Envenenadora

Yiya Murano quería cometer su crimen perfecto, era fría y manipuladora, y les daba cianuro a sus víctimas, así la describe su hijo Martín
07/07/2016 - 05:00

Por Javier Sinay

Martín tenía 11 años cuando fue a ver la película “El socio del silencio”. Lo llevó Yiya Murano, su mamá, porque era su película favorita y quería que su hijo también la viera. En el filme había intrigas, ladrones de bancos y un robo magistral, y eso era lo que le gustaba a ella: la posibilidad de cometer un crimen perfecto. 

A Yiya también le gustaba contar sobre Jorge Burgos, un hombre que había descuartizado a su novia y que, luego de varios años en la cárcel, se había convertido en su vecino de apartamento.

Yiya estuvo muy cerca de cometer crímenes perfectos cuando envenenó a dos amigas y a una prima en 1979, en Buenos Aires. Los tres homicidios le hicieron ganarse un lugar en los anales de la historia criminal argentina, pero algo borró la posibilidad de que fueran insuperables. El 10 de febrero de ese año había muerto Nilda Gamba, sufriendo del estómago. El 22 de ese mismo mes encontraron sin vida a Lelia Formisano, frente al televisor encendido. Mema del Giorgio Venturini, en cambio, alcanzó a salir de su departamento con un agudo malestar y estaba recibiendo la ayuda de sus vecinos cuando apareció Yiya, que llegaba de visita. Yiya se subió con ella a la ambulancia para ser testigo, poco después, de su muerte.

En el velatorio, Yiya se mostró dolorida, pero eso no impidió que Diana, la hija de Mema, la encarara con más dolor: “¡Estafadora!”, le gritó. Yiya abrió los ojos con sorpresa. O no tanto: ella sabía bien de qué la acusaba. Era un asunto de préstamos y pagarés, de dólares, bonos y plazos fijos. Yiya había descubierto que podía generar dinero en un sistema financiero al alcance de cualquiera, que en la Argentina se conoció como “plata dulce”. Yiya tentó a sus amigas con intereses fabulosos. Ellas apostaron  y ganaron. Pero cuando volvieron a hacerlo en grande, Yiya ya no pudo devolverles los 300 mil dólares que habían recaudado.

El 24 de abril de 1979, un inspector y dos vigilantes se llevaron a Yiya detenida mientras gritaba: ¡¿Qué es esto?! ¡Algo así nunca se ha visto!”. Yiya, acusada de liquidar a sus víctimas con dosis de cianuro metidas en las masitas y en el té que les daba a sus amigas, saltó a la fama como “la envenenadora del barrio de Monserrat”, aunque siempre negó ser la autora de esa serie de crímenes casi perfectos. Sin embargo, Martín recuerda en su libro una confesión de su madre: “Tenía que devolverles la plata...

Él tuvo la idea de que las matara”, decía ella, cargándole la responsabilidad a un amante cuyo nombre se guardaba. Y agregaba: “La única persona con cerebro era yo. Las viejas en lo único que pensaban era en los intereses de la plata”.

Muchos años después de ver El socio del silencio, su hijo Martín escribiría un libro sobre el caso, ‘Mi madre, Yiya Murano’ –que ella reprobaría–, donde se preguntaba si su madre mataba porque no tenía salida o porque se había ilusionado con cometer su propio crimen perfecto. Allí la describe sin anestesia como “teatral, fría, manipuladora y sumamente egoísta”.

Yiya estuvo presa hasta junio de 1982, cuando la absolvieron por falta de pruebas en su contra. Sin embargo, en 1985 la Cámara de Apelaciones la volvió a encontrar culpable. Y permaneció en la cárcel hasta 1995, luego de que el presidente Carlos Menem conmutara la pena de cadena perpetua por la de 25 años de prisión. Al salir, Yiya ya era un mito viviente.

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