Cuando duermes de espaldas a la luna

El porvenir es un ratón viejo. Así interpretó las cartas aquella mujer que insistió en adivinarme el futuro. Y me advirtió que ni se me ocurriera dormir de espaldas a la luna
Roberto G. Castañeda
10/03/2016 - 05:00

Nunca he creído en tales patrañas como la adivinación, ni en amarres o el típico "alguien te está trabajando, puede ser por envidia o resentimiento". Sin embargo accedí a que la señora me echara el tarot sólo porque me recordó a una comadre de mi jefa que me cuidó cuando yo tenía algo así cómo siete años: Doña Pachis tenía la mirada de los búhos, llena de insomnios y sabiduría, pero su sonrisa estaba contaminada con un rictus de amargura. Por ello es que acepté que la gitana me adivinara el "futuro por venir". Cuando me dijo lo de el "ratón viejo" imaginé una copla infantil o un cuento sobre un abuelo ratón tratando de educar a sus nietos ratoncitos. Pero no, no era tan simple el asunto. "Ten cuidado", prosiguió la tarotista, "una lúgubre sombra te persigue, un luto próximo aletea en el aire". Nunca he sido susceptible a esos vaticinios. Uno se muere y ya, sin fanfarrias ni recapitulaciones de toda tu vida en segundos. No, esto no es Macondo ni hay realismo mágico en eso de morirse. La muerte es llana y vulgar. La muerte es simple y fría, no tiene nada qué ver con catrinas de postal. Ya lo sabía yo, que soy un escéptico recalcitrante. Por eso no le di importancia a eso de "el porvenir es un ratón viejo", hasta que alguien me explicó que ese era el nombre común de las mariposas nocturnas "y están asociadas con "el mal agüero y también la muerte". Con razón la pitonisa se sorprendió cuando yo la miré con cierta sorna cuando dijo ceremoniosamente eso de "aquí veo que el porvenir es un ratón viejo" y luego siguió con eso de "no debes dormir de espalda a la luna, que te puede contagiar el insomnio, un insomnio lleno de fantasmas y deudas del pasado". Patrañas. Le di unas monedas y me largue de allí, dándole la misma importancia que a un bocinauta en el Metro.

***

Escribo todo esto desde casa de mi madre, en un pueblito agobiado por el sol y extraviado en un mapa provinciano. Escribo esto mientras mi insomnio es cortejado por el llanto de un borrego joven que se aloja en un predio vecino. Escribo esto mientras me solidarizo con su orfandad, con su berreo que parece decir "noooo, noooo, nooooo" a sabiendas de que lo están engordando para las próximas festividades. Escribo esto y recuerdo que el porvenir de ese tierno animal sí es un ratón viejo. Y no hay nada mágico en su llanto, sólo la tristeza de los condenados de antemano. No, no hay nada poético en su mirada gris. Sólo hay presagios, los mismos presagios que tienen en los ojos los hombres solos, los mismos presagios que tienen las mujeres abandonadas. Y no, no, este pueblo no es Macondo, ni pasa un tren con techos de cristal ni hay mariposas amarillas revoloteando sobre Mauricios Babilonia, como tampoco hay gitanos seguidos por un desfile de armadillos. Tampoco hay tejedoras de atrapasueños, ni míticos cazadores de relámpagos. Lo que sí hay son demasiados remolinos secos, al poniente y al oriente, como en los cuentos de Juan Rulfo. Escribo esto mientras recuerdo a la abuela sentada en su silla de mimbre, con las manos en el regazo, con esas mismas manos que hacían galletas de maíz en forma de flores. Y no, el "futuro por venir" no es este ratón viejo que se ha posado arriba del retrato de mi infancia. Y no, este pueblo no está lleno de Arcadios ni Aurelianos Buendía ni cien años de soledad.

***

En este pueblo sólo hay remolinos secos y un calor que no deja dormir, un calor que sólo sirve para tostarnos la piel y madurar los tamarindos en el patio de mi madre. En este pueblo donde inició todo, mi génesis y mi destino, hay olor a naranjo en flor, hay olor a nanches y guayaba, hay olor a vida, aunque el calor sea un constante revolverse en la cama toda la noche y cada madrugada. No, este pueblo no es Macondo y no hay sonidos de acordeones, sólo el rumor de los grillos y algunos pasos de alacranes que nos acechan las vigilias. En este pueblo nació mi madre, de aquí se marchó en su infancia, y aunque cierta modernidad ha llegado con los años, aún hay caballos tiernos y gallinas vagabundas y gallos esquizofrénicos a los que les da lo mismo cantar a las tres de la mañana o al mediodía de un domingo. En este pueblito no hay Arcadios ni Aurelianos ni Amarantas y mucho menos lluvias de girasoles, pero aún quedan hombres que aran la tierra y le rezan quedito a los dioses de la abundancia. No, en este pueblo de casitas coloridas no hay realismo mágico, ni nada parecido, pero aún hay estas hamacas tan cómodas para dormir la siesta o para recordar que alguna falsa adivina me dijo algún día que "el porvenir es un ratón viejo" y que no debería "dormir de espaldas a la luna", justo como lo hago ahora. Mientras los fantasmas de mi infancia juegan una ronda infantil. Sí, intento conciliar el sueño de espaldas a la luna mientras recuerdo las palabras de Edel Juárez: “En mis sueños habito en pueblos blancos y casi desiertos,/ comparto el café frente a la puerta en mecedoras azul pastel, bajo un sol entrometido,/ con vestidos transparentes sobre tu piel oscura, ya oscura,/ tostada bien lento como el café y las tortillas./ En mis sueños la puerta siempre está abierta,/ la luz se cuela por las ventanas y por entre las tejas…/ Todo es pequeño y simple en mis sueños:/ los muebles, la estufa, nuestra cama./ Caminamos a diario por la comida y cocinamos jugando,/ besándonos en cada tropiezo por un sartén, por la pimienta./ En mis sueños tu risa lava el mundo a diario por la mañana,/ cada canción suena a una vida pasada, revivida y olvidada a media tarde./ En mis sueños despierto y me miro soñando contigo a mi lado”.

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