Mujeres que se perfuman con deseos

Quién no querría una mujer que lea desnuda a Jaime Sabines, que acaricie con la constelación de su mirada, que te salve de saltar al vacío cualquier madrugada.
Roberto G. Castañeda
26/05/2016 - 05:00

Todos soñamos con mujeres como auroras boreales, pero casi siempre terminamos involucrados con la persona equivocada. Y por un tiempo no tendrás pretextos, pero poco a poco todo se irá deconstruyendo. Y te sentirás como si alguien te hubiera vendido el boleto equivocado o un pasaporte falso. Se llame como se llame: Marlene, Luisa, Jaqueline o Patricia, Fernanda, Karen, Lucía o Montserrat. El nombre es variante, la locura una constante. Así era Andrea. Y con frecuencia su mirada era igual de nítida que las finanzas de un político en campaña. “¿Qué… tú también me vas a dejar?”, preguntó bastante ebria. “La bronca no es que te dejen, sino que hace mucho que tú te abandonaste”, dije sin reparar en que ella no estaba para entender ni madres. “Bla, bla, bla, a mí no me eches tus rollos”, se aferró a la Victoria con actitud derrotista. “Todos me dejan, nadie me quiere, todos se van”, lamentó y quiso beber otro sorbo de cerveza pero la botella estaba vacía. “Pídeme otra”, señaló el envase. “Ya pasan de las cuatro de la mañana”, señalé mi reloj a sabiendas de que era inútil. “¡Y qué!”, protestó, “al fin que no trabajo mañana”, quiso decir al rato pero a esas alturas ya daba igual. Hice una seña al mesero: una más y la cuenta. Allí estábamos, en aquel baresucho que ella eligió para celebrar su cumpleaños. Estuvieron sus amigas, algunos compañeros de trabajo y los invitados de alguien conocido. A mí sus amistades me daban lo mismo. Además, no soy el tipo que le cae bien a todo mundo. “Dice Mónica que eres insoportable”, me comentó Andrea alguna vez. En una fiesta, ya con unos tragos encima, la misma Mónica me lo echó en cara: “Me caes mal porque te crees mucho”. Carajo, ni siquiera podía ser contundente para ofenderme. “Ya somos dos. Yo también me caigo mal a veces”, respondí, “pero tú me caes peor porque te fijas en lo que soy, en lugar de preocuparte porque ese maquillaje te hace ver más vieja”. Me di la vuelta pero alcancé a distinguir el rencor en sus ojos. En otra ocasión, Mónica intentó hacer las paces a su manera: “Tal vez no seas mala persona, pero a mí me resultas insoportable”. Ni tuve que esforzarme para que me odiara. “Tú no eres tan fea, pero esa falda te hace lucir más gorda”, ella abrió la boca sin saber qué decir. Lo malo de las relaciones de pareja es que son como los McTrios: aunque no te gusten las papas, ya vienen en el paquete. Yo tenía que lidiar con una novia borracha y encima soportar a sus amistades.

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También, en otra reunión, Daniel intentó provocarme. “¿A poco muy chingón?”, sonó envalentonado por los tragos que llevaba encima. “¿A qué te refieres?”, inquirí con tono pausado. “Te he leído y no me parece la gran cosa”, aclaró. “No escribo para cosechar elogios, sino para generar rencores de la gente frustrada”, acentué. “Ahhh, entonces reconoces que escribes mal”, no pescó la indirecta. “Yo sólo dije que la gente no sabe leer entre líneas, que mis historias no son aptas para pendejos”. Se ofendió. “A mí no me dices pendejo, pinche pendejo” y me encaró sin atreverse a lanzar el primer golpe. Humberto se metió en medio. “Ya, no mamen, estamos chupando tranquilos”, ah, esa gentucha y sus pinches lugares comunes. “No’más porque estamos en casa ajena, si no aquí mismo te madreaba”, amenazó Daniel. “Los perdedores podrían hacer una antología de pretextos”, me burlé del estúpido. Desde entonces siempre buscaba provocarme. Nunca se animó a probar mi gancho derecho. Los amigos de Andrea eran patéticos. Por eso en la enésima fiesta me fui antes de que ella se emborrachara. “Si te vas, te olvidas de mí”, me retó. “Tu invitación es demasiado tentadora”. Me largué sin aspavientos. Una hora después sonó mi celular: “Ven por mí, porque si no, no respondo”. Yo sabía a lo que se refería. Siempre que Andrea decía eso era porque alguien la estaba perreando. “Mira, Andreita, ya me cansé de tus jueguitos. Si quieres acostarte con alguien al menos ten cuidado de no llamarlo por mi nombre”, sólo dijo “maldito, te odio” y colgó. Llegó a las ocho de la mañana, todavía apestando a alcohol. Ese mismo día empaqué mis cosas. A veces me pregunto por qué siempre termino enrollándome con mujeres fatales, con las ebrias, con las más insanas, con las que siempre parecen estar huyendo de algo. Un enfermo busca a otro enfermo, me comentó un día mi madre, que es experta en las terapias de grupo o esas ondas parecidas. Algo tendrá de razón mi jefa, porque a mí las niñas buenas no me llaman, no me atraen. Mis instintos prefieren otros fuegos.

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Siempre termino involucrado con las mujeres que bailan como si un demonio les estuviera respirando en el oído. Y tengo un álbum lleno de besos indecentes, de noches salvajes y deseos como fuego. “No hay nada como la victoria”, comenté una noche que ganó mi equipo favorito. “Sí, pero la Corona también es muy rica”, agregó Andrea con su habitual frivolidad. “Salud por eso”, levanté mi trago de ron para sellar su humor involuntario. Una vez más ella se iba a emborrachar más que yo. El hastío nos fue minando, hasta que definitivamente rompí relaciones con Andrea. Pero de vez en vez ella me llamaba en la madrugada para decirme con voz borracha que “pusieron una canción que me recuerda a ti”. Me cansé de repetirle que “no es malo ser idiota, sino insistir en hacerlo evidente”. Hasta que se convenció de mi olvido. Y yo me aferré a los lineamientos de Dante Guerra: “No soy esa clase de tonto/ que te sigue los pasos,/ que husmea en tu presente,/ cuando ya eres brecha oculta del pasado./ No soy esa clase de idiota,/ que suele echar de menos cuando escucha/ las canciones que le dedicaron./ No soy, no seré, el estúpido/ que recolectará las hojas/ de los girasoles que ya se han secado./ No soy ese tipo de tontos/ que turistean en su pasado/ y luego se preguntan, confundidos,/ por qué su futuro luce/ como un tiempo compartido en el manicomio./ No soy de esa clase de locos tristes,/ que se rascan una y otra vez la cabeza,/ que se miran ansiosos los zapatos,/ imaginando que allá afuera,/ el mundo se reduce a echarte de menos”. Desde entonces mis sueños están poblados de mujeres que leen desnudas a Jaime Sabines, que se maquillan con poesía, que se perfuman de erotismo, que acarician con la constelación de su mirada, que dicen tu nombre como si estuviera construido de deseos. Tal vez no hay mujeres así, tal vez sólo sean una quimera, un soneto sin escribir, la alquimia indescifrable.

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