Quién diablos soy yo para educar

"Educar no es lo mío, aunque no falte un despistado que me vea como una referencia... Yo fui educado para levantar la voz, para rebelarme"
Roberto G. Castañeda
15/05/2014 - 05:00

Tuve buenos y malos maestros, algunos memorables y otros para el olvido, pero algo debí aprender de manera correcta. Y nunca me pasó por la cabeza dar clases, aunque fui adjunto en la universidad. Educar no es lo mío, aunque no falte un despistado que me vea como una referencia o aunque algunos sigan al pie de la letra este manual para bipolares. 

“Gracias a lo que escribes me volví fan de Roque Dalton, de Joaquín Sabina y Dante Guerra”, me comentó un lector por medio de un correo electrónico. “Maestro, eres una celebridad en Facebook”, me insinuó alguien. Yo no pretendo educar a nadie, quién soy yo para marcar pautas. No soy maestro de nada, ni intento serlo. Yo mismo me autodefino como un vocero, un promotor de lo que vale la pena: las canciones de Guasones, Sabina o El Cuarteto de Nos; la poesía de Nicanor Parra o Jaime Sabines y Bukowski; el arte del Doctor Alderete o Rafael Cauduro; los cuentos de Horacio Quiroga y Juan Rulfo; tantas maravillas que deberían sorprendernos cotidianamente. No soy maestro de nada, ni una celebridad en mi calle, ni escribo para la posteridad. Me busqué en Google y hallé algo así como 2090 referencias. No me he registrado en Myspace, ni tengo liga en Myblog y me resisto al WattsApp. Sin embargo, algunos lunáticos han hospedado mis letras. No busco trascender, ni ser ejemplo de nada, sólo quiero escribir hasta que me duelan las yemas de los dedos. He llegado a una frontera donde los senderos se bifurcan y a ciencia cierta no sé cuál tomaré, pero no dejaré de caminar porque si no camino me alcanzo. Soy un buscador de relámpagos con demasiadas madrugadas a oscuras. Me cortaron la luz por retraso en los pagos. Me falta liquidez y mis acciones van a la baja. Soy una pésima inversión a futuro. Soy un demonio de bajo perfil y he hablado en el idioma de los ángeles. Me aburren los domingos soleados, bebo en jueves y la resaca me dura tres días. Me he doctorado en cosas demasiado inútiles. Colecciono frases de canciones como si eso le diera sentido a mis días. No me gustan mis rutinas, me ahogo en silencios y me sobran pretextos. Mi vida es un montón de referencias que a muchos no les dicen nada: discos de Blur, carteles de películas viejas, libros de Juan Madrid, una guía de lugares comunes, el aroma de muchas ausencias, mi niñez retratada en blanco y negro, el auto a escala de Meteoro, caricaturas de Don Gato, la cicatriz en mi ceja izquierda, el odio a los cretinos, mi boleta de la secundaria, la corbata que usé en mi graduación, el maldito libro que no he publicado y el miedo a que los años me vuelvan más blando. Tengo ojos de diablo y espíritu festivo, pero las sonrisas me son escasas. Soy especialista en levantar barricadas contra los ataques de tristeza, en cavar trincheras para detener los pensamientos suicidas. Soy neurótico y ansioso, voluble y demasiado imperfecto. Soy una canción de Sabina, un poema de Ernesto Cardenal. He conseguido una que otra victoria y he sido derrotado por demasiadas soledades. Ya lo dice Calamaro: “Victoria y soledad/ son el santo grial del rock and roll animal./ No son una fantasía/ ni son una realidad./ Una sola vez vi juntas,/ a victoria y soledad/ y nos dimos un gran beso/ en honor a la verdad…

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Puedo vivir con muy poco, he logrado sobrevivir con menos. Me alcanza con los rezos de mi madre, el amor de mis hermanos, el motor de mis hijos Patricio y Emiliano, los besos que he dado, el fuego que me quema en mis noches de delirio, los sueños que no he empeñado, el escaso talento que me salva de ser un idiota, la promesa de una mujer que llegará tarde o temprano. He construido una fortaleza que me protege de los enemigos que nunca están a mi altura. Soy un mal hijo, un pésimo hermano y peor padre. Quiero morir satisfecho, así que aún no está cerca el momento. Me basta una rola de Los Fabulosos Cadillacs para bailar solo. Danzar bajo la lluvia me ha liberado. Cantar en la regadera me hace sentir patético. Hablar con el espejo es un ejercicio cotidiano. Me odio por ser tan duro, me maldigo por llorar en silencio, me quemo de ganas por dejar este infierno y mis bestias aúllan si no las alimento. Demasiada poesía para un tipo tan poco romántico. Tengo un mensaje en el buzón de mi teléfono: es mi propia voz y suena extraña, es un consejo que nunca atiendo. Tengo frío y tengo sueño, tengo anhelos y me falta afecto. Soy un corazón en el congelador. Soy un idiota, soy un pendejo y aún así me quiero. Soy auténtico y soy decadente, como escribiría Jorge Serrano: “Sigo con el hacha afilada/ y media sonrisa clavada,/ porque el ruido me llama/ y no quiero quedarme con ganas…/ quiero ser un pendejo/ aunque me vuelva viejo,/ que no se apague nunca/ lo que llevo adentro”. Sí, en definitiva, es verdad. No quiero ser maestro de nadie ni dejar huella. Me basta con un abrazo, con que alguien me recuerde, con los rezos de mi madre y la mirada de mis hijos, y la sonrisa de mis escasos amigos. Esta noche beberé para festejar que no he vendido mi alma, que no he empeñado mi dignidad, ni he besado los pies de nadie. Esta noche me embriagaré y me voy a prometer cosas que quizá nunca cumpliré: como publicar mi primer libro. Soy todo espíritu, soy la rabia de mi adolescencia, la alegría de mi niñez, el equilibrio de mi madurez y la locura de todos los Robertos que habitan en mí. Cantaré alguna canción de Sabina o de Soda Stereo, encenderé una veladora a San Charbel y me repetiré la misma mentira de todos jueves, de todos los años: la juventud se resiste a abandonarme. Y fui educado para levantar la voz.

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