Remedios caseros para la melancolía

Todos tenemos algunas tristezas, demasiadas nostalgias. Y nos hacen falta brebajes, recetas caseras, que nos curen las melancolías.
Roberto G. Castañeda
26/11/2015 - 12:03

Yo tengo esta barba descuidada, un tanto desprolija, como espinas que arañan el alma. Tengo este bolsillo derecho con unas cuantas monedas y las promesas que no te he cumplido. Tengo estos jeans desteñidos, que han visto cómo se desgastan mis días. Tengo hartas noches, demasiadas madrugadas echándote de menos. Tengo remolinos en la cabeza y algunos poemas que me dan vueltas. Tengo dudas, tengo certezas y estas ganas tremendas de encontrar serenidad en algún libro y en tantos recuerdos buenos. Tengo esquizofrenia y ciertos delirios envueltos para regalo. Tengo este cáncer que presiento, pero que aún no me han diagnosticado y tengo también los rayos equis de la fractura en mi mano izquierda. Tengo a veces una que otra fiebre, que trato con parecetamol. Tengo recetas nuevas y padecimientos viejos. Tengo una farmacia en el buró junto a la cama. Tengo propensión a automedicarme, a tomar antidepresivos y también a dejarme llevar por la melancolía. Tengo Seguro popular y eso, queridos amigos, es el peor de los recursos. Tengo té de manzanilla, fomentos de agua fría, algunos remedios de la abuela y demasiados síntomas que me indican que empieza la cuesta abajo. Tengo colesterol alto y esta debilidad por remojar el pan en el café americano. Tengo ciertas ideas adormecidas y un ligero escalofrío que me eriza la cabeza. Tengo un doctor burócrata que sólo me receta ácido acetilsalicílico soluble. Y tengo mi próxima cita con el médico para cuando ya me haya medio muerto o para cuando ya esté medio vivo.

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Tengo un par de arrugas, calambres imprevistos a medio sueño, cada vez más canas y el ceño desconfiado. Tengo pies fríos, un lunar sospechoso en la espalda y estas piernas largas que tantos caminos han conocido. Tengo poco combustible y bastante kilometraje recorrido. Tengo la piedra filosofal, pero no encuentro el instructivo. Tengo altas y bajas, malos y buenos ratos, pésimos antecedentes y un futuro que a veces me emociona. Tengo un año más, demasiadas deudas pendientes y un paquete de cigarrillos, por si las dudas. Tengo un tic en el ojo izquierdo que me visita en mis momentos de ansiedad. Tengo traumas y tengo inseguridades, aunque espero que no sean un ejército dispuesto a invadir Normandía cuando ondean las banderas de la paz. Tengo una botella de ron para celebrar que se me acumulan los días, las semanas, los meses e infinidad de calendarios. Tengo esta pasión enfermiza por mi trabajo y por las reuniones con mis amigos y por los besos de la mujer que amo y por ver crecer a mis hijos y también por seguir soñando con imposibles. Tengo un chingo de defectos y las virtudes que me heredó mi madre. Tengo el recuerdo amargo del pendejo que fue mi padre. Tengo optimismos de vez en cuando. Y un repertorio de depresiones que se acentúan con los años. Tengo este carácter complicado, la neurosis propia de los medio locos y esta pinche soberbia que sirve para un carajo. Pero también tengo bendiciones de los que son afortunados: una vida compleja, el olvido de alguna mujer que me quiso tanto, hermanos maravillosos y gigantes, a mi madre hecha de hierro forjado y a prueba de siniestros o tempestades. Tengo dos hijos talentosos, que crecen como los hombres buenos. También tengo un trabajo estable, la tregua temporal de mis demonios internos, un salvoconducto firmado por Dios, la mirada de esta mujer que me ama y su cuerpo cálido, un trébol de la suerte, un billete de lotería, la lucidez de esta mente incendiaria, un árbol de la vida en la repisa. Y un libro de poemas que no he leído.

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Tengo cápsulas de colores y pastillas con fecha de caducidad. Tengo más resacas de las que debería soportar. Tengo achaques propios de la edad. Tengo un médico que sólo me receta placebos en el Seguro popular. Tengo varios remedios para la melancolía pero, maldita sea, todo indica que no sirven para gran cosa. Tengo torbellinos, la libertad, páramos y oasis, esta pereza a deshoras, tengo utopías y también pesadillas. Tengo hambre de tu cuerpo, Alba, y la sed de tus miradas. Tengo un corazón desvencijado, triglicéridos altos, el alma en vilo y esta barba descuidada. Tengo películas de Star Wars y un Halcón Milenario en miniatura. Tengo 365 días más y aún conservo el fuego interno. Tengo otro aniversario y no quiero pastel de cumpleaños. Ya lo he dicho antes, tengo algunos remedios caseros para las resacas y para la melancolía, pero creo que es más curativa la poesía del maestro Edel Juárez: “Este soy yo./ Este soy yo intentando prender fuego,/ haciendo llover mientras lo intento./ Este soy gritándole a mi sombra que no me deje./ Este soy yo, temblando…/ Soy el que le roba palabras a la noche,/ el que abusa del ron y la memoria./ Este soy yo, culpable./ Soy y siempre he sido el que huye,/ el que teme a los espejos y a las fotografías,/ el que duerme solo y hace llamadas a deshoras./ Soy yo el que no responde./ Este soy, el que sobrevive a su ausencia,/ el que se suicidó de niño./ Soy el que vota, el que cumple, el que saluda;/ soy el que mienta madres al volante./ Este soy yo, perdido…/ Soy yo naufragando, renaciendo, conquistando…/ Soy tan poco y soy todo lo que tengo,/ soy manos vacías, cartera vacía, cama vacía;/ soy necedades, cobardía, indecencias./ Soy todo tacto, corazón y oídos,/ y soy para ti, quien quiera que tú seas”.

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