medir sus logros. Cuando ella no lograba cumplir con las demandas de su papá, sentía vergüenza. Y, sorprendentemente, ahora la mujer de 32 años sigue intentando dar gusto a papá, aunque esto signifique hacer a un lado sus propios deseos. 

“Las súper-exigencias de mi papá me hicieron confiable, trabajadora y persistente, pero también extremadamente crítica conmigo misma. Terminé sintiendo que las opiniones de los demás eran más valiosas que las mías. Y, no sé, siempre tengo la sensación de que el mundo a mi alrededor me está observando y juzgando”, Claudia.

Nunca sabía qué esperar. El padre de Nora era impredecible, cambiante en sus estados de ánimo, quizás debido a su alcoholismo. Ella y sus hermanos nunca sabían con qué les iba a salir: ahora estaba contento y minutos después enojado o lloroso. Estas altas y bajas constantes eran angustiosas y creaban en su casa un clima de desequilibrio.

“A través de lo vivido de niña con mi padre, aprendí que mis necesidades no contaban, sólo las de él. Desarrollé una gran necesidad de ayudar a los otros, de dar apoyo emocional a la familia, los amigos y los compañeros de trabajo. Me olvidé de cuidarme por concentrarme en los demás. Como dicen, me volví codependiente. Siempre he tenido problemas de depresión y ansiedad (soy muy nerviosa)”, Nora (40 años).

 

Primero yo, luego yo y al último yo. El papá de Roberto era egocéntrico, competía con su hijo para demostrarle que él (el padre) era mejor en todo. Estaba tan concentrado en brillar que olvidaba resaltar las cualidades y habilidades del pequeño Beto. El reconocimiento no formaba parte de la comunicación con su hijo. Pero sí lo hacía sentir inferior de manera constante.

“Siempre fui un niño inseguro y hasta la fecha dudo al tomar decisiones. No sé, no confío en mis capacidades ni en mis sentimientos. La opinión de mis maestros y jefes siempre ha sido ley para mí. Después de todo, ellos son los que saben, jamás me atrevería a contradecirlos”, Roberto (27 años).

Con amigo, pero sin padre. El papá-amigo no toma el papel que le corresponde, el de orientador de sus hijos. Se relaciona con ellos como si fuera sus iguales, sus cuates. Este es el caso del papá de Fernando. No quería dejar de ser un jovencito, tenía temor a ser papá. Dice Fer, “el problema es que si papá es tu mejor amigo, entonces ¿quién es tu papá?, ¿dónde está la guía que necesitas para aprender de la vida?, ¿quién pone límites en casa?” Fer (21 años) añora haber tenido un padre, alguien en quien recargarse y no alguien que ponía una enorme carga sobre sus hombros, la de ayudarle a resolver sus problemas y situaciones no resueltas.

“En todas mis relaciones ahora tiendo a ‘cargar’ al otro o a verme demasiado necesitado. La verdad, nunca sentí el apoyo emocional de mi padre. Para ser honesto, le sigo guardando rencor por no haber hecho su papel como papá”, Fernando. 

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