El desamor es un corazón de cristal

"El amor es un estado de ánimo en el Facebook. El amor es una canción de moda. El amor eres tú, es ella, es él, son todos esos globos brillantes que venden en cada esquina. El amor es un corazón de cristal hecho añicos"
Roberto G. Castañeda
12/02/2015 - 05:00

 

El amor es un estado de confusión, un comercial de rebajas, un oso de peluche en el Sanborns, una nota suicida, un condón abandonado en la alfombra del hotel. El amor es una adolescente embarazada, un collar de fantasía, un joven colgado en su habitación, los hijos no deseados, un esposo en fuga o una madre soltera que trabaja doble turno. El amor no es otra cosa que un producto de nuestra necesidad: afecto, atención, cariño, compañía, sexo. Y cuando dejamos de tenerlo, el corazón se vuelve cristal resquebrajado. El amor es un estado de ánimo en el Facebook. El amor es una canción de moda. El amor eres tú, es ella, es él, son todos esos globos brillantes que venden en cada esquina de la ciudad. El amor es una epidemia comercial, una docena de rosas al doble de precio, una pareja de adolescentes que hacen planes para toda la vida. El amor es aquel jovencito que se arroja a las vías del Metro. El amor es su ex novia besando otros labios. El amor es un bebé abandonado en la alcantarilla. El amor es una mujer descuartizada al amanecer. El amor es un tipo que mata por celos. El amor es un  jodido corazón de cristal hecho añicos.

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Kevin es un chico normal, sin broncas en la vida. Le gusta el futbol, los videojuegos y escuchar a Babasónicos, por ejemplo. No es que sea un tipo brillante en la escuela, pero ahí la lleva. Todo iba normal hasta que tuvo un problemilla con su novia, algo que parecía insignificante. Se pelearon por cualquier cosa, dejaron de verse y llamarse una semana o algo así. Nada que no hubiera pasado antes. Luego, él se enteró por una de sus amigas que había visto a Melissa en una fiesta con “otro wey, acá en plan de faje”. Kevin sintió un hueco en el pecho, intuyó que algo se salía de control. En cuanto pudo le llamó a Melissa para reclamarle. Ella lo negó y le pidió que no la molestara, que diera por terminada la relación. Los siguientes días él le rogó que recapacitara. Ella puso los pretextos habituales: “no eres tú, soy yo” o “ya no es lo mismo de antes” y una sucesión de frases hechas. Entonces él perdió la calma y empezó a fustigarla con chantajes y luego con reclamos. La última ofensa fue una de sus canciones favoritas: “Sin piedad dejas atrás/ un séquito de vana idolatría./ Sos tan espectacular/ que no puedes ser mía nada más./ Tienes que ser de todos./ Ya sé, el camino a la fama/ no significa nada/ si no hay una misión./¿Cuál es?/ Hacerte muy putita,/ probar tu galletita/ con toda devoción”. Melissa se indignó y no volvió a contestarle las llamadas ni los mensajes. Sólo le mandó decir con su amigo que justo cuando lo iba a perdonar se le ocurre ser tan majadero. Fin de la historia. No, ese no era el fin. Kevin era un chico nomal. Todavía pasó al Facebook de ella y observó la foto que más le gustaba: ella con una falda de rayas y sus Converse rosas. Le dejó un mensaje y una posdata: El mensaje resumía que nunca dejaría de amarla, aunque le hubiera roto el corazón. La posdata era un adiós definitivo, porque sin ella no valía la pena vivir. Nadie lo tomó en serio. Incluso hubo un par de comentarios burlones: “ya perdónalo, antes de que se suicide” o “lo traes muerto”. Tonterías de chavos, pues. Pero ya era muy tarde. Kevin fue a la estación más cercana y se arrojó a las vías del Metro. Lo identificaron por su credencial de la escuela. Podría ser más romántico y agregar que en su mano hallaron una foto de su ex novia o una carta amorosa y linda. Pero no. Su rostro estaba desfigurado. Falleció al instante. Morirse así no tiene que ver con el amor, sólo con la fragilidad emocional, con la depresión, con el abandono, con la autoestima. Ya lo he dicho antes, el amor apesta. Bueno, eso que muchos confunden con amor. El amor es un anillo de compromiso, una joya de bisutería. Y el desamor es un corazón de cristal hecho añicos bajo las vías del tren.    

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El amor está sobrevalorado. Es más sincero el odio. Todos confundimos el amor y luego nos quejamos de que el amor nos confunde. No nos engañemos: la pasión no es amor, el deseo no es amor; tampoco la atracción, ni el enculamiento, mucho menos el entusiasmo es amor. Estamos tan carentes de afecto que confundimos todo con “señales del amor”. Es lo malo de crecer en hogares disfuncionales: somos tan náufragos que en cuanto vemos una tabla de salvación nos aferramos con fuerza durante demasiado tiempo. Pero no salimos a flote ni hay faro a la distancia, porque el amor es un invento para vender tarjetas u ositos en celofán. El amor es una joya de bisutería, una canción de moda que te recuerda los besos frescos. El amor es un poema de Edel Juárez: “No pienso competir con lo que fuimos,/ deja de soñarte entre mis brazos,/ deja de decir “es mío”./ Deja los planes que quedaron,/ no me pidas que te cuente lo que nunca hicimos./ Deja el camino que no andamos,/ deja aquel hotel donde estuvimos,/ deja el recuerdo de las sábanas.../ deja las caricias que inventé para asombrarte,/ las palabras que te dije/ y lo que fingiste no escuchar./ Deja de buscarte entre mis líneas,/ tú no apareces más, te he desterrado".

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