Las sonrisas que le copiamos al diablo

Puede ser cinismo o un simple gesto indescifrable, pero hay quienes sonreímos con la malicia de un diablo en carnaval.
Roberto G. Castañeda
16/06/2016 - 05:00

Me sucede con frecuencia  que me echan en cara esta sonrisa cínica: “¿Te estás burlando de mí?” o “¿te ríes de mí o conmigo?”. Es que habemos quienes sonreímos con la malicia de un diablo venido a menos, de un diablo de segunda mano en un carnaval.
Por eso no me sorprendió aquel tipo medio lunático que me abordó hace unos años en aquella acera. “¿Cuánto me das por mi alma, cuánto me das?”, soltó el sujeto de buenas a primeras. Lo miré con expresión de qué-le-pasa-a-este-wey. Seguro es una broma.
 “¿Cuánto me das por mi alma?”, balbuceó ya sin la misma seguridad. “No me jodas el día”, di otra calada a mi cigarrillo. “No te hagas, no te hagas, tienes cara de diablo”, dijo convencido. No manches, estos weyes inventan cada día cosas más extrañas para pedir dinero.
 “Te vendo mi alma”, insistió. “Tu pinche  alma está más desahuciada que una máquina de escribir”, le seguí el juego. Busqué con la mirada alguna cámara escondida, aunque el tipo no parecía disfrazado. Aquellas costras de mugre eran bastante reales y apestaba a madres. Saqué dos varos y se los di. “Mi alma vale mucho más”, protestó.
Entonces sacó un trozo de papel de su bolsillo y me lo enseñó. Era un dibujo perturbador. Y sí, allí estaban los trazos de un sujeto parecido a mí, aunque sin gafas. “No te hagas, tienes cara de diablo” y me mostraba aquel retrato siniestro.
“Ya llégale, que estoy esperando a alguien”, sentencié con firmeza. Se sacó de onda. “Ya sé, ya sé que estás aquí de incógnito”, su garra aprisionó mi brazo. Pinche loco.
“Mira, cabroncito, ya estuvo, te estás ganando unos madrazos”, caminé hacia la esquina. Dudó en seguirme, pero fue tras de mí. “¡Es el diablo!”, gritó, “mírenlo, es el diablo”. La gente se volvió para observarme. No pude evitar reírme. Aquel miserable me señalaba.
 “¡Sólo vean sus ojos, el mal está en su mirada!”, siguió con su desmadre. Preferí ignorarlo. Tomé el celular y le marqué a Mariana. Venía retrasada, así que cambié el lugar de la cita. “¿Quién grita tanto?”, me preguntó ella. “Un pinche loco que cree que soy el diablo”, le contesté. Ella se carcajeó: “No manches, Roberto, ya te descubrieron”. Reí con ella y luego colgué. Hice señas a un taxi, pero me ignoró. ¿Será qué sí tengo cara de diablo?

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“Eres un diablillo”, me decía Mariana, “me encantas”. Desnuda era un delirio. Nunca quiso andar conmigo. Sólo deseaba sexo y consumar sus venganzas.
 “Mira, a mí me gustan las cosas claras”, me explicó después de la primera noche que pasamos juntos.  “Me gustas, pero no quiero compromisos”. Estuve de acuerdo. Ya luego me enteré de  que ella se acostó conmigo porque “traía unos tequilas encima” y sobre todo porque se enteró de que su novio la engañaba. Me lo dijo una amiga en común.
 A mí me encantaba Mariana. Y no era para menos. Era la más guapa de mi generación. Y vaya que había chicas bonitas en la universidad. Yo no era el más listo, pero tampoco el más idiota. Y sin embargo, me enamoré como un imbécil.
Cuando le dije a Mariana que no podría vivir sin ella, me abrazó y soltó las frases más comunes: “No funcionaría, porque yo amo a otra persona”. Ésa sólo era una de muchas razones. Ella odiaba que yo no fuera práctico. Siempre me decía que era un soñador, que las mujeres no se casan con tipos como yo. Que escribir era un oficio sin beneficio. Eso lo he escuchado con mucha frecuencia.
 Total, que no quiso ser mi novia y cualquier semana de un mes común dejamos de tener “sexo amistoso”, como le llamaba ella. Terminamos la carrera y dejé de verla. Mis noches eran una sucursal del purgatorio, siempre que la imaginaba en brazos de otro. No volví a  enamorarme.

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Mariana y Leonardo terminaron. Luego, ella se fue a vivir con el hijo de un banquero. Se volvió muy pacheca. Supe que el júnior era distribuidor de drogas. Y Mariana se hundió en una espiral sin fondo. Y el sujeto se cansó de mantener sus vicios.
Ella nunca ejerció la carrera. Se dedicó a trabajar como edecán. Dicen que era buena en lo suyo: mucha disposición y cero prejuicios; algunos amantes y demasiadas escalas en hoteles de paso.
Un par de años después coincidimos en una fiesta. Nos saludamos como si nada. Se emborrachó más de la cuenta. Me preguntó que si no traía algo de coca. “¿Tengo cara de dealer?”, fui cruel. “Uy, qué pinche genio”, se burló, “¿a poco me odias todavía?”. Ni siquiera me volví para mirarla.
“No puedo odiar algo que he olvidado”, advertí. “Te han sentado bien los años”, intentó coquetear o aligerar la situación. “Lástima que no puedo decir lo mismo de ti”, no me gusta andar con rodeos. O tal vez era mi rencor por el olvido. Nah. Aquella mujer de ojos enrojecidos no era la misma chica hermosa que conocí. “Ay, que weba me das. Mejor voy a ver quién trae aunque sea un poco de mota”, se ofendió.
Estuve un rato más y cuando ya me iba vi a Mariana besando a un tipo que no era nada atractivo, pero seguramente él sí traía coca o al menos unas tachas.
 Yo no tenía lo que ella buscaba, pero a mí me bastaba con mis pocas posesiones. Algunos sueños postergados, el corazón en el refrigerador y la poesía de Jaime Sabines, por mencionar algo: "El diablo y yo nos entendemos/ como dos viejos amigos./ A veces se hace mi sombra,/ va a todas partes conmigo./ Se me trepa a la nariz/ y me la muerde/ y la quiebra con sus dientes finos./ Cuando estoy en la ventana/ me dice ¡brinca!/ detrás del oído…/ Nunca se está quieto./ Anda como un maldito,/ como un loco, adivinando/ cosas que no me digo./ Quién sabe qué gotas pone/ en mis ojos, que me miro/ a veces cara de diablo/ cuando estoy distraído./ De vez en cuando me toma/ los dedos mientras escribo".
Sí, es verdad que a veces el diablo me aconseja tonterías, como saltar por la ventana o pretender a mujeres insanas y quemar mis viejas fotografías. Es verdad, para qué lo voy a negar: siempre he tenido una sonrisa algo maquiavélica, este gesto cínico de los que hemos frecuentado demasiados infiernos, este aire malvado de los demonios de carnaval que parecemos divertirnos más que el común de la gente. Y eso puede que no sea edificante, pero de vez en cuando vale la pena.

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