YA NO ESTÁ DE MODA EL CORAZÓN

Lo decía Lawrence Durrell en una novela policiaca, “sólo hay tres cosas a las que puedes dedicar tiempo cuando estás con una chica: quererla, sufrir o hacer literatura”
Roberto G. Castañeda
23/01/2015 - 05:00

 

Yo estoy lejos de hacer literatura y tampoco soy experto en amar y querer como José José, así que tal vez me toque dormir sobre una cama de clavos.

Así ha sido siempre, así seguirá siendo. Con Elizabeth pasaba todo el tiempo. Nos necesitábamos, creíamos amarnos, nos maldecíamos, se iba, volvía y otra vez se largaba, harta del cretino que a veces suelo ser. Y casi siempre se repetían, con alguna variaciones, los rituales. Liz me llamaba unos días después de nuestra pelea. Lo primero que hacía era recordarme cuan miserable me comportaba. “No puedo creer que no te importe. Ni siquiera me has llamado”, continuaba con los lugares comunes.

—¿Sólo hablaste para reclamar o debo suponer que tu vida carece de sentido?

—Roberto, ¿por qué eres tan frío, por qué eres así conmigo?

Ya sabía lo que seguía. Silencio. “Dime que me amas, por favor”. Silencio mutuo. “Sabes perfectamente que no te amo. Tal vez no soy el hombre de tu vida, pero te puedo hacer sentir como la mujer más hermosa sobre la tierra”. Vale gorro, creo que era yo el que estaba cayendo en clichés.  “Al rato paso a verte, porque sé que me amas aunque no quieras aceptarlo”, sonaba emocionada. Y así de sencillo se solucionaba sus berrinches.

Elizabeth podía ser muy elemental en muchas cosas, pero era capaz de enloquecer a un hombre en la cama. Cuando vestía minifalda robaba las miradas y casi podía sentir la envidia en el ambiente, espesa como un gas tóxico, cuando ella me besaba. Hasta mis amigos serían capaces de traicionarme por ella. Y sí salíamos a beber, desde otras mesas le mandaban tragos o recados con los meseros.

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Conocí a Liz en un concierto de los Babasónicos. Lo primero que me gustó fue su cabellera larga. No, miento, antes me conmocionó su trasero. En eso sí creo ser igual a todos.  “Tu forma de bailar invita a liberar los demonios de la lujuria”, le comenté tratando de impresionarla. “Ay, vengo con una amiga y si quieres te la presento, porque yo tengo novio”, adivinó mis intenciones. Y sí, me presentó a su amiga, que también estaba guapa. Nos hicimos amigos y salimos en grupo un buen rato: Liza, su novio Leonardo, América y yo. Con la amiga nunca quise andar, sólo hubo algunos fajes.  “No podría andar con alguien que lleva por nombre el estigma de un equipo tan odiado”, aclaré a la bella América. Tuve que explicarle que era una alusión al pinche nombre tan feo que sus padres le pusieron y que yo odiaba al América. Después de un tiempo, Liz se enamoró de mí, aunque ella jura que fui yo quien tuvo la culpa. No sonó a reclamo. Sólo era su justificación para evadir la culpa por dejar a su novio. Elizabeth me contó que el tipo no dejó de beber en una semana y que perdió el semestre en la escuela. Ni siquiera me sentí mal por él. No cargo con dolores ajenos, es infructuoso. Un año después Elizabeth hacía planes para mudarse a mi departamento. Puedo tener infinidad de defectos, pero he aprendido a no repetir los errores. Ya antes viví con una mujer y aquello era una sucursal del manicomio. Liz es adorable la mayor parte del tiempo. Y encima su cuerpo es una geografía poblada de ensueños. Y me encanta su placer cuando es mía. Pero cuando una mujer se muda a tu casa, lleva con ella demasiado equipaje y se adueña hasta de tus sueños. Al principio todo es maravilloso: haces el amor todos los días, soportan tus ronquidos o que no tiendas tu toalla, no te molesta que ella se ponga tus playeras y que no sepa ni freír un huevo. Luego empiezan a verse los defectos: que ella cheque tus mensajes en el celular, que dice que no soporta tu Facebook, que tú no aguantas a su mejor amiga, que ella llena la casa de adornitos cursis, que tú dejas la recámara apestando a cigarro y así sucesivamente, hasta que la trampa de osos que han armando pacientemente se activa y te cercena las manos, a ti o a ella. Así que, regresando a lo de Elizabeth, mientras cada quien tenía su espacio todo era soportable. Aunque, necia que era ella, se la pasaba insistiendo con eso de que “si en verdad me quisieras, me pedirías que me mudara a tu departamento”. Y otra vez estábamos en problemas. Ya lo mencioné antes: “sólo hay tres cosas a las que puedes dedicar tiempo cuando estás con una chica: quererla, sufrir o hacer literatura”, según Lawrence Durrell. Yo no hago literatura y tampoco la quise tanto, así que tal vez me toca adoquinar el camino al infierno. Al final, Liz se hartó de mis muchos defectos y se marchó de manera definitiva. ¿La extraño? Sí, un poco. Sólo cuando duermo solo. No es nada personal, pero creo que corazón ya no está de moda. Lo sé yo, que nunca la amé. Lo sabe ella, que ya se está entusiasmando con alguien menos patético que yo. Y no hay retorno posible, según Comisario Pantera: “Hoy te has despertado apresurado,/ con la más certera convicción./ Es que es demasiado tiempo estar sentado,/ si jamás, si jamás piensa volver./  Hoy luces un poco descuidado,/ ya no está de moda la atracción./ Es que fueron tantos años a tu lado/ que jamás, que jamás piensa volver./ Hoy te ha abandonado, dejado solo/ y te ha cambiado por amor./ Ella conoció el amor./ Ven y abre los ojos, mira lento sus labios/ como hablan llenos de ilusión/ late fuerte el corazón./  ¡No es por ti!/ Si jamás, si jamás piensa volver”.

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