Que nos saquen los ojos

Estas nubes tienen formas extrañas, como si fuera a llover todo el tiempo. Miro al horizonte y no hay señales optimistas
Roberto G. Castañeda
28/11/2014 - 05:00

 

Observo el cielo desde un puente peatonal y las nubes parecen pesar demasiado, como si hubieran engordado de polución y tormentas venideras. Estas nubes melancólicas nos siguen a todos lados, con su halo invernal y este frío que cala en los huesos. No son tiempos propicios para el optimismo, desde luego. Este suelo y este cielo están cenizos, oscuros como cuervos que nos atosigan los oídos con un aletear siniestro. No, claro que no son días para festejos ni para balances optimistas. Y yo no quiero pastel de cumpleaños o falsas promesas del destino. No, desde luego, no son tiempos para brindar por lo venidero y mucho menos para fingir que no pasa nada. Aquí afuera hace frío y las nubes tienen formas extrañas. Aquí afuera no estaremos quietos, mientras nuestros hermanos caen inertes y los tecnócratas preparan más discursos. Aquí afuera seguiremos inconformes, solidarios, marchando en viernes o en lunes y en días feriados, hasta que se den cuenta que nunca más nos quedaremos callados y que el maldito miedo ya no arrincona como hizo con nuestros abuelos o nuestros padres. Que nos saquen los ojos, que nos arranquen la piel si no vociferamos esta rabia y todo el desconsuelo. Que nos carcoman el corazón los buitres, que nos atormenten los remordimientos si no somos solidarios con el dolor ajeno y si no lloramos a nuestros hermanos. Sí, con un demonio, que me saquen los ojos si no he visto a mi madre lamentar esta barbarie. Que me saquen los ojos si no se me enchina la piel cuando miro a los jóvenes con el estandarte de los 43 normalistas desaparecidos. Que me saquen el corazón en sacrificio si no he secado las lágrimas que mi hermana derramó por los caídos. Que me saquen los ojos si no quiero para mis hijos un país habitable. Sí, lo repito una y otra vez, que me arranquen la piel si no estoy harto de los corruptos y los asesinos en cada esquina y los criminales que corrompen a los adolescentes casi niños. Que me arranquen las uñas lentamente si no comulgo con León Gieco cuando decreta que “sólo le pido a Dios/ que el dolor no me sea indiferente,/ que la resaca muerta no me encuentre vacío y solo sin haber hecho lo suficiente./ Sólo le pido a Dios/ que el engaño no me sea indiferente,/ si un traidor puede más que unos cuantos/ que esos cuantos no lo olviden fácilmente”.

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Yo no sé si realmente pueda pedirle algo a Dios, no sé si aún tenga saldo a favor o si aún me tome en serio después de tanto equivocarme, pero no está de más solicitarle que al menos no se haga el distraído. En verdad que no sé si realmente Dios atienda nuestros memorándums, pero habría que seguirle pidiendo, como dice León Gieco, que el dolor no nos sea indiferente, que no nos hagamos los sordos o los ciegos mientras nuestros hermanos más huérfanos siguen desapareciendo. Ya dejemos de hacernos los ciegos mientras los corruptos saquean las arcas y pasean a sus amantes por Dubai. Sí, ya basta de silencios. Sí, juntemos la furia de nuestras miradas, el fuego de las protestas y nuestros pasos cansados. Que nada puede ser peor que sentirse acorralado por el miedo. Ya lo ha citado Dante Guerra, crucemos los dedos y salgamos con la frente en alto: “Que no me alcance esa bala perdida,/ que no me toque la maldad en esta rifa,/ que los dioses blinden a mi ángel de la guarda./ Que no me roce la locura ni me roben la esperanza./ Que mis pasos vuelvan a casa,/ que los rezos de mi madre surtan efecto,/ que este país en llamas no se vuelva más cenizas./ Y que los hombres justos ganen algunas batallas”. Sí, al menos eso sería más equitativo: que los hombres buenos también ganen algunas batallas. Y que el año próximo sea más llevadero. Yo sé que no habrá mucho optimismo, que renegaremos de nuestro sueldo miserable, que cenaremos huevo tres veces a la semana, que la gasolina seguirá subiendo y que los índices delictivos serán alarmantes, pero lo peor que podemos hacer es cruzar los brazos. Y no se trata de prenderle fuego a Palacio Nacional o dinamitar las ruinas de este país volcánico. No, es algo más perdurable que eso, es tener conciencia social y ser solidarios con los que ya no tienen calma. Nos queda la voz y los pasos, tenemos los puños en alto, no nos han robado la esperanza. Yo sigo pensando que hasta la poesía nos salva. Y que los libros también son un arma y los versos disparan las verdades que hacen falta. Por eso repito: Que nos saquen los ojos, que nos atormente la conciencia, que los cuervos nos carcoman el corazón si permanecemos indiferentes ante la injusticia o si nos quedamos callados mientras el caos nos abofetea. Sí, que nos arranquen la mirada si nos hacemos los ciegos cuando desfilen las carrozas fúnebres frente a nosotros. Como diría el poeta Dante Guerra: “Este luto y este corazón desolado/ no deberían arrinconarnos./ Porque tenemos voz y también coraje,/ tenemos la poesía y la furia de las miradas jóvenes./ Levantemos el corazón. Lo tenemos levantado./ Levantemos la mirada. Es justo es necesario./ Levantemos el puño por nuestros hermanos./ En verdad os digo que es justo y necesario./ Que Dios los agarre confesados./ Esta rabia y estos corazones desolados,/ ya se están despertando/ después de tanto letargo”.

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