El Gato Bonica, a sangre y fuego

La carrera de este delincuente acabó cuando fue rodeado por policías, después de un tiroteo que duró más de tres horas
02/06/2016 - 05:00

Javier Sinay

EN ARGENTINA 

 El apodo es fundamental,  el mundo de la delincuencia exige uno para pasar a la historia y a  Jorge Bonica  le tocó ser ‘El Gato’. Es un buen apodo. Elegante, antes que nada. Se lo había ganado trepando las paredes y escapando por los techos de Villa Crespo, en Buenos Aires, una noche en que la policía lo acorraló.

‘El Gato’ Bonica podía tener un apodo refinado, pero él no lo era: desde muy chico se inició en el delito y lo practicó en sus formas más variadas en la década de 1980. Robó de mil maneras, asaltó ancianas, integró una banda que desarmaba autos y mató a quienes se interpusieron en su camino.  

Una de sus víctimas fue  Jorge Colazo,  su socio. Con Jorge las cosas se fueron oscureciendo muy de a poco. Primero fue por una mujer: Miriam, una morena  que se dejó seducir por los encantos de Bonica... cuando era la novia de Colazo. Este, que parecía indiferente a la traición sentimental, se desquitó con su socio traicionándolo con el botín de los robos. La jugaba de callado y repartía un poco más para sí mismo. ‘El Gato’ entendió que tenía que eliminarlo y lo hizo una tarde en que su socio se tiró a dormir la siesta: aprovechó su sueño pesado para atarlo y cuando Jorge se despertó no tenía salida… Como ya no sentía nada por él, Bonica le gatilló en la sien.

Ese asunto era algo privado y ya estaba resuelto, pero la policía se metía a donde no la llamaban y ahora ‘El Gato’ la tenía detrás. Los de la División Homicidios lo ubicaron en un departamento del centro de la ciudad, el 24 de octubre de 1984. 

‘El Gato’ llegó con Miriam pasadas las tres de la mañana. Subieron hasta el décimo piso, entraron y se sacaron la ropa. Estaban por tirarse a la cama, cuando tocaron la puerta. Ellos dos se miraron. “¡Un minutito, que no encuentro las llaves!”, gritó ella, pero buscó la pistola. Ya la había cargado, cuando tiraron abajo la puerta.

 Miriam, indomable, los recibió a balazos y en el intercambio cayó muerta. ‘El Gato’ estaba mejor posicionado y disparó hasta repelerlos. ¿Bronca? ¿Dolor? ¿Qué sintió en ese momento? Miriam estaba muerta, pero también habían caído dos policías e incluso una vecina, y entonces comenzaron a llegar los refuerzos.

‘El Gato’ los recibió desde un ángulo en el que no podían darle: su madriguera era inexpugnable, pero sus balas se agotaban. Lo asediaban más de 100 federales y un helicóptero sobrevolaba la escena alumbrándolo todo con un reflector que Bonica reventó de un balazo. El diálogo de balas fue infinito: a las seis de la mañana todos estaban maltrechos y fatigados, pero seguían disparando, ya sin puntería.

‘El Gato’ sabía que los proyectiles de sus dos pistolas se consumían como un reloj de arena para señalar la vida que se le resbalaba a cada gatillazo. El tiempo era cruel. El golpe final fue con gases lacrimógenos y disparos azarosos al todo y a la nada de la humareda: hicieron fuego sin cesar, hasta que ya nadie respondió. El cadáver de ‘El Gato’ Bonica apareció cuando se dispersó el humo.

Uno de los policías asignados para capturar a Bonica, Luis Fuensalida, todavía guarda el chaleco antibalas que le salvó la vida esa noche, sobre el que pegaron dos disparos: uno a la altura del hígado, otro a la del corazón. “Cuando cayó muerta su pareja, traté de cruzar el living para sorprenderlo”, dijo. “Pero él me disparó desde el dormitorio y me dio dos veces en el chaleco y otra en el tobillo. Caí justo detrás de un carretel de cables que él usaba como mesa. En shock, vi que nevaba encima mío. Era el revoque de las paredes que   saltaba con los agujeros de los balazos”.

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