El corsario que besa la playa de tu vientre

Soy el almirante náufrago de mi adolescencia. Soy el corsario con heridas de guerra. Soy barca sin faro en el horizonte, soy el oleaje cálido que besa la playa de tu vientre
Roberto G. Castañeda
10/09/2015 - 19:34

El ojo triste de Tom Yorke me miró interrogante desde un póster gigante en Mix Up. Radiohead está cabrón, pensé. Se me acercó un chaval sonriente en su uniforme negroazul:  “¿Te puedo ayudar en algo?”, soltó la frase elemental. “Mmm, no lo creo. Estoy buscando algo de  Antonio Vega”, intenté deshacerme de él. Dudó y pretendió hacerse el chistoso: “¿Y ése qué canta?,  ¿música cristiana?”. Lo miré como haría el Dr. House en una convención de acupunturistas. Se río forzadamente. “A ver, ¿quién es el tal Antonio?”, preguntó. “Sólo te diré que es el autor de ‘Lucha de gigantes’ y también de ‘Chica de ayer’, de las mejores rolas del rock español”, seguí buscando. “Ahhh”, no supo qué agregar y aproveché su confusión, “pero seguro a ti no te importa, porque te empedas con La Arrolladora Banda Limón”. Tardó en captar el mensaje. “Pinche mamón”, farfulló. Se alejó contrariado. Y no encontré nada de Antonio Vega, así que mejor opté por buscar a Los Amigos Invisibles. Y sí, había un par de discos. “Esa banda tiene ondita”, escuché una voz a mi espalda. La chica me sonrió. “Sí, es muy buena banda”, creo que dije. “¿Vas a ir a verlos?”, cuestionó para seguir la plática. “Por supuesto, no me los puedo perder”, asentí. “Ay, yo me muero de ganas por ir”, plan con maña. “Te invitaría, pero no te conozco”, lancé. “Ah, pues yo soy Andrea y me encantan Los Amigos Invisibles”, me tendió la mano. “Bueno, yo no soy invisible, pero encantado de ser tu amigo”, comenté. Ella rió con frescura. Al final no compré nada, pero fuimos a tomar un café. De pronto el destino se pone de tu parte. O quizá sea el diablo extendiéndote una tarjeta para que visites los antros que ya no has frecuentado. Una semana después fuimos juntos ver a Los Amigos Invisibles y Andrea me bailó de manera muy sugestiva y me besó salvajemente cuando sonaba  ‘Playa azul’: “Si estuvieras aquí,/ me podrías hacer/ sentir tanto placer”.

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Andrea no era alta, ni siquiera era mi tipo, pero hacía el amor de una manera memorable. Le encantaba sentirse deseada y al momento de quitarse la ropa lo hacía consciente de que sus senos eran perfectos. “Me gusta que me observes cuando me desnudo”, me dijo una vez antes de hundir su lengua en mi oído. Esa mujer sabía enloquecerte. Y cuando ella enloquecía no tenía reparos en expresarlo. Allí no cabía la poesía, sólo se trataba de lujuria: en la mañana, en la noche, en los lugares más inesperados. No había amor, no dejábamos margen para ello, pero nos buscábamos como dos desesperados. Intuíamos que lo nuestro era pasajero, así que decidimos llevarlo a los extremos. “Hueles riquísimo, me prende tu aroma”, solía decir mientras me desabotonaba la camisa. Y a mí me encendía cuando ella hurgaba con su lengua en mi entrepierna. “¿Te gusta?, dime que te gusta”, hacía una pausa y me miraba a los ojos. Ella se volvía loquita cuando le respondía: “tú puedes hacerlo mejor” y ponía todo su empeño en demostrar que sus labios estaban forjados en fuego. “¡Ahora hazme volar!”, sugería. Y volábamos bañados en sudor. Andrea gemía y no podía dejar de decir obscenidades. “Buena faena”, solía decir cuando terminaba. Hasta que un día se acabó.

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Un buen día la rutina se instaló en medio de los dos. Cada cual tomó su camino. Ella encontró refugio en otro tipo. Yo me enamoré de una chica más alta. De vez en cuando me llamaba nada más para saludar, pero no volvimos a encontrarnos. Hasta que se iba a casar con su novio perfecto, con el yerno ideal para sus padres que, por cierto, nunca me vieron con buenos ojos. No suelo ser lo que se dice la pareja correcta, ni pretendo serlo, así que no me costó trabajo ganarme la antipatía de su familia. “Ay, hija, ese muchacho no parece serio”, su madre veía muchas telenovelas. Pero Andrea estaba acostumbrada a llevarle la contra. “Deberías darme mi despedida de soltera”, bromeó Andrea la última vez que llamó por teléfono. Y la imaginé desnuda, moviendo las caderas a un ritmo pausado, sin urgencia pero con la ansiedad de esas mujeres que gritan sin reparos sus orgasmos. “No suena mal, pero ando enamorado”, respondí. “Uy, qué pena, porque no sabes de lo que te pierdes”, se burló, “se me olvidaba que eres fiel cuando te gobierna el corazón”. Por supuesto que sabía de lo que me perdía, pero creo en el karma y la vida o el destino se encargan siempre de pasarte la factura. Y no quiero perder lo poco valioso que tengo nada más por bailar en un carnaval de deseos. Antes de despedirse me leyó las últimas palabras que le dediqué tiempo atrás: “Fui y sigo siendo el Capitán Relámpago, el niño eterno que se refugiaba en la azotea a esperar una lluvia de estrellas. Soy el almirante náufrago de mi adolescencia. Igual soy el partisano herido que besó la tierra madura de tus senos. Soy el corsario con heridas de guerra. Soy barca sin faro en el horizonte, soy el oleaje irreverente que besa la playa de tu vientre, soy el argonauta que recala en tus arrecifes de coral”.

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