Beberás el arsénico del rencor

Siempre pasa y no dejará de suceder: los desquiciados como tú, como yo, terminamos con la cabeza tiznada de telarañas, con caricias de papel carbón, bebiendo gota a gota el arsénico del rencor.
Roberto G. Castañeda
18/02/2016 - 00:37

Los desquiciados como tú, como yo, terminaremos con la cabeza tiznada de telarañas, con caricias de papel carbón, probando gota a gota el arsénico del rencor. Tuve un amigo imaginario, que usaba tenis rotos y corría con un rehilete en la mano. Yo era un chamaquito tímido. Y él no era buena influencia, desde luego. Se llamaba Matías, eso decía él. Y siempre me aconsejaba tonterías: “échale sal al café de tu tío”, sugería. “Haz una hoguera y quema las Barbies de tus hermanas”, aunque en eso no le hice caso. O cosas como “entiérrale el lápiz en la cabeza a Jaimito, que te cae tan gordo” y allí iba yo de obediente. Pues este amigo invisible que tuve durante varios años era muy persistente, siempre me ponía a pensar en cosas descabelladas: “¿Qué pasaría si dejas la llave de la estufa abierta y luego prendes un cerillo?, ¿qué tal si le quitas su bicicleta a ese niño y huyes en ella?, ¿y si te avientas por la ventana, caerías de pie como los gatos?”. Matías era muy inquieto. Yo creo que por eso le faltaban dos dedos de la mano izquierda. Primero me dijo que de donde venía a todos les faltaban esos dedos. Luego inventó que se los había volado con un cohete que aparentemente se cebó. Y también explicaba que se los había cortado al saltar una barda con vidrios. Finalmente dejé de preguntarle, pero supuse que eso le había pasado por desmadroso. Como sea, este amigo imaginario mío se fue un día de invierno, supongo que se cansó de que yo fuera un mal compañero o que no hiciera caso a todos sus terribles consejos. Ni siquiera sé por qué lo sigo recordando. Será porque Matías era mi mejor amigo o al menos el que más me entendía. Bueno, tampoco es que yo fuera muy popular en la escuela o en el barrio. Quiero suponer que mis lentes de pasta no ayudaban mucho. Y bueno, además yo era de esos chavales extraños que decían cosas como “vamos a jugar a los piratas y yo elijo ser Barbanegra” o “hay que construir una casa en el árbol y fundar el club de la mano siniestra”. Y la mayoría votaba por “juguemos una cascarita” y terminábamos pateando una pelota. Como siempre me ponían de portero, al quinto o sexto gol me aburría y me despedía con el típico “¿tienen tele? Ahí se ven”. Y me iba a construir mundos imaginarios, a trazar mapas del tesoro, a leer historias de corsarios con amores en cada puerto. Yo creo que por eso tenía un amigo imaginario, porque veía demasiadas películas o me refugiaba en las historietas y los libros. Sí, yo creo que por eso se me zafaba un tornillo con frecuencia, por eso siempre fui algo lunático y me sentía diferente al resto de mi generación. Desde entonces, aunque ya no tengo amigos imaginarios, sigo hablando a solas y me considero algo huraño. Sí, soy un lunático, un deschavetado, un delirante al abordaje, aquel capitán que en sus desvaríos aún busca la tierra firme de unos senos femeninos. Sí, soy el navegante de este galeón fantasmal que iza la bandera de las causas perdidas.

***
Por eso, porque soy un lunático, tuve amigos invisibles y surqué más de siete mares. Por eso mismo, porque siempre me sentí distinto, es que me enamoré de las mujeres más complicadas, las raras, las que te dan brebajes entre sueños y las que revolotean como pesadillas cuando ya se han ido. Sí, carajo, siempre he tenido debilidad por aquellas mujeres de ojos grandes y caderas como oleajes. Claro que también intenté que las cosas funcionaran con las mujeres más “normales”, las que iban a misa y usaban blusón para dormir y estudiaban taquigrafía y llevaban la contabilidad y se pintaban las uñas de tonos pastel. Claro que lo intenté, pero nunca funcionaba. Porque los locos, los deschavetados, necesitamos el fuego de las más locas que nosotros, las que se pintan el pelo de azul o se tatúan su nombre en una caligrafía extraña. Sí, es evidente que los que nos consumimos en el fuego, entregamos un poco el alma y también los huesos a esa clase de mujeres que nos alimentan de hechizos que preparan al despuntar el alba. Sí, maldita sea, los lunáticos perdemos la cabeza por esa especie de sacerdotisas que te acarician la cabeza como si te leyeran la palma de la mano. Y luego de encapsular tu alma y tu voluntad en un dije con forma de calavera, se marchan como si nada. Siempre pasa y no dejará de suceder: los desquiciados como tú, como yo, terminamos con la cabeza tiznada de telarañas, con caricias de papel carbón, bebiendo gota a gota el arsénico del rencor. Ese es nuestro destino y fin, enloquecer de recuerdos mientras alguna mujer nos piensa y va destilando en un mechero de Bunsen, a llama lenta, el próximo brebaje que nos enviará en forma de llovizna. Sé que suena un tanto romántico, pero en realidad es algo triste, triste como la palidez de tus huesos y la colonia de ácaros que cultivas en la almohada. Sí, maldita sea, los lunáticos que nos apasionamos por mujeres de alas negras y mirada de cuervo siempre terminamos ardiendo de fiebre en los desvelos, ruminando nuestra suerte. Sí, invariablemente quedaremos solos leyendo el tarot del pesimismo una y otra vez; o amarrando cordones rojos a nuestros dedos para no olvidar aquellos labios de incienso. Sí, los locos como tú y como yo caminaremos descalzos, con el pelo enmarañado, con la mirada sin remedio. Tomaremos la guitarra desafinada y cantaremos con la voz de la resaca algunas verdades de Sabina: “Este almacén de sábanas que no arden,/ este teléfono sin contestador./ La llamaré mañana, hoy se me hizo tarde./ Esta forma tan cobarde/ de no decirnos que no./ Este contigo, este sin ti tan amargo.../  Estos ojos que no miden ni comparan,/ ni se olvidan de tu cara,/ ni se acuerdan de tu cruz./ No abuses de mi inspiración,/ no acuses a mi corazón/ tan maltrecho y ajado/ que está cerrado por derribo./ Por las arrugas de mi voz/ se filtra la desolación/ de saber que estos son/ los últimos versos que te escribo”. En efecto, los lunáticos como nosotros seguiremos delirando por mujeres que ya no están. Y seremos ceniceros rebosantes, botellas al mar, paladar de arcilla, cráneo hueco y cuencas vacías, hasta que llegue otra mujer grandilocuente a seducirnos con aquellos brebajes extraños que nos sabrán a jugo de cactus con sal.

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