Sueños de utilería

Hay mujeres que parecen saber cosas misteriosas que desconocemos, que ya habíamos olvidado o nomás porque somos unos pinches necios
Roberto G. Castañeda
09/08/2018 - 08:00

Esperaba yo recargado en aquel árbol cuando el policía en bicicleta se dirigió a mí. Tuve que quitarme el audífono derecho para escucharle decir algo como “¿no ha visto pasar un perrito negro, joven?”. La verdad es que me intrigó su preocupación, pero no supe darle razón sobre el cachorro. Luego él fue a preguntarle a dos jovencitos que fumaban mota junto a un coche abandonado. No supe si hubo algún intercambio de información valiosa. Pero el poli pedaleó más fuerte rumbo al norte. Y lo perdí de vista mientras sonaba en mi iPod algo de Los Killers. Luego vi a Marilú a lo lejos, con sus botas para la lluvia. A mí no me pareció que el clima fuera a empeorar, pero hay mujeres parecen saber cosas misteriosas que uno desconoce o que ya habíamos olvidado o que no pelamos por pinches necios que somos: "no tarda en llover, huele a tierra mojada" o "los atrapasueños filtran tus pesadillas y mantienen intacta el aura". Y luego te regalan piedras de ámbar para la energía positiva o una caracola "para que oigas mi voz entre las olas". Así más o menos es Marilú o Malú, según quien se refiera a ella. Y siempre me está recomendando música que me suena ajena: Denver, Tame Impala, Two Door Cinema y así. De hecho, me regaló una foto suya con una frase que tomó de una rola de Siddhartha: "Tarde se me hacía por volver a verte,/ mientras tu dormías visité tu mente/ y el sueño nos reunió/ en un bosque de cámara lenta./ Y un árbol pronunció tu nombre". Además siempre tiene sueños muy raros: "Soñé que tenía un dinosaurio y no era tierno, era un velociraptor voraz. ¿Qué crees que signifique?". O aquella vez que me dijo: "Soñé que estábamos en un circo y tú eras el maestro de ceremonias y el mago y también un payaso muy cagado". Tengo dos opciones: hacerle el amor y soñar con ella. O recordarla con simpatía, con sus botas de colores para la lluvia.  Porque ya bastante tengo con mis sueños de utilería y mis pesadillas de segunda mano.

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Miraba yo hacía la otra acera y el Metrobús vino a pararse frente a mí. Una mujer que se maquillaba rumbo al trabajo me ignoró. Pero un adolescente me miró fijamente a través de la ventanilla. Le regresé la mirada y claramente distinguí el vacío existencial en sus pupilas. Quizá viajaba sin rumbo, tal vez lo esperaba su madre para recalentar el guisado de la tarde anterior. No lo sé. A lo mejor intentaba hilar algunas posdatas para la chica que lo envió a la friendzone. Puede ser que ese pobre chamaco aún no encontraba sentido a su vida o quizá no pasó el examen de admisión en la prepa y tendría que trabajar en el taller mecánico de su padre. Por un momento me solidaricé con su tristeza. Entonces el vehículo avanzó y aquel imberbe me pintó el dedo medio. Ser un tonto se ha vuelto tan normal. Ser un tonto abandonado de sí mismo es más común de lo que creemos. Esperé la luz verde y avancé con las manos en los bolsillos, recordando que no he pagado el recibo del teléfono y que mi madre acumula deudas mientras se recupera de una complicación en las cervicales. Y apenas es media quincena, con un pinche carajo. Ese Edel Juárez tiene razón cuando describe poéticamente que "este soy, el que sobrevive a su ausencia,/ el que se suicidó de niño./ Soy el que vota, el que cumple, el que saluda./ Soy el que mienta madres al volante. Este soy yo, perdido".

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Un niño con síndrome de down se sentó junto a mí y me sonrió como si reconociera mi infancia. Su madre hablaba por teléfono, a unos pasos. El chico traía un cómic y me ofreció de su helado. Vimos pasar una ambulancia lánguida y silenciosa. No hablamos mucho, sólo nos sentimos cercanos un buen rato. Luego reímos cómplices cuando un chaval melenudo estuvo a punto de caer de su patineta, intentando impresionar a una jovencita linda. Chocamos los nudillos, como dos camaradas. Entonces la señora le llamó: “Gael, vámonos”. El chavito se despidió con un adiós colgado en la mano, como si estuviera seguro de que nuestra amistad tendría más capítulos. Yo recordé un poema de Dante Guerra: "Un niño encapsulado en sus silencios/ sueña con viajes intergalácticos,/ pilotea un transbordador hecho/ con cajas de cartón y pegamento./ Un niño que lee demasiado/ siempre será un aventurero/ trepando el árbol del traspatio,/ mientras lo van persiguiendo/ tribus salvajes o un león hambriento./ Un niño con un libro en la mano/ será tan feliz y atrevido/ como la infancia que ya no tenemos". Y recordé al chamaco que fui, soñando con mi traje de astronauta, viajando con la guitarra en la espalda, leyendo a Julio Verne y los cómics de Batman, mientras los días se iban cuesta abajo a la velocidad de las bicicletas.

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