Cuando tenemos el corazón en subasta

"Pareciera que tenemos el corazón subastado, depositado en prenda. Pero el alma, el espíritu siguen en pie de guerra. Y no claudicaremos"
Roberto G. Castañeda
22/05/2014 - 05:00

Hay días cobardes, tardes de hastío, mañanas que no prometen nada. Todos los lunes me despiertan las prisas de los niños que llegan tarde a la escuela. Y los claxonazos frente a ese colegio sólo me roban horas de sueño. 

Como cada mañana de principio de semana amanezco más despeinado que de costumbre, será porque el cansancio me sacude mientras sueño con mujeres desnudas, verdaderas, de ésas que nunca son perfectas y sonríen con aires maquiavélicos. Los lunes y los martes no logro concentrarme. Sólo quisiera que mis semanas comenzaran en miércoles. Y que nunca me faltaran cigarrillos, ni canciones de Andrés Calamaro y David Bowie, ni poemas de Ernesto Cardenal, ni las caricias tibias, ni una mirada cómplice, ni tantas cosas que a veces se echan de menos. ¡Ah!, cómo carajos me caen mal los malditos lunes.

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Los martes desayuno hastío y miro por la ventana con desgano, queriendo que sea jueves para acercarme un poco más a la frontera del olvido. Pero a quién chingados engaño si en mi maleta siempre habrá espacio para uno que otro recuerdo tuyo. Jodidos martes en que hasta da weba rasurarse o planchar las rutinas antes de salir a la calle. Y en el Metro las desilusiones más subterráneas se dirigen al sur, conviviendo con el odio de aquel desempleado y con la desesperación de la afanadora embarazada. No cabe duda que los martes estoy más susceptible que de costumbre, así que no me cuesta ser solidario con el invidente que vende plumas o la adolescente que lee a Bukowski y el maestro de traje desgastado. Sí, los martes soy más susceptible pero también mucho más voluble. Y tan pronto como digo que estoy hasta la madre, de volada se me empiezan a jubilar las ganas de mandar todo a la chingada. Cosas de la bipolaridad.

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En miércoles sólo se me ocurren tonterías. Será porque amanezco de un mejor humor y hasta me da por bailar de manera ridícula mientras suena algo de Los Amigos Invisibles en el estéreo. Y mientras me aplico desodorante pienso en cuáles jeans me pondré, si los viejos o los que ya le quedarían perfectos a un pordiosero. Y desayuno algo ligero mientras checo en internet que en algún punto lejano las cosas se están poniendo feas, pero en este país la mierda ya nos está llegando al cuello. La Iglesia se pone ruda ante los derechos de los homosexuales, mientras escudados en el confesionario absuelven a los narcos. No se puede ser optimista cuando a media semana te sepulta el caos y vamos a un abismo que tiene graffiteada la palabra “purgatorio”.

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Los jueves soy menos pesimista que de costumbre, pues construyo puentes que me acercan a la gente. Y como no soy un ejemplo de coherencia, Iván Noble me recuerda que es “otra tarde como las demás/ sin amores rotos de casualidad./ Otro jueves de esos que no se dejan besar./ No eran las esquirlas del rencor,/ eran telarañas en el corazón,/ una flor con lagañas,/ un desamor sin amor.../ Hoy que no me sale ni dormir/ no le pongas miel a la verdad,/ que si ando muerto es de tanto resucitar.../ Otra tarde que no arde, esta tarde sin pasado mañana.../ Otro jueves que anda dando lástima por los rincones de esta resaca sin vos./ Otro jueves como los demás,/ demasiado martes, demasiado igual.../ No perfumes tanto la verdad/ que si ando muerto es de tanto resucitar”.

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Y en viernes soy un homenaje a tu ausencia. Me despierto tarde, un poco con lagañas y otro poco con ganas de volver a beberme la noche entera, para que no toquen a mi puerta, como cada madrugada, las melancolía. Y tu nombre, que en mis labios suena a lamento, me inspirará poemas nuevos, acaso no tan afortunados, pero sí muy certeros: “Tu despedida más sincera aún me sabe a mentira,/ tu sonrisa más disfrazada siempre me engaña,/ tus besos menos míos los malbaratas con cualquiera./ Tus ojos maquillan destellos que no serán para mí,/ tus caderas se ajustan a unos jeans que no desabotonaré jamás./ Y con sólo imaginarte desnuda en la madrugada,/ mis dedos extrañarán el terciopelo de tu sexo,/ el aroma perverso de tu lujuria”. Carajo, si este pinche dolor cotizara, yo sería menos miserable que la semana pasada. Si mis rolas tuvieran éxito, seguro volverías a mi lado como una furcia barata: “Y esta canción no sabrá de tus suspiros,/ quedará huérfana del acorde que te halague,/ Esta guitarra tan carente de abrazos/ no necesita que la afine en la proa de mis desvelos,/ sino que la abandone al naufragio de extrañarte/ un poco a destiempo y siempre que encienda este insomnio,/ siempre que interprete el papel de idiota sin remedio”.

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Y quisiera que los sábados me rindieran más para caminar despreocupado, comer palomitas en el cine o patear un balón que siempre parece que va a gol. Sí, quisiera que los sábados tuvieran más horas para abrazar a una mujer que me aconsejara con la mirada: “No tienes que caminar hacia el abismo si puedes aceitar el mecanismo de reversa en tu corazón”. Y quisiera que todos mis días fueran sábado y también domingo. Pero el quisiera no existe, sólo es un catálogo de Sears para el fin de temporada. Y a estas alturas ya no estamos para vivir de promesas rotas, ni futuros en techicolor. Y pareciera que tenemos el corazón subastado, depositado en prenda. Pero el alma, el espíritu siguen en pie de guerra. Y no claudicaremos.

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