Los locos vivimos en remolinos

Cuentan los que saben, que los mejores pistoleros son zurdos. Vaya contradicción. Disparan con la izquierda hacia el corazón. Y también dicen que los mejores poetas piensan con la izquierda. Prefiero creer esto último
Roberto G. Castañeda
08/10/2015 - 05:00

Normalmente me peino con la mano derecha. También mezclo el café con la diestra. Y, desde luego, con la misma mano me amarro las agujetas. Pero da la casualidad que soy ambidiestro. Y escribo con la izquierda y acaricio con esa misma. Y a veces pienso con el hemisferio zurdo y mis poemas menos certeros apuntan al seno izquierdo de una mujer de ojos luminosos. Y ella me mira con una mezcla de ternura y se acurruca en mi pecho para decirme cuánto me ha echado de menos. Y sí, tantas veces pienso con la izquierda que mis consignas están del lado de la gente que no comulga con los siniestros ni con los que viven de nuestros impuestos. Es más, a veces sueño con la izquierda y cuando despierto los Prinosaurios aún siguen allí (como suponía Augusto Monterroso). Y me levanto con el pie zurdo y sigo pensando que somos demasiado pueblo como para soportar a tantos corruptos en el gobierno. Y mi puño en vilo seguirá protestando por un mejor futuro como herencia para mis hijos. Y también, cuando duermo recostado sobre mi flanco izquierdo, tengo pesadillas y ronquidos igual que todos los que padecemos el costo diario de la vida. Es entonces que despierto mucho más despeinado que de costumbre, con un remolino de ideas en la cabeza. Exacto, los locos habitamos remolinos. Y sí, normalmente me peino con la mano derecha y fumo y bebo y me abotono la camisa de la misma manera. Pero cuando respiro y sufro y lloro o me alegro y escribo poesía y duermo intranquilo es con mi lado izquierdo. Y sí, también sueño desde mi flanco zurdo y releo a poetas zurdos, como Ernesto Cardenal: “Bienaventurado el hombre/ que no sigue las consignas del Partido/ ni asiste a sus mítines,/ ni se sienta a la mesa con los gánsters.../ Bienaventurado el hombre que no espía a su hermano,/ ni delata a su compañero de colegio”.

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Yo soy de izquierdas, como Sabina lo ha definido, “y eso no quiere decir comunista, ni socialista, ni anarquista. Sólo quiere representar esa hermosísima ideología de hace unos años, que hacía creer que esta infamia de mundo podía cambiar de alguna manera”, Y sí, también soy más del lado izquierdo que refería el poeta Jaime Sabines cuando escribía “te ensalivo el pezón izquierdo y sé que estoy cerca de tu corazón”. Y mis c aricias más afortunadas hurgarán en tus deseos, buscando ser imprescindible en tus noches en vela. Y estoy buscando cómo nombrarte, mientras tú gimes la semioscuridad de mi nombre y te cimbra mi lengua trazando aros de fuego sobre tu epicentro. Puedo decirte “delirio” o “deseo”, murmurar “pasionaria” en tu oído o describirte como “oleada”. Y también puedo llamarte “loca” y “amorosa”, pero no me pidas que me haga un tatuaje con tus iniciales porque no soy tan predecible como para creer que ese fuego será eterno. Estoy buscando cómo nombrarte en la bitácora de mis anhelos. Y tengo un recuento de murmullos, el montón de pretextos para invocarte, la cantidad tremenda de adjetivos para describirte, un chingo de formas que te definirían, pero aún estoy buscando cómo nombrarte. Puedo llamarte “constelación”, tal vez “amante” o quizá “hermosa” y por qué no “inevitable” o hasta “geografía” y “destino”, “luna”, “luz”, “vorágine” pero no puedo decirte “propiedad” ni tampoco “mujer mía” porque prefiero la lejanía de mirarte cada que caminas al marcharte. Yo prefiero decirte “compañera” y andar juntos en este viaje, lanzarnos en parapente al abismo de los deseos y saberte cercana a mi flanco izquierdo siempre que me acerco para besarte. Estoy buscando cómo nombrarte y me sobran adjetivos elocuentes que no alcanzarían a describirte. Estoy buscando cómo alojarme bajo un pliegue de tu alma para no sentirme extraviado. Estoy buscando ser inquilino de tu costado izquierdo y silbar una melodía cada vez que regreso a ti. Sí, estoy buscando alojarme en una de tus aortas para no llorar a solas, para no dormir a oscuras, para no extrañarte cuando no sé cómo decir tu nombre. Estoy buscando cómo nombrarte y tal vez sería adecuado recurrir a Los Bunkers cuando cantan esa maravilla de Silvio Rodríguez: “Estoy buscando una palabra en el umbral de tu misterio…/ Quién fuera un poderoso sortilegio, quién fuera encantador./ Estoy buscando una escafandra al pie del mar de los delirios…/ Quién fuera el batiscafo de tu abismo, quién fuera explorador./ Corazón, corazón oscuro, corazón, corazón con muros,/ corazón en fuga, herido de dudas de amor.../ Estoy buscando melodías, para tener cómo llamarte./ Quién fuera ruiseñor, quién fuera Lennon y McCartney,/ Sindo Garay, Violeta o Chico Buarque,/ quién fuera tu trovador”. Estoy buscando cómo nombrarte y se me ocurre un mundo de posibilidades. Podría empezar por llamarte… esta noche. Y amanecernos.

 

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