Jugar con Dios a las escondidas

“El día que yo nací Dios estaba enfermo”, escribió el poeta César Vallejo
Roberto G. Castañeda
13/08/2015 - 15:49

En ese sentido, creo que Dios jugaba a las escondidas el día que vine el mundo. Y es que  este Dios que me tocó a mí, bipolar y distraído, solía ponerse a jugar con frecuencia. Bueno, al menos eso es lo que mi mamá me cuenta. Alicia, que es mi madre, tiene muy buena memoria y bastante imaginación. Siempre fue así, desde niña, muy especial. Y te lo platica de una manera que te da una mezcla de ternura y tristeza infinita. “Cuando yo estaba chiquita veía a Dios”, me ha contado mi jefa, “volteaba al cielo y lo veía, hasta con sus flores de ofrenda, como en los cuadros”. ¿En serio? Sí, dice Alicia, y hablaba con él. Mi madre le pedía que la llevara con él, que no la dejara abandonada a su suerte, a esa mala vida de golpes y sufrimiento en un caserío perdido y provinciano. También lo soñaba siempre, continúa ella. “Soñaba que jugaba conmigo, a las escondidillas. Entonces era feliz, lo era al menos mientras dormía. Dios y yo jugábamos mucho, a las escondidillas”. En verdad que no puedes sino sentir ternura y querer mucho más a una mujer así. A mi madre que de niña soñaba a jugar con Dios, a mi generosa madre que en su infancia quería ser gallina porque eran libres y nadie les pegaba. En verdad, no me cuesta trabajo creer todo lo que me cuenta mi jefa, con su eterna sonrisa morena. Por eso la abrazo, por eso la adoro, por eso es que la celebro en su cumpleaños tan cercano a los 70. Por eso es que, ahora que lo pienso, creo que me tocó un Dios espléndido aunque distraído. A mí me tocó un Dios que jugaba con mi madre a las escondidas. Y eso, sin duda, sigue siendo una metáfora en mi vida. Por eso digo que el día que yo nací, Dios jugaba a las escondidas. Y no sé si eso sea bueno o malo, pero algo sí es irrefutable: Cuando tienes una madre como la mía, no importa que tus ángeles guardianes burocraticen tus trámites o que Dios ande distraído, porque ella tiene el espíritu y la fuerza para protegerte de todos los males. Por eso es que desde niña mi madre jugaba a Dios con las escondidas, porque se llevan de a cuartos y tienen la misma sonrisa. Por eso es que sus cumpleaños, de mi madre, son tan concurridos. Por eso es que todos los días son festivos cuando mi madre está cerca y me mira como si el cumpleaños fuera el mío.

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El día que yo nací, no traje torta bajo el brazo. No, en definitiva. El día que yo nací hubo tristeza, en medio de la alegría. Mi madre me tomó en sus brazos y sintió que le rebosaba el corazón. Sin embargo, no pudo evitar la congoja: qué será de ti, mi pequeño, que no tendrás ni cuna. No, yo no traje torta bajo el brazo. Por el contrario, nací cobijado por la tristeza. Mi madre estaba muy lejos de casa, arrimada en una tierra desconocida. Y me fue gestando entre melancolía y llanto, porque ella no era feliz y estaba deprimida. Para colmo de males, mi padre había cambiado. Pero no, en realidad sólo estaba volviendo a ser el mismo que siempre había sido. No, ya no era el hombre que la había enamorado, sino alguien muy distinto. Yo no traje torta bajo el brazo, ni nada parecido. Mi padre era chofer y ganaba una miseria. Con trabajos tenían un colchón y una habitación prestada. Después quedó desempleado. De regreso en la ciudad de México, nos perseguía la miseria. Luego nació mi hermana Nadia, que tampoco trajo torta bajo el brazo. Más adelante se repitió la historia. Llegó mi hermano Claudio y tampoco venía con algo de bonanza. Por el contrario, se multiplicaban los problemas. Mi padre tuvo que huir, debió dejar su empleo, porque enamoró a una joven estando casado y los hermanos lo andaban venadeando. Por eso les digo que ninguno de nosotros trajo torta bajo el brazo. Mucho menos mi hermana la más pequeña. Ella llegó entre una tormenta de líos: mi padre ya había sacado sus maletas y dormía en otra cama. Encima de todo tuvo el cinismo de llevar a su amante a prepararnos el desayuno, mientras mi madre daba a luz a la pequeña Silvia. Por eso digo que ninguno de nosotros llegó en buen momento. Por eso creo que Dios jugaba a las escondidas cuando nos mandó al mundo. Mi madre nos creó con amor, mi padre con pura calentura. Mi madre habla con Dios, desde niña. Mi padre platica con sus propios demonios y baila con ellos una danza macabra que lo condenará al olvido más pronto que tarde. Mi madre nunca nos habló mal de mi padre, solitos nos fuimos dando cuenta de la clase de persona que era. Mi madre nunca maldijo a mi padre, ni le prohibió que nos viera. En cambio, mi padre fue a contarle a su familia que mi madre lo había engañado, que era una cualquiera, con tal de que aceptaran a su nueva pareja. Pero lo que Antonio no sabía era que mi madre tenía palancas: ella jugaba a las escondidas con Dios, desde niña. Y por eso es que tuvo la fortaleza y el coraje para sacarnos de la pobreza y para que no nos hundieran las miserias de mi padre. Por eso  yo creo, igualmente, que Dios andaba jugando el día que vine al mundo, por eso bromeó conmigo y me regaló esta tristeza y esta amargura. Aun así me las arreglo para sonreírle a la vida, sobre todo si es junto a mi madre en su cumpleaños. Por eso simpatizo con César Vallejo, cuando narra que “Yo nací un día/ que Dios estuvo enfermo./ Todos saben que vivo,/ que soy malo; y no saben/ del diciembre de ese enero./ Pues yo nací un día/ que Dios estuvo enfermo./ Hay un vacío/ en mi aire metafísico/ que nadie ha de palpar:/ el claustro de un silencio/ que habló a flor de fuego”.

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