Cuando no basta con los adioses

Hay mujeres, hay hombres, hay obsesos, que no entienden las despedidas
Roberto G. Castañeda
19/11/2015 - 05:00

Hay mujeres, hay hombres, hay obsesos, que no entienden las despedidas. Hay demasiados solitarios rascándose la cabeza, mordiéndose las uñas, dudando en olvidarte. “El día que me largue hazte la promesa de nunca buscarme”, me advirtió Vanessa. “Con un adiós me basta para desterrarme”, fue mi respuesta. Y sí, Vane me desterró a la primera oportunidad: me sacó de su vida, me borró del Facebook y cambió de número telefónico, por las malditas dudas. Yo estaba tan mortificado como un embalsamador en una convención de funerarias. Así que seguí con mis rutinas y mis vicios recurrentes. Nada edificante, pero tampoco algo destructivo. Los amigos celebraron que al fin me hubiera quitado “las cadenas”, porque según ellos ya no era el mismo y “esa vieja te controlaba demasiado”. Yo sabía lo que ellos querían decir: ya no iba con la misma frecuencia a las partidas de dominó, ni al futbol los sábados y tampoco a los bares que frecuentaban. “Bienvenido de nuevo al club del insomnio, cabroncito”, espetó Fernando y levantó su trago en señal de salud. Mis amigos son bastante ocurrentes y muy desmadrosos, así que regresé a mi vida de soltero y salí con viejas amigas y conocí nuevas mujeres, algunas más prometedoras que otras. Nada serio. Suele ser así: no voy de una relación a otra, me doy mi tiempo para reflexionar y no curarme la soledad en otros brazos. Uno o dos días, por ejemplo. No, en realidad no. A veces pasa mucho tiempo. A veces no pasa nada. Y hay días que pasa todo, como un torbellino. Así conocí a Nuria, una guapa que estudiaba arte dramático. “Abusado, Robert, esa clase de viejas están locas”, supuso Adrián que era otro de mis grandes cuates. “Ni te preocupes, bro, que tengo maestría en mujeres insanas”, dije por decir algo. En realidad a Nuria no se le zafaban los tornillos, pero sí era medio intensa. Como sea, yo me sentía a gusto con ella aunque no había nada serio. “Hay que prometernos no enamorarnos”, sugirió Nuria la primera vez que amaneció en mi cama. Al poco tiempo, ella que no quería nada serio empezó a compartir fotos nuestras a su Facebook con comentarios optimistas: “Eres un lindo”, “hermosa noche con este lindo”, “Divirtiéndonos de los lindo”. Para ella todo era así, lindo. Mis alarmas comenzaron a activarse. No es que sufriera, pero lo que yo menos quería era involucrarme tan pronto en una relación seria. Nomás por precaución. Se lo hice saber. Y dejó de hablarme un par de semanas. Su pretexto era que estaba demasiado ocupada, ensayando una obra experimental que le exigía demasiado. “Pero ya estoy libre”, aclaró, “así que invítame a salir, no sé por una chelas o algo lindo”. Maldita sea. Aun así acepté. Uno es un tonto recurrente, siempre a los mismos abismos, a las mismas trampas del destino. Y dudamos en corregir el camino. Si Nuria no estuviera tan buena, bastarían sus lugares comunes para huir. Sí, uno es un tonto recurrente, como bien dice Dante Guerra: “Que tus ojos encandilan, lo sé./ Que tu cuerpo es adictivo,/ lo sé. Que tu sexo es trampa, lo sé./ Que tu mirada es anzuelo, igual lo sé./ Y que tú eres campo minado, lo intuyo./ Que perderé la cabeza y la calma, lo supongo./ Que camino hacia el abismo,/ con los ojos bien cerrados,/ es una verdad que no quiero saber./ Yo lo que deseo, todo el tiempo,/ es recorrerte de pies a cabeza/ con estos besos y estas manos/ que te harán estremecer”.

 

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Mientras yo hacía los trámites necesarios en las ventanillas de Nuria, como burócrata que espera su día de asueto, el diablo no se andaba con rodeos y me mandaba memorándums claros y por triplicado. Una noche cualquiera de un día rutinario, no sé si un martes o un miércoles, me llegó un mensaje que más bien era un reclamo: “Así que ya andas de enamorado, eh. Ya vi las fotos con tu zorrita”. Las faltas de ortografía me las ahorro. “No sé quién eres y me importa una chingada. No tengo ese número registrado”, respondí con desgano. En minutos me llegó la contestación. “Ah, perdón por molestarte. Soy Vanessa. Y no puedo creer que tan pronto me hayas olvidado. Te odio. Eres un culero”. Yo sabía que estaba ebria en algún lado, así que no le seguí el juego. Me mandó unos cinco o seis mensajes de texto que eliminé sin leerlos. Luego me llamó como tres veces y preferí no contestarle. Pero como ya dije antes, hay mujeres que parecen asesoradas por el pinche diablo. Al otro día Vanessa me llamó a mi trabajo para disculparse, con el pretexto de que “pasamos tanto tiempo juntos que me cuesta trabajo olvidarte y cuando me embriago me da por ponerme romántica”. ¿Romántica? ¿Así se les llama ahora a las codependientes, a las inestables? Ajá, sí, no te preocupes. Bueno sí, preocúpate porque es muy incómodo lidiar con [email protected] y bla bla bla bla. Traté de ser firme sin sonar grosero. Pero Vanessa no llamaba sólo para disculparse, quería mi calma y también mis desvaríos. Porque hay mujeres que no soportan verte con otra, aunque sea nomás por pinche competencia o por instalar el drama en su vida. “Deberíamos vernos un día de estos. Tenemos mucho que platicar, ponernos al día, tomar unos tragos y a ver qué pasa”, sonó provocadora. “Por cierto, te ves más guapo con barba”, agregó, “te me antojas”. Fuera o no fuese cierto, la muy astuta se sabía bien el juego. Pero como yo ya he vendido demasiadas veces mi alma, como ya he visto las tantas caras del diablo, como ya he flirteado con la muerte en vida, le prometí que sí, que pronto la llamaría. Pero no lo hice, aunque ella me seguía enviando mensajes de texto y solicitudes de Facebook. Como si las necesitara, yo sé que se las arreglaba para entrar con alguna otra cuenta que no era la suya. Ya les digo, hay personas obsesivas a las que no les basta con las despedidas. Sí, hay gente que no sabe de adioses, que no tiene calma ni acepta negativas. Y caminan en círculos viciosos, tratando de seguir tus huellas, cuando tú ya has salido. Hay mujeres, hay hombres, hay obsesos, que no entienden las despedidas. Hay demasiados solitarios mordiéndose las uñas, rascándose la cabeza, dudando en olvidarte y pensando cómo venderte otra membresía en su purgatorio. Y no lo digo sólo yo, también lo entiende el poeta Juan Salvador: “Que sopor tan grande,/ que grande tristeza./ Veo tus lindos ojos,/ pienso en tu belleza/ y tengo el alma gris/ y está tan dolida./ Tenía que llegar/ esta despedida./ Yo te digo adiós,/ ojalá no falle;/ temo que no aguante/ al cruzar la calle./ Nunca había sentido/ tan fuerte una espina,/ ya la estoy sintiendo,/ ya doble la esquina”.

 

 

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