Este muñeco vudú que has estrujado

"Hay mujeres que están hechas de tormentas: son viento a contracorriente, rayos y centellas, tempestad para llevar. Ay de ti si eres presa de sus nubosas o su ojo de huracán"
Roberto G. Castañeda
29/10/2015 - 05:00

Así era Claudia desde que la conocí, aunque yo no quise verlo o me hice el desentendido. Ella era un vendaval de los pies a la cabeza: mujer tempestuosa, con una mirada arrolladora y un cuerpo contundente. Ya la había visto por allí, en casa de un amigo común, en una reunión bastante desmadrosa. Ella iba con un chico algo hípster, de barba a la moda y lentes Ray-Ban. No creo que fuera mala persona, hasta parecía simpático, pero a mí me caen mal los tipos que se la pasan posteando pendejaditas en Instagram. Lo supe porque justo cuando pasaba junto a ellas, él le mostraba una foto en su iPhone a ella y comentó algo así como “¿a poco no está cool?”. No reparé en la reacción de Claudia, solamente seguí mi camino a la cocina para servirme otro trago. “¿Cool?”, quién culeros dice “cool” todo el tiempo. Un par de horas más tarde yo fumaba en la terraza mientras sonaba algo de Enjambre en el estéreo y varios invitados cantaban como si fuera un himno de sus batallas perdidas. Claudia se acercó a gorrearme un tabaco. “Me pareces conocido, no sé, de algún otro lado”, soltó mientras yo le estiraba el encendedor y ella le hacía casita con sus manos sobre las mías. “No, no lo creo. Te recordaría”, respondí. No hablamos mucho, sólo comentamos algo sobre las reuniones de mi amigo Gibrán, que siempre resultaban memorables y sobre toda clase de personajes que solían asistir. Me dio las gracias y se fue a bailar algo de The Cure. Yo volví a lo mío por un buen rato. Antes de irme casi tropezamos en la puerta. “Te debo un cigarro, amigo”, dijo por decir algo. “Y algún día me deberás algún insomnio”, comenté estúpidamente. Ella sonrió segura de sí misma y me despidió con un “cuídate, sé feliz”. Ni me cuidé tanto y la verdad es que no hice muchos intentos por ser feliz, porque simplemente no era lo mío.

***

Volví a encontrarme con Claudia mucho tiempo después, en un Halloween de disfraces al que por supuesto no fui caracterizado. Con esta jeta de pocos amigos no necesito caretas, ya causo algo de temor. No, la neta me caga eso de disfrazarme en estas fechas. Bastaba con mi máscara de Blue Demon para pasar la aduana. “Ese no es un disfraz de Halloween”, me reclamó una prima de Gibrán que no sabía quién era yo. “Desde luego que sí”, reviré, “no importa si es azul o rojo, todo demonio que se respete no necesita maquillaje”. Alguien a su lado celebró la ocurrencia: “¡eso es tokio, demonio azul!”. Sólo le faltó agregar algo como “sírvanle lo que quiera a este cabrón”. Luego resultó que aquel sujeto era amigo de Claudia, lo supe más tarde. Claudia iba maquillada de catrina a lo Frida Kahlo y de inmediato sabías que era ella por sus caderas inconfundibles y sus piernas largas. Cuando me la presentó su amigo lo hizo como si fuera mi maestro de ceremonias personal: “Mira, él es un pinche diablo de la esgrima verbal”. Ella le siguió el juego: “¿Así que eres bueno con la lengua?”, me guiñó un ojo. “Y soy mejor trazando poemas de saliva en la espalda”, quise sonar atrevido. “Wow, pues habrá que ver cuánta poesía hay bajo esa máscara”, siguió con el coqueteo. Más tarde estábamos bailando y bebiendo y platicando como si nos conociéramos desde siempre. “Me caes pocamadre”, me confesó ya un tanto ebria, “pero ya deberías quitarte ese disfraz”. Yo le aclaré que no era un disfraz, sino una extensión de mi personalidad. Ella estaba entusiasmada. “Si te la quitas te doy un beso”, prometió. La miré y dije una pendejada: “no manches, ni qué estuviéramos en la secundaria”. Ella se sintió ofendida. “Bueno, entonces no te la quites y será más memorable cuando estemos desnudos”. Va, acepté mentalmente. Jajajajaja, se carcajeó: “ves las tonterías que me haces decir”, agregó y de inmediato me besó por encima de la máscara.

***

En cuanto me quité la máscara ella hizo un gesto de sorpresa. “No mames, me cai que no mames, debí imaginarlo Con razón me sonabas conocido. Bueno, te sigo debiendo un cigarro”, volvió a reír con esa risa contagiosa. “Y también algunos insomnios”, añadí. “Es verdad, me quedé pensando en lo que habías querido decir aquella vez”, me comentó. “Lo que quise decir es que te iba a pensar a veces mientras conciliaba el sueño”, argumenté. Me volvió a besar. “Para que me pienses hasta en tus sueños” y se fue hacia quién sabe dónde. Regresó con dos cervezas. Chocamos los vasos, nos sonreímos como si nos prometiéramos amor por siempre. Pero fallamos a esa promesa. Duramos juntos algún tiempo, demasiadas noches como para olvidarla fácilmente. Hasta que se fue a estudiar una maestría al extranjero. Y me mandaba mensajes a deshoras, describiendo melancolías y algunos “te echo mucho de menos”. O me escribía cosas como “sé que no dejas de soñarme. Lo tengo claro. Lo sé porque tengo tu muñeco vudú entre mis manos y duermo con él y le oprimo un poquito el corazón para que sepas que te quiero”. Sonaba fantástico y tenía razón: seguía debiéndome demasiados insomnios. Pero se tardó bastante en regresar y el tiempo es el peor de los enemigos. Ella se enamoró de un fotógrafo español y no volvimos a vernos. Sólo me dejó estas tempestades, este huracán de deseos mientras memorizo sus senos perfectos y sus piernas largas, largas como las madrugadas en que no dejo de pensarla. Quizá deba pedirle que deje de estrujar mi muñeco vudú. Sus vendavales aún merodan mis insomnios, mientras bebo y entono a los Fabulosos Cadillacs: “Tomaste el vaso aquel, aquél que no debes tomar./ Saliste a caminar y decidiste irla a buscar./ Mil veces y una más juraste no volverla a ver,/ la fiesta terminó, ya no podés tenerte en pie./ Esta noche es hora/ de que pienses en cambiar,/ el tiempo pasa pronto y todo tiene su final./ Pasa, pasa, pasa, pásame un vaso más,/ volvamos caminando pero elijamos el lugar”.

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