Masacre en la Patagonia

Dispara el niño más callado de la clase contra sus compañeros y los mata con el arma de su padre
16/06/2016 - 05:00

Javier Sinay

 

 El reloj está dando las 7:30 de la mañana y el aula de 1º B Sociales de la Escuela Islas Malvinas es pura charlatanería. Es martes 28 de septiembre de 2004, y los 29 alumnos acaban de izar la bandera. La primera hora es la de la clase de Derechos Humanos, pero el profesor todavía no llega y el preceptor tampoco. Quizá se retrasen y tengan hora libre. Estaría bueno. Cuatro alumnos arman una partida de truco, otros se empujan, el barullo crece.

Pero el pibe (niño) más callado de la clase, uno al que le dicen Junior, se levanta de su asiento de la primera fila y va al frente, al pizarrón. Nadie le presta atención hasta que saca la Browning 9 milímetros, negra y brillante. El arma, en realidad, es de su padre, un ayudante de segunda de la Prefectura Naval. Y ahora él va a hacer uso y abuso. 

“Hoy va a ser un lindo día”, lo oyó decir alguno cuando entró al colegio, y luego lo repetirán todos en el pueblo, pero nunca nadie lo va a confirmar.

En cambio, a su amiga Sandra el día anterior tal vez le haya advertido: “Mañana no vengas, va a pasar algo terrible”. Tampoco se puede comprobar: Sandra está a punto de morir esa mañana. 

El chico callado, de pie por delante del pizarrón, apunta y barre a disparos el aula. Con el primer shot sus compañeros piensan que es un chiste, pero la seguidilla que viene después no deja dudas. Todos se tiran al suelo o a los bancos como única trinchera, mientras él les sigue tirando hasta acabar el primer cartucho de trece balas. Sin tiempo que perder, mete el segundo. Muchos piensan que ya no saldrán vivos de ahí cuando, de pronto, hay silencio. La balacera termina y el chico callado sale del aula caminando como un zombie.

Avanza, muy de a poco, y cae de rodillas a unos pocos metros. Adentro del aula quedan tres chicos muertos y cinco heridos; dos de ellos, de suma gravedad.

Cuando descubren que la ejecución ha terminado, los que pueden huyen, corriendo y gritando, y contagian el pánico a todo el colegio. En el medio, él, tapándose la cara con las manos, ¿pensando en qué? 

La historia de Carmen de Patagones, una pequeña ciudad al sur de la provincia de Buenos Aires, en la Argentina, ya no será la misma desde entonces. El horror la deja señalada para siempre. Luego de la masacre, el luto infinito, la sorpresa indescifrable. Y las explicaciones demasiado breves, siempre: que el chico era fan de Marilyn Manson, que había hecho un trabajo práctico sobre la masacre de Columbine, que coleccionaba fascículos sobre el nazismo, que escribía “muerte” en el banco, que tenía un amigo que leía a Nietzche y le llenaba la cabeza de ideas oscuras. La responsabilidad parece dividirse entre el colegio (y por consiguiente, el Estado del que depende) y los padres de él. Se inician ocho sumarios para los responsables escolares y la Prefectura Naval sanciona al padre.

Los sobrevivientes, sin embargo, no pueden quitarse el miedo de volver a ver al chico callado, alguna vez en la vida, de nuevo con un arma en la mano, de nuevo apuntándoles sin expresión.

El epílogo es una bomba mediática: todos los medios del país se reúnen en Carmen de Patagones y explotan la tragedia. Es, también, una dura prueba para el sistema judicial: el autor de los disparos tiene 15 años y 11 meses, y es inimputable.

Con 16 años, otra hubiera sido su suerte. Sin embargo, quedará bajo la tutela de la Justicia por lo menos hasta que cumpla 21. Lo confinan a diferentes neuropsiquiátricos y mantienen en reserva sus nuevos domicilios hasta que, finalmente, el chico callado se transforma en una sombra.

 

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