Si te cuentan que me han visto arrodillado

Si te cuentan que por ti no duermo, es una vil mentira. Lo que padezco es un síndrome algo común: no me rinde el presupuesto hasta la próxima quincena.
Roberto G. Castañeda
25/02/2016 - 05:00

Si te cuentan que por ti no duermo, es una vil mentira. Lo que padezco es  un síndrome algo  común: no me alcanza el presupuesto hasta la próxima quincena. Si te juran  que me han visto con los ojos anegados, yo te juro que te mienten. Yo lo que tengo es arcilla en la mirada, polvo de ladrillo en los lagrimales. Mas no es por ti o por la roca de tu ausencia, sino porque hay demasiados cosas que me quitan el sueño. No, no es la ausencia de tus senos o tus cosenos, sino porque no me cuadran las cuentas. Es la aritmética fría e irrefutable de contabilizar las migajas en los fines de quincena.

Si te cuentan que no duermo, te puedo asegurar que es falacia. Lo que padezco es un síndrome algo extraño, porque no me alcanza el presupuesto hasta el próximo desastre.

Si te dicen que me vieron de rodillas, es tan falso como el amor que aún guardo en el cajón izquierdo. No era yo, quizá me confundieron, o tal vez andaba cumpliendo alguna manda o rezándole a un dios esquizofrénico.

Si te llegan a contar que te enciendo veladoras, desde luego que están muy equivocados. Sólo pasa que tengo manos de cirio, dedos de cera, extremidades de pabilo que están presagiando el incendio venidero.

Si acaso te llegaran a insinuar que ya no soy el mismo, que luzco desmejorado, por supuesto que todos están equivocados. No hablan de mí, sino de la sombra que me acompaña por todos lados y que murmura envidias a mis espaldas.

Si llegase a pasar, por la sinrazón que sea, que te cuenten sobre mí o acerca de lo que alguna vez fui, desde luego que no hay nada más falso. Sigo siendo el mismo, el idéntico maniquí que tiene hielo en los globos oculares. Sí, soy el típico figurín con una flor en la solapa y esa mueca ridícula en temporada de rebajas.

Si te sugieren que te extraño, que habitas mis desvelos, que mis ojos palidecen, déjame aclararte los malentendidos: puede que esta mirada parezca un cielo rojo o un buzón vacío, pero no es otra cosa que el insomnio que produce el chasquido de mis manos o este tronar de los dedos porque el dólar ha subido y la despensa está en los puros huesos.

Si algún corre-ve-y-dile te acongoja con mis desvaríos, no hagas caso y síguele la corriente. Si los chismosos traen noticias nuevas, mensajes sin contraseña, cartas sin destinatario, en verdad no les hagas mucho caso porque si tuviera algo que decirte lo haría en códigos cifrados.

Si te aseguran que estoy en cuarentena, que he hecho votos de silencio o juramentos de castidad, claramente quieren engañarte. No soy yo la silueta que han visto en estos monasterios construidos con cantera y arrepentimiento. No, no soy ese pálido sujeto que deambula por allí, con la lengua hecho un nudo o la cabeza enmarañada.

Si te narran que mis manos son bambú sin retoño, es verdad que mienten. Mis manos estropajos, mis manos aerolitos, mis manos terrones, mis manos monosílabas, mis manos artritis, sólo han olvidado el oficio de cultivar caricias nuevas o el bendito truco de hacer prestidigitaciones en el epicentro de tus muslos.

Si te cuentan que besé el suelo, que claudiqué, que me tiré al vicio de morir a fuego lento, que crucifiqué tu recuerdo, que escupí tu retrato, que te negué tres veces antes del amanecer, que renuncié a ti, que pronuncié tu nombre en vano, que maldije el rosario de tus besos, que hice una hoguera con los recuerdos, que le clavé una estaca al ataúd que dejaste vacío, que vociferé tu nombre, que vomité sosa caústica, están equivocados. Si te cuentan todo eso, no es verdad, yo ahora no tengo cabeza para abogar por causas perdidas.

Si te cuentan que no duermo, que me extingo en soliloquios, que platico con mis otros yos o que cincelo el mármol de tu ausencia, por supuesto que son especulaciones. Yo lo que hago cada alborada, a deshoras, es calcular la distancia de ida y vuelta entre el cielo y el purgatorio.

Si te dicen que me han visto de rodillas, en un acto de contrición, no es que esté vencido por el ciclón de tus adioses ni mucho menos por la contundencia del olvido. Si te dicen que me han visto de rodillas es porque pido ante las lápidas del silencio, por los hermanos caídos, por las madres huérfanas, por los niños extraviados, por las mujeres a merced de la jauría.

 Si te cuentan que me han visto de rodillas, no es por ti ni ante el retrato de tu sombra. Si te cuentan que me han visto de rodillas es porque mis plegarias nunca serán suficientes para anular tanta desgracia. Si estoy de rodillas es porque tengo la esperanza amputada, porque los dioses parecen ocupados en una convención de anestesiólogos, porque tanta sal y tanto lodo nos están sepultando las voces.

Si te dicen que me han visto de rodillas, sólo es porque todo el rencor social es una granada de mano, porque el dólar nos ha roto los bolsillos, porque hay pandillas en el poder que comen caviar mientras nosotros somos devorados por los nervios los insomnios y este dolor de cintura. Si estoy de rodillas no es porque me sienta derrotado, sólo estoy pidiendo fortaleza para seguir en el campo de batalla.

Si acaso me ves algún día de rodillas, sólo estoy calculando, con trazos y geometría, el atajo más corto que me lleve lejos de tu lado. Si llegas a notar que estoy de rodillas sólo es porque encomiendo mi alma a mis ángeles próximos, antes de lanzarme a vivir cada día con el coraje que hasta ahora me ha faltado.

Si acaso me ves de rodillas, sólo estoy concentrado en la poesía de Fito Páez: “En tiempos donde nadie escucha a nadie,/ en tiempos donde todos contra todos,/ en tiempos egístas y mezquinos,/ en tiempos donde siempre estamos solos,/ habrá que declararse incompetente/  en todas las materias de mercado;/ habrá que declararse un inocente/ o habrá que ser abyecto y desalmado./ Yo ya no pertenezco a ningún istmo,/ me considero vivo y enterrado./ Yo puse las canciones en tu walkman,/ el tiempo a mí me puso en otro lado./ Tendré que hacer lo que es y no debido,/ tendré que hacer el bien y hacer el daño./ No olvides que el perdón es lo divino/ y errar a veces suele ser humano”.

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