Se venden almas, a meses sin intereses

¿Y dónde quedaron tus sueños, en qué supermercado se congelaron tus aires de grandeza? ¿Cuándo le vendiste tu alma al diablo, a meses sin intereses?
Roberto G. Castañeda
20/03/2014 - 05:00

Yo fui “cerillo” en un supermercado. Será por eso que prefiero comprar en el tianguis. Además, me chocan las mujeres que dejan el carrito atravesado a medio pasillo. Y detesto a los idiotas que sólo van a verle el trasero a las señoras casadas.

Estoy formado en una fila que parece avanzar con la velocidad de una gorda frente a la sección de botanas. Ya llevo diez minutos formado y mi paciencia empieza a escasear. Delante de mí está formada una señora con más de 30 artículos, pese a que el pinche letrero dice: Caja rápida. Máximo 20 artículos. “Oiga, señora, esta es una caja rápida”, intento advertirle, pero ella me interrumpe, “ya lo sé, pero también hay cosas de mi comadre” y entonces, sin decir agua va, se meten en la fila otra señora y una chamaca. Se reparten la mercancía. “Por eso este país no progresa, por gente que siempre quiere hacer trampa”, les digo con enfado. “¡Y ni progresará, estás soñando!”, la escuincla se cree muy lista y se burla. “Pues claro que no va a progresar si las chamacas como tú sólo leen el TV Notas y perrean los domingos”, suelto con rencor. Escucho carcajadas atrás de mí. “Sí es cierto, pinches viejas”, dice una chava. Ella y su amiga se ríen. “Bien hecho, amigo, pinches rucas mamomas”, suelta la otra. Las tramposas nos miran con odio. Si no fuera porque los preservativos están al dos por uno ni me acercaba por aquí. Las chavas murmuran a mis espaldas. La cajera no puede creer que esté comprando tantas cajas y se me queda viendo como si yo fuera un pervertido. “Ay, amigo, para qué quieres tanto condón”, me cotorrea una de mis “amigas”. Mientras pago le explico que “prefiero gastar en estos globos que pagar fiestas infantiles por el resto de mi vida”. Las chicas se carcajean, por lo que supongo que sí entendieron. Tal vez sea mi imaginación, pero juro que una de ellas me sonríe con coquetería. “Chau”, les guiño un ojo. Y sólo se ríen como colegialas.

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Conocí a Julieta en el último año de prepa y aunque yo no era su tipo anduvimos juntos un buen rato. Después de una fiesta se fue conmigo y al otro día me confesó que lo había hecho porque “siempre traes un libro bajo el brazo”. Nunca pensé que la lectura me ayudaría a conquistar chicas. Y Julieta era hermosa, con su cuerpo delgado y las curvas correctas; piernas largas y estilizadas; ojos grandes, pese a la mirada un tanto distante; labios perfectos y una sonrisa que a veces parecía sincera. Luego llegaron las vacaciones y dejamos de vernos. Al regreso me dijo que necesitaba un tiempo, que ya no la buscara. No hice dramas. Y menos cuando me contó que no seguiría estudiando, que conoció a un tipo que le dijo que ella podría ser modelo. Esa historia ya me la sé, le advertí que el wey sólo quería tirársela, aunque yo intuía que eso ya había sucedido. Desde luego, ni me hizo caso. Después de un tiempo, algún amigo en común me dijo que al parecer Julieta salió en un catálogo de Suburbia o algo así. Mentiría si dijera que me dio gusto por ella. Pensé en buscarla, pero me distraje en otras miradas.

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Hace no mucho tiempo me reencontré con Julieta. Yo escogía unas botellas de ron y vodka cuando se me acercó una chava que me sugirió aquella oferta que parecía tentadora. Me volví para verla. Era una demostradora de tequilas. “Hola, Julieta”, ella me reconoció de inmediato. Se sacó de onda. La mujer había ganado kilos y, supongo, había perdido la batalla con la celulitis, pero aún así se veía aceptable. “¿Invítame a tu fiesta, no?”, se río cuando vio la cantidad de botellas. En eso llegaron Paco y Gerardo, que habían ido por las botanas. Hice las presentaciones habituales. Ellos la invitaron al  reven. Dijo que salía en media hora, que si la aguantábamos. Gerardo se quedó a esperarla, así que Paco y yo nos adelantamos. “Está sabrosa la vieja”, Paco siempre ha sido mujeriego, “si se apendeja Gerardo yo sí me la chingo”. Que pinche  weba  me dan mis amigos. “Fue mi novia en la prepa”, expliqué con desgano. Paco ni se molestó en escucharme. “No creo que Gerardo la suelte, ese cabrón es un perro”, se lamentó Francisco. La fiesta no fue la gran cosa. Lo de siempre: canciones pésimas, las mismas viejas que se han acostado con todos, los tipos de siempre que se empedan y les duele el codo para comprar más botellas, y la estúpida competencia para ver quién se lleva a la cama a la vieja nueva. Paco se quedó con las ganas. Gerardo acaparó a Julieta, pero aún así conversé con ella un rato. No le sorprendió que yo hubiera acabado la carrera, “porque siempre fuiste de los más ‘matados’ de la clase”. Odié su perspectiva. Luego se quejó de los pinches-hombres-todos-son-iguales. Era casada y tenía un chavito. Eso no le importó para irse a un hotel con Gerardo. A mí, ella me pareció la misma vieja inmadura que me hizo sufrir un rato, aunque ya no era tan joven. Así que ni ganas de cortejarla. Dado que su corazón es tan gélido como una víscera, creo que no debería ser demostradora de tequilas, sino trabajar en el departamento de carnes frías y salchichonería. Ah qué pinche Julieta, dónde quedaron tus sueños, en qué supermercado se congelaron tus aires de grandeza. ¿Cuándo le vendiste tu alma al diablo, a meses sin intereses? Yo por eso siempre he dicho que cuando tu dios no te ha dado buenas alas, lo más importante no es saber volar sino volverse experto en aterrizajes. Y es que, como cantan los Babasónicos, por lo regular somos fustigados por una deidad temperamental: “Soy victima de un dios/ díscolo y muy singular,/ que a su antojo fiel/ me arrebato a mi mujer/ y la internó en un lupanar”.

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