Por fin dejarás de tomar malas decisiones

Conoce cómo aprender a tomar decisiones de manera razonada y tranquila
Víctor Jiménez
14/10/2014 - 03:00

Hay una habilidad en la vida tan importante como la facilidad para mantener buenas relaciones y comunicarse eficientemente. De esta capacidad depende que tengamos una mejor o peor calidad de vida. Aun cuando no se enseña en la escuela ni se aprende de los padres, se espera que los niños, y más tarde los adultos, la pongan en práctica. Se trata de la capacidad para tomar buenas decisiones. Nuestra vida presente es el resultado de resoluciones e inseguridades. “La vida es la suma de nuestras elecciones”, sostenía el novelista y filósofo francés Albert Camus. Como no se nos enseña un método para decidir, con bastante frecuencia elegimos mal y terminamos lamentándolo. Las causas detrás de las malas decisiones son el descuido, la impulsividad, la falta de conciencia de las consecuencias a largo plazo y la falta de información sobre el asunto.

Por fortuna, es posible desarrollar la habilidad para tomar mejores decisiones. Podemos aprender por ensayo y error, pero toma más tiempo y esfuerzo depender de la experiencia que usando el análisis lógico y el intelecto. Para decidir más fácilmente, con mejores resultados, considera los siguientes factores:

Claridad. Nunca decidas en medio de la desesperación, el estrés o la depresión, pues en estas condiciones la capacidad de juicio y la memoria están disminuidas. Cada decisión debe estar en consonancia con tus creencias y valores. Recuerda que toda resolución tiene consecuencias, favorables o desfavorables.

Información. Define qué datos necesitas obtener y cuánto tiempo tienes para decidir. Por ejemplo, si pretendes cambiar de empleo, piensa acerca del impacto del cambio en tu economía, tus deseos personales; investiga las condiciones de trabajo, las oportunidades de desarrollo y la calidad de vida que el nuevo empleo te puede brindar. Identifica, de entre estos factores, el más importante para ti. Ten bien claro qué es negociable y qué no, por ejemplo, el ingreso económico o el tiempo suficiente para atender a tu padre enfermo.

Consulta. Pregunta a quien piensa diferente a ti para tener otra perspectiva de la situación. Puedes evitar muchas malas decisiones si consideras las opiniones ajenas y las contrastas con las tuyas. Usa tu fantasía: imagina cómo abordarías la situación si fueras alguien más, una persona a quien admiras. Da respuesta a tu dilema dando voz a esa persona.

Análisis. Evalúa tus opciones. De preferencia, escríbelas para tener mayor claridad. Analiza las ganancias y pérdidas al elegir una opción u otra. Evalúa la relación costo-beneficio: ¿El beneficio que obtendrás vale el precio que pagarás por él? Evita la parálisis por análisis. Decide con los elementos que tienes a la mano y con la información disponible.

Compromiso. Una vez elegida una de tus opciones, deja ir las otras alternativas, suéltalas. No tiene caso rumiar acerca de lo que podría haber sido y no fue. Aléjate de la frase: “¿Qué hubiera pasado si…?”. ¿Compraste algo que te pareció a buen precio? Bien. No tiene caso seguir revisando más precios. No hay decisiones perfectas, sólo mejores decisiones dadas las circunstancias presentes en cada momento.

Implementación. Aplica tu decisión con confianza. No te atormentes si el resultado no es el esperado. Recuerda: no tienes control sobre todas las cosas. Distingue entre aquello sobre lo que sí tienes control y sobre lo que no puedes influir.

Alternativas. Sé consciente de que las cosas podrían no salir como te gustaría. Piensa en un plan B. Ten en cuenta que siempre puedes tomar una nueva decisión a partir de cualquier resultado, deseable o indeseable.

Atiende a estas sugerencias y, con seguridad, pronto estarás gozando de los beneficios de tus buenas decisiones.

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