Canciones fúnebres para el invierno

Sí, hay una muerte con sus manos tétricas tocando una marcha fúnebre y merodeando por mi calle, por tu barrio, por cada esquina. Suena trágico, pero es la realidad de este país en ruinas y en este invierno que congela el alma.
Roberto G. Castañeda
10/12/2015 - 05:00

Hay una muerte con sus manos tétricas tocando un vals fúnebre, merodeando por mi calle, por tu barrio. Sí, suena frío como este invierno que congela el alma.  Como tú, como mucha gente, crecí en una colonia popular donde había tienditas en las que encontrabas todo lo que necesitaras: un fusible, medio kilo de azúcar, veladoras, curitas, focos, agujas, orégano, aspirinas y hasta las cosas más impensables. No, allí no había Oxxos ni nada parecido, sólo un localito que siempre atendía una señora enojona o su esposo bonachón. Desde luego que por las calles de mi barrio pasaban toda clase de marchantes: el triciclo del pan, la camioneta de las naranjas, el afilador, el carrito de camotes con su silbido ruidoso, la tambora y la marimba. Y desde luego, no faltaba el clásico “tamaaaaaleeees oaxaqueños, ricos y deliciosos tamaaaaleees oaxaqueños”. Cuando éramos unos críos, por supuesto, nos emocionábamos siguiendo la vagoneta de los helados con su melodía alegórica. Y cuando nos portábamos mal, nuestras madres nos aplacaban con la amenaza de “te voy a vender con el ropavejero y no me vuelves a ver”. Y el ropavejero siempre era un tipo barbón, con su gorrita ridícula y una carreta tirada por una mula.

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Mi barrio estaba lleno de personajes coloridos y otros menos afortunados como El Pomadas, un vagabundo que se tiró al vicio y deambulada con sus delirios a cuestas. Para algunos era “un mariguano” pero para nosotros sólo era El Pomadas, un tipo que compartía su comida con los perros del vecindario. Aunque quisieran creer que él era peligroso, en realidad sólo era un hombre venido a menos pero de buen corazón. Igual estaba doña Penélope, con su rostro pintarrajeado en exceso y su abrigo deshilachado. Nadie sabía su nombre, pero le decían así porque juraban que había enloquecido por un amor que la había dejado plantada en el altar de la boda. Sí, como en esa canción de Serrat que narra “pobre infeliz/ se paró tu reloj infantil/ una tarde plomiza de abril/ cuando se fue tu amante./ Se marchitó en tu huerto hasta la última flor./ No hay un sauce en la calle mayor/ para Penélope”. Exacto, eso era, una mujer infeliz y enloquecida por alguna razón que nadie conocía. Pero no hacía daño a nadie con su murmurar a solas, con su errante taconeo por la calles, con su ir y venir sin razón. Y sin embargo, los chamaquitos le temíamos como si en cualquier momento nos fuera a adoptar como hijos suyos. Lo dicho, crecí en un barrio lleno de personajes extravagantes que murmuraban monólogos.

 

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Como tú, como tus padres, igual que mis primos y muchos de mis amigos, yo crecí en un barrio donde la mayoría no tenía auto y todo mundo iba y venía en bicicleta. Si te mandaban a las tortillas o te decían que fueras “de volada” por un kilo de jitomate, te montabas en tu bicla y aguados que ibas y venías a la velocidad del rayo. Y cuando sólo salías a dar el rol, participabas en competencias imaginarias: Y rebasabas al señor del pan y luego te proponías que no te alcanzara el vochito rojo que venía atrás de ti, al menos hasta llegar a la esquina. Ya casi no se usa, pero recuerdo que a las bicicletas se les ponían diablitos en las ruedas traseras, para llevar a tu hermanito o a tu mejor amigo a tus espaldas. “Súbete, Chinampinas, acompáñame a la papelería por unas monografías”, le decías a tu cuate y este se encarreraba para treparse con habilidad mientras tú seguías pedaleando. El chiste era ir y venir con mayor velocidad, como si presintiéramos que la infancia o la adolescencia nos fueran a abandonar muy pronto.

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No, en mi barrio no había Oxxos, ni supermercados y mucho menos un McDonalds. Sobraban las tienditas de la esquina, los talleres mecánicos, las papelerías o los puestos de hamburguesas y la recaudería de doña Mary. No, allí todo era menos sofisticado e incluso confiaban en tu palabra. Cuando era fin de quincena, tu jefa te mandaba por “un cuarto de jamón y medio de huevo” pero “le dices a doña Cata que me lo anote, que el viernes le paso a pagar”. Y sí, llegado el día, mi madre iba a hacer cuentas con al señora de la tienda y entonces le tachaba sus cuentas pendientes. Allí no parecía haber bonanza, pero sobraba la solidaridad y la gente trabajadora. Cada mañana, tarde y noche, a lo lejos se escuchaba el silbato de vapor que anunciaba el fin de turno en una fábrica cercana. En pocos minutos veías pasar a los papás de tus amigos, en su respectiva bicicleta, regresando de trabajar. No había muchos escándalos, que no fueran los relacionados con el baile a la Virgencita o el sonidero nacional que tocaba algún fin de semana. No pasaba de que hubiera alguna trifulca entre chavos de colonias distintas, con saldo de dos o tres descalabrados. Las malas noticias eran el deceso natural de alguna abuelita o el infarto de un vecino que no se supo cuidar. La muerte nos rondaba esporádicamente, con sus acordes tristísimos y los moños negros en la fachada de alguna vivienda. Pero todo ha cambiado en el barrio en que crecí, en las calles que ya no visito, en la colonia de mi juventud e incluso en los rumbos que ahora habito: la muerte es cruel y es recurrente. Sí, la muerte ha violentado nuestra calma. La muerte ha perdido pudor, ya no respeta nada, ya asoma sus narices y nos sacude con su marcha fúnebre. Cada día, en cualquier noche, nos quita la calma: en el callejón menos próximo, en la esquina cercana, a pie y en motocicleta. La muerte no se anda con mamadas. Y nos es demasiado próxima, nos acecha con sus manos tétricas. El pretexto es lo de menos: fuego cruzado, robo a mano armada, asalto a cuentahabientes, ajustes de cuentas, sicarios pubertos, ladrones sin escrúpulos, un país que se pudre en sus entrañas. La muerte nos merodea, aunque suene trágico, con su frialdad eterna, con su velo invernal. Se percibe su aliento gélido, su presiente su estela putrefacta y su marcha fúnebre. Será mejor redoblar los rezos, hacerse invisibles, esconder el aguinaldo o extremar precauciones y hacerle caso a Pablo Neruda: “Hay cadáveres,/ hay pies de pegajosa losa fría,/ hay la muerte en los huesos,/ como un sonido puro,/ como un ladrido de perro,/ saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,/ creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia”.  Sí, hay una muerte con sus manos tétricas tocando una marcha fúnebre y merodeando por mi calle, por tu barrio, por cada esquina. Suena trágico, pero es la realidad de este país en ruinas. Suena frío, como este jodido invierno que congela el alma.

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