Si te preguntan por mí

Cuando alguien se marcha de tu lado es mejor no pronunciar su nombre, nunca más. No, nunca es sano pronunciar el nombre de los que se han largado
Roberto G. Castañeda
20/08/2015 - 16:00

Todos vivimos acosados por las dudas, por las interrogantes, en lo cotidiano y a todas horas.  Y no es sencillo convivir con ellas, sobre todo si te las hacen las personas incorrectas o en el momento equivocado.

“¿Ya llegaste?”,  pregunta tu novia de la manera más simple. “No, sólo me tomé la libertad de mandarte un holograma para avisarte que estoy de borracho con mis amigotes. Y en cinco segundos esta imagen se autodestruirá”, dices con voz mecánica. “No seas payaso”, te mira con frialdad, casi con odio. ¿Te mojaste, a poco está lloviendo?, dice tu hermana mientras mira por la ventana. “No, cómo crees, en realidad es la escena número 27, en la que una pipa riega abundante agua sobre la casa esperando que tomemos los paraguas y salgamos a bailar mientras cantamos una canción estúpida”, detallas en tanto que el agua escurre de tu cabeza.

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“¿Por qué nunca quieres ir a comer a casa de mis papás?”, la cara de molestia es de tu chava. La observas de reojo, tentado a ser sincero y darle alguna de las tres razones más obvias: a) Porque tu madre siempre me saluda con esa actitud que puede interpretarse como mi-hija-merece-alguien-mejor. b) Porque tu padre se empeña en tratarme como a uno de sus empleados y me odia por la simple razón de que piensa que estoy pervirtiendo a su nena, sin imaginar siquiera que perdiste la virginidad mucho antes de conocerme y que estás a un grado de ser ninfómana. c) Porque tu hermano no sólo es americanista sino que lo presume, y lo único que le falta es ser analfabeto para estar al mismo nivel que su ídolo Cuauhtémoc Blanco. Sin embargo, te contienes y aduces una mentira piadosa: “porque los domingos son mejores cuando estoy a solas contigo”.

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“¿Tú crees que hay políticos honestos?”, te pregunta un tipo sentado junto a ti, en la sala de espera del psicólogo después de leer el periódico. “Yo creo que es más fácil que los ex presidentes renuncien a sus pensiones vitalicias que encontrar un político honrado”, le respondo y luego agrego un par de preguntas: “¿Tú crees que la sobrina de Peña Nieto cobra 50 mil pesos en Pemex por su talento?  ¿Tú crees que no hay corrupción en las altas esferas de este sexenio?”. Se quedó pensativo, como si yo fuera su terapeuta, sólo movió la cabeza en señal de desaprobación. Y pensé, fugazmente, que le estaba dando más motivos para pensar en el suicido. 

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“¿No crees que me veo gorda con este vestido… y si mejor me pongo el negro?”, tu vieja lleva una hora arreglándose para la boda de su prima. “Mi reina, cómo crees. No puede verse gorda una mujer que se levanta todos los días a las siete de la mañana para sus rutinas de pilates, que se alimenta sanamente, evita las garnachas y toma dos litros de agua”, checas el reloj con impaciencia. Ella te lanza una mirada asesina y recrimina “sabes perfectamente que yo no hago nada de eso, no seas payaso”, y se aleja del espejo. Carajo, estamos perdiendo horas-trago-hombre. Y ella que se arregla como si estuviéramos invitados a una cena de gala con el principado de Villas de Aragón. Lo peor de todo es que ella estará de mal humor durante toda la fiesta. Bueno, sólo hasta que el grupo versátil toque esa jalada de ‘Payaso de rodeo’ y ella corra a bailar la pinche coreografía con todas sus primas ridículas. Y desde tu lugar le sonreirás con una mueca falsa, mientras te preguntas ¿cómo fui a enamorarme de ti? Ah, no, eso ya sonó a una canción de ‘El Buki’. Y no, no es para tanto.

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“¿Si tú y yo terminamos, qué responderás si te preguntan por mí?”, cuestiona tu vieja. Mmmmm, dudas, cierras los ojos, te tocas la barbilla, vuelves a dudar. Mmmmmm. “Creo que les diré que te echo de menos, que nunca conocí a nadie mejor que tú, que siempre serás la mujer de mi vida”, sueltas como si nada. Ella se emociona: “¿De verdad?”. Mmmmm. “No, la neta no. Les diría que te compraste un vestido nuevo y que cuando te lo pones tiembla hasta el cielo”, agregas. “¿Eso qué?, tonto”, protesta ella. Y tu prosigues: “Bueno, les diría que tus amigas dicen que estás cambiada, que se ve tristeza en tu mirada, que te quedas callada cuando me nombran...”. Ella se te queda viendo feo, “eso es una canción, no mames”. Te ríes y no puedes evitar un último comentario: “No, en serio, lo único que diré es que te echo de menos y que no voy a mover un dedo. No, no voy a mover un dedo”. Idiota, te suelta una bofetada cariñosa y luego se acurruca a tu lado. En realidad no le gustaría saber que cuando se vaya borrarás su nombre. No, no es bueno ser franco en estas circunstancias. Y sí, cuando alguien se marcha de tu lado es mejor sepultar su nombre. No, nunca será sano musitar el nombre de los que se han largado. 

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