Las pequeñas cosas que te pueden volver loco

Hay miradas vacuas, gélidas, indescifrables, que no dicen nada. Y también hay miradas que dicen todo, que gritan auxilio, que gimen cariño
Roberto G. Castañeda
27/08/2015 - 16:00

 

Hay miradas que te persiguen en sueños, que te hablan de todo con elocuencia. Así era la mirada de mi amigo Renato. Reny Stimpy, para los cuates. A Renato lo conocí en la Vocacional, cuando éramos imberbes y soñábamos con revoluciones de puño en alto y barricadas. Él era un tipo brillante, un alumno sobresaliente que deseaba ser ingeniero mecánico y soñaba con trabajar para la NASA. “¿Sabes cuánto voy a ganar?”, presumía en su fantasía. “Millones, millones, wey”,  aseguraba.  “¡Y en dólares!”, nos mofábamos. Pero en el fondo yo le creía, porque él parecía muy convencido. Y además era chingón en todas las materias, incluidas las matemáticas. Bueno, hasta sus planos de Dibujo Industrial eran impecables. Quienes no lo conocían, siempre lo buleaban. Bueno, casi nadie se escapaba del bullying. Yo mismo era motivo de escarnio por usar gafas de aumento. Pero estaba en que a mi cuate Renato lo acosaban todo el tiempo. Era un poco distinto a nosotros o así lo veíamos, porque sus jefes tenían varo y él era muy educadito. Los que lo detestaban decían que era gay. Yo mismo, cuando les decía que no se mancharan, recibía burlas: “Ay sí, dejen a mi novio”, era lo mínimo que me reprochaban. Tal vez por eso simpatizaba conmigo y me ayudaba en los exámenes. A mí el Reny me caía bien por varias razones: vivía cerca de mi casa, me dejaba copiar en los exámenes y además tenía una hermana que me gustaba. Incluso cuando nos peleábamos lo hacía enojar con eso de “me saludas a tu hermana”. Y me mandaba a la chingada unos cuantos días. Pero volvíamos a ser amigos como si nada.

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A Renato le decían Reny desde que una chava del salón le llamó así, de cariño. De inmediato le hicieron burla: “ay, sí, Reny. Qué bonito el Reny”. Hasta que un buen día se me ocurrió decirle Reny Stimpy. Nos reímos como idiotas. Desde entonces se le quedó el apodo. Incluso me comentó que no le desagradaba, que era mejor que le dijeran así y no Soplanucas. Yo no sé si era gay o no, ni me importaba. “Siempre serás mi cuate”, amenazó un día que lloró cuando supo que sus jefes se iban a divorciar. Yo traté de reconfortarlo con algún lugar común como “no se acaba el mundo”. Pero su propósito se quedó en promesa. No fuimos cuates para siempre. A mí me echaron de la escuela por reprobar materias. Y allí se quedó Reny Stimpy, con su boleta de calificaciones perfecta y sus planos industriales impecables. Allí se quedó con sus matemáticas y su hermana que me gustaba: “Si me dieran a elegir, te preferiría como cuñado”, me confesó un día que me contó sobre el wey de su carnala que “es un pinche mamón que llega en el Chevy de sus padres”. Allí se quedó el Reny Stimpy, con sus planes de trabajar para la NASA. Yo me fui a la chingada, a estudiar otra cosa que no reprobara.  

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Mi amigo Reny Stimpy era un buen tipo y además me gustaba su hermana. Yo me largué a otra escuela y me mudé de colonia. Mi madre sufría para completar la renta, así que buscamos algo más modesto. Las cosas mejoraron. Yo encontré mi vocación o al menos eso sigo pensando. Y supuse que Reny Stimpy sería un gran ingeniero o un académico de excelencia. Pero estaba equivocado. Una tarde cualquiera pasé a echarme unos tacos a Santa María la Ribera cuando un vagabundo me pidió que le completara para comer. “Sírvele los que quiera”, le dije al Güero, “yo te los pago”. El sujeto pidió dos de bisteck. Antes de irse me miró a los ojos y esa mirada me pareció familiar. “Chido, carnalito” y echó a andar. Unos segundos después lo reconocí. “¿Renato?”, pregunté. Sorprendido, me observó de reojo y reemprendió el camino. Lo alcancé. “¿Eres Renato, verdad?”, insistí. “Me estás confundiendo”, trató de ocultar el rostro. Lo dejé en paz. Días después fui a casa de sus padres. Su hermana, que ya no era la chica que me gustaba, me contó que Renato perdió la razón, que era tan genial que rozó la locura. Y que se escapaba de la casa con frecuencia. “Gracias por la información, cuando mi papá lo sepa irá a buscarlo”, me tranquilizó. Meses más adelante regresé para saber algo de Renato. Su carnala me informó que lo habían traído de vuelta, “pero estuvo bien un tiempo y volvió a desaparecer”. Para ella era un caso perdido. Me despedí un tanto acongojado, con una carta de mi amigo. “Me pidió que te la entregara”, explicó la mujer. No era una despedida, sino una especie de justificación. un poema de Bukowski: “Una mujer,/ una llanta desinflada,/ una enfermedad:/ miedos frente a ti,/ miedos tan quietos/ que puedes estudiarlos/ como piezas en un/ tablero de ajedrez…/ No son las cosas grandes/ las que mandan a un hombre al manicomio./ No, es la serie continua de pequeñas tragedias/ lo que lleva a un hombre al manicomio.../ no es la muerte de su amor/ sino la agujeta de su zapato que se rompe cuando tiene prisa”. Y firmaba Reny Stimpy, mi amigo al que yo imaginaba trazando proyectos para la NASA. Sonreí para mis adentros. Qué se le va hacer, Reny Stimpy siempre fue distinto. Y seguro es más feliz que muchos de nosotros.

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