Cuando los silencios son una plaga

Cuando las dudas te carcomen y te asfixian los nervios porque no te rinde la quincena, quisieras llegar a casa y encontrar algo de solidaridad
Roberto G. Castañeda
19/06/2014 - 05:00

 

Cuando las dudas te carcomen y te asfixian los nervios porque no te rinde la quincena, quisieras llegar a casa y encontrar algo de solidaridad. Pero tu “amor” está de peor humor que tú y entonces te das cuenta que un maniquí de Suburbia sería mejor compañía.

Como lo hacen ciertas mujeres que crecieron viendo dramas, Mariela quería salir en la televisión. Ella era compañera de mi hermano en un taller de teatro y la conocí en un cóctel que hicieron para celebrar una puesta en escena. “Me gusta la manera en que escribes, está tan llena de pasión” o algo así me dijo. Yo venía saliendo de una relación muy conflictiva y no caí en el juego de los halagos. Sólo agradecí y me marché tras tomarme dos copas de vino blanco. Un par de meses después me mandó decir con mi hermano que me esperaba en su fiesta de cumpleaños. Como no me interesó, Claudio me insistió un par de veces. “Creo que le gustas, porque siempre me pregunta por ti”, aclaró mi carnal. Yo tenía dos opciones: o me iba a beber con mis amigos al lugar de siempre o acudía a la reunión de Mariela, así que opté por esto último. De pronto me da por traicionar a mis rutinas. No llevé regalo, me disculpé y ella soltó una frase que, no voy a negarlo, me halagó pese a ser un lugar común: “El mejor regalo es que hayas venido”. Sólo estuve un rato. Estaba a punto de irme cuando Mariela me tomó del brazo y me confesó que cuando me conoció se enamoró de mi a primera vista y que sólo había leído una de mis historias, pero que desde entonces no deja de leerme. “Y hasta he soñado contigo”, siseó con voz ebria. “Mira, no me importa si quieres andar conmigo o si no te enamoras, sólo quiero acostarme contigo”, añadió. Reí divertido. “Ya estás ebria, mejor hablamos después”, le dije. “Nooo, no te ríasss, no seasss tonto” y ella también se río. Mariela no sabía leer entre líneas. No se daba cuenta que atrás de esas historias había un tipo incomprendido, solitario y terco. Pude hacerle el amor como si fuera el hombre de su vida, pero conozco a las mujeres que no saben beber y sé que al otro día son atormentadas por los remordimientos y se mueren de pena y no se explican cómo es que se atrevieron a desnudarse frente a ti. Salí de allí con la promesa de que la invitaría a salir cualquier día. Llegué a mi casa maldiciendo a mi conciencia, que siempre me aconseja las cosas más estúpidas. Digo, seré un idiota pero sé reconocer cuando una mujer es un mapamundi de deseos. Y yo me dormí pensando en aquel cuerpo de fuego y esos ojos como faros y esa boca que enloquecería acualquiera si te besara en la entrepierna.

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Sólo me acordaba de Mariela cuando veía a mi hermano y me decía el consabido “te manda a saludar ya sabes quien”. Hasta que llegó el día de mi cumpleaños y mis amigos me celebraron en una cantina que frecuentábamos. Mariela acompañó a mi hermano y a su mujer. “Tú dime en dónde y cuantas veces quieres tu regalo de cumpleaños”, me sonrió ella con coquetería cuando ya estábamos ebrios. Amaneció en mi cama y así comenzó todo. Al poco tiempo se mudó a mi departamento. Al principio, como todo, era novedoso y tenía su magia. Luego ella empezó a hacer pequeños papeles en programas como Lo que callamos las mujeres y cosas así. Era hermosa, pero no lo suficiente como para protagonizar una película o una telenovela, aunque ella creía que sí. Se obsesionó tanto que sólo hablaba de eso, del día en que sería famosa y los fotógrafos la seguirían a todas partes. Empezó a dormir con mascarillas, con el argumento de que “mi cara es mi instrumento de trabajo”. Ya casi no salíamos y hacíamos el amor muy de vez en cuando. El tedio anidaba en nuestras almohadas. Por eso me quedaba despierto hasta las dos de la mañana, leyendo poemas de Dante Guerra que me aguijoneaban el corazón: “La frialdad de tu mirada/ combina a la perfección/ con tu cintura de maniquí./ Hace tanto que los silencios/ son una plaga en la cocina/ y en la antesala de este adiós./ Hace tanto que no suspiras/ con mis besos tan lascivos,/ ni te cimbras de placer/ por mis caricias más urgentes./ La rigidez de tu cuerpo nocturno/ semeja las poses de aparador/ de un perfecto maniquí/ en temporada de rebajas./ Y yo que soy un pésimo comprador/ no malgastaré mi magro salario/ en baratas de ocasión./ Mejor extiendo un cheque en blanco/ para firmar este adiós”.  Y a veces cuando ella llegaba tarde, trataba de no hacer ruido y se metía con sigilo en la cama. Al principio la abrazaba y juntaba mi cuerpo al suyo, intentando acariciarla. “Duérmete, cielo —porque me decía ‘cielo’, para acabarla de joder—, no empieces, porque tengo llamado a las 8 de la mañana”. Ya después, cuando me harté de sus obsesiones, le daba la espalda y me hacía el dormido. Hasta que nos convertimos en dos inquilinos de la indiferencia. Nuestros horarios eran tan dispares que a veces ni nos hablábamos por teléfono. Aún así, nos soportamos como medio año más. Hasta que le dije que era mejor que cada quien siguiera los consejos de su asesor. Como a mí no me gobierna la razón, sugerí que termináramos de la mejor manera, como dos personas civilizadas. Lloró y reclamó que nunca la había amado. No era fácil renunciar a ese cuerpo casi perfecto, ni a la manera en que enloquecía ella en la cama, pero a últimas fechas un maniquí de Suburbia hubiera sido mejor compañía. Cuando se marchó me dejó una carta llena de rencores y una frase contundente: “Pero un día te darás cuenta de tu error y me buscarás y ya será demasiado tarde”. Nunca es tarde para huir de una mujer que te olvida mientras está contigo. Yo sólo extraño la manera en que decía mi nombre mientras alcanzaba el clímax. Ahora es un recuerdo que pronto se volverá olvido. Y yo tengo hartos motivos para no cortarme las venas: libros de poesía, noches de insomnio, los amigos, canciones de Placebo y Muse, madrugadas sin celos, un espejo que refleja los defectos, mil historias por contar, noches de tabaco y ron, mi colección de fracasos, una guitarra desafinada y esta lucha de todo el tiempo para sentirme menos imperfecto. Además, hablar a solas aún no está tipificado como un peligro para la sociedad.

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