Atrévete a decir no

Víctor Jiménez
06/03/2018 - 05:18

Quizás lo hayas experimentado en carne propia. ¿Recuerdas la fuerza que se siente al decir no ante algo que no quieres hacer? ¿Has notado que te sientes mejor contigo misma por tu honestidad al rechazar una petición de ayuda que no estás dispuesta a dar o que no puedes brindar?

Si decir no se siente tan bien y nos empodera, ¿por qué nos es tan difícil pronunciar esa sencilla palabra de dos letras? Pagamos un alto precio al decir sí cuando en realidad queremos decir no. ¿Cuál es ese precio? El desgaste físico, mental y emocional, con consecuencias en nuestra salud. Concentrarse principalmente en satisfacer las necesidades de los demás trae consigo frustración y resentimiento (por no satisfacer las propias) que a la larga puede convertirse en depresión.

¿Por qué nos cuesta decir no? 

Autoexigencia. Imagina tener que prestarle dinero a cada persona que te lo pida, ir a cada uno de los eventos a los que te invitan o sustituir a tu compañera de trabajo cada vez que lo requiere. Es desgastante sentirse obligado a cumplir con todo esto, ¿no crees? Algo no está bien si pones las necesidades ajenas antes que las propias y te exiges cumplir con todo lo que se te pide para ser una buena madre, un empleado modelo o el mejor amigo.

Deseo de complacer a los demás. Muchos odian decepcionar a los demás. Piensan: “si no atiendo a sus deseos y peticiones, dejaré de parecerles agradable o querido”. Tienen una gran necesidad de pertenencia. Y con esta necesidad, un temor a la evaluación negativa y al rechazo. Si te identificas con esta forma de actuar, lo sabes: ceder siempre a los deseos de otros te hace sentir frustrado, resentido, dependiente. ¿Vale la pena el precio que pagas por agradar a los demás?

Aprendizaje en la familia. Algunos de nuestros comportamientos actuales los tomamos de nuestros padres. En la familia de origen aprendemos a ser demasiado amables, a decir siempre sí para ser bien educado, a siempre ayudar a los demás. Hay un aspecto positivo en estas conductas, la generosidad. Pero cuando una virtud se lleva al extremo (siempre decir sí/nunca decir no), ésta se convierte en un defecto. Tu temor a herir a otros al negarte a ayudarlos puede tener su origen en tu familia de origen. ¿Quién usualmente evitaba el conflicto y la confrontación con los demás?

Falsas creencias. Estamos convencidos de que si no hacemos lo que otros esperan de nosotros, van a reaccionar verdaderamente mal. Y actuamos como si esta idea fuera la realidad. Perdemos de vista que quien pide ayuda está consciente de que la puede obtener o no. Así que si dices no a su petición, probablemente no le guste, pero no se sentirá ofendido o tan mal como das por hecho.

Ejercítate en decir no

Evita decir quizás. Si no tienes intención de hacer lo que te piden, di no directamente. Evita alimentar las esperanzas de otros, pues fomentarlas sí que te puede poner en una situación difícil.

Practica mentalmente. Si vas a negarte a hacer algo que te pide tu jefa, un pariente o una vecina, a quien normalmente no le dices no, ensaya la situación en tu mente. Entre más repases la conversación, más fácil será decirlo en voz alta.

Mantén la calma. Aunque por dentro estés nervioso o titubeante, muéstrate seguro y  calmado. Si actúas como si estuvieras calmado, pronto comienzas a sentirte más tranquilo.

Usa la diplomacia. Aunque siempre es mejor un no directo, algunas frases más suaves pueden ayudarte al principio: “No me siento cómodo haciendo eso” o “No me va a ser posible ayudarte”.

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