Los canallas no van al cielo

Siempre odié esa manía de los adultos de 'hablar en clave' y ser tan inmaduros en cosas demasiado serias: “la cigüeña te trajo un hermanito” y desde luego eso de “si no te duermes no van a venir los Reyes Magos”
Roberto G. Castañeda
08/01/2015 - 05:00

 

“En la vida hay dos clases de hombres: los buenos y los canallas. Lo sabré yo, que tuve un gran hombre a mi lado. No como mi hermana, que se fue a enredar con un  tipo  que se largó  para el otro lado  sin decir adiós”.

Eso es más o menos lo que dejó aquella señora despeinada a su comadre, que estaba formada junto a ella en las tortillas. Yo, mientras tanto, me hacía un taco de sal en lo que me daban el cambio. Creo que fue la primera vez que escuché la palabra ‘canalla’ en directo, porque seguramente ese término me era familiar en las películas clásicas. Como sea, también me llamó la atención aquello de ‘se fue para el otro lado’. Yo era un chavito que apenas conocía una cuarta parte de mi colonia, así que me extrañó aquella expresión y me quedé intrigado: ¿Dónde diablos queda ese ‘otro lado’ al que se largan los desgraciados canallas? Desde luego que ese sitio no estará en el cielo. Tampoco es que me propusiera buscarlo en el diccionario o averiguarlo en mi próxima aventura. Pero siempre odié esa manía de los adultos de ‘hablar en clave’ y ser tan inmaduros en cosas demasiado serias: ‘la cigüeña te trajo un hermanito’ o aquello de ‘si te la jalas mucho te saldrán pelos en la mano’ y desde luego eso de ‘si no te duermes no van a venir los Reyes’. Carajo, si yo lo que quería era encontrarme de frente con los Reyes Magos para pedirles, no, más bien para exigirles explicaciones: si todo el año me porto bien, si llevo buenas calificaciones, si aguanto que hasta mis hermanos me digan ‘cuatrojos’, si le ayudo a mi madre con los mandados sin quedarme con el cambio, si me baño cada tercer día, por qué son así de ingratos conmigo y no me traen la bendita bicicleta que les pedí o la autopista Scalexctric con la curva de la muerte que vi en el Canal 5.

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En fin, creo que ya estoy divagando y revolviendo los temas: que si los canallas se van al infierno, que si los adultos inmaduros, que si los Reyes Magos no eran tan mágicos. El punto medular es que en la cola de las tortillas te enterabas de todo, hacías nuevas amistades, podías conocer a la niña de tus sueños más imberbes. Y todo mientras te echabas un taco de sal, nomás para entretener a la lombriz antes de la hora de la comida. Creo que no hay nada tan mexicano como formarse por un kilo de tortillas y agarrar el salero para acompañar un taco de crisis. Porque curiosamente, como cada año nuevo, avizoramos una nueva crisis al alcance del bolsillo. Ya con el PAN, ya con el PRI de regreso, las pinches cosas pintan del nabo, de la rechingada. Y lo noto en el súper mercado o en el tianguis y hasta en la fila de las tortillas, porque pasan los años y me he vuelto más agrio pero sigo yendo a las tortillas. Igual que cuando era niño o adolescente. Y me siguen sorprendiendo los comentarios de los vecinos: “dicen que Peña Nieto ya vendió el Golfo de México” o “en el Internet dijeron que los extraterrestres planean una invasión”. Primero, Peña Nieto no puede vender un país que ya está regalado de antemano, por décadas y décadas. Segundo, los extraterrestres no intentarán invadirnos porque los terrícolas podemos darle en la madre a la humanidad sin ayuda de nadie. Y si no me creen, basta ver a las nuevas generaciones crecer sin educación (dije educación, no escuela): ausencia de valores, de dignidad, de sentido de la vergüenza. Eso explica que cada día haya  menos universitarios y más asesinos a sueldo, cada vez más ladrones de cuello blanco y menos científicos, cada vez más políticos y menos profesores. Y eso explica también que el kilo de tortillas sea cada vez más caro y rinda menos. Somos un país en crisis, por los siglos de los siglos, amén.

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Recuerdo que yo era de esa clase de chavales a los que les encantaba ir por las tortillas. Y no porque fuera el epicentro de algún club secreto o porque me gustara la hija del tortillero, sino porque antes pasaba por casa de doña Esther o le tocaba a Cuquita para preguntar si necesitaban que les trajera sus tortillas. Así me ganaba unos pesos, en lugar de quedarme con ‘el cambio’ de mi jefa. Claro, a veces había que soportar en la fila a las viejas chismosas que no se cansaban de presumir que su hija “anda con un abogado, que la trae en carro y la lleva a los mejores lugares”. Ni modo que yo le rebatiera que “los moteles no son los mejores lugares para una señorita ‘decente’, doña Eustolia”. No, yo aún no estaba para esas cosas porque me faltaba malicia. Ahora sí lo hago, de vez en cuando, sólo para ejercitar el músculo de la ironía, el sentido del sarcasmo. Como ya les he contado, soy un tipo que sigue yendo a las tortillas, que viaja en Metro y desayuna los domingos en el tianguis; soy un tipo bastante ordinario  que desde niños colecciona pequeños tesoros: un reloj de Mickey Mouse, estampitas del Mundial, el ‘Libro Vaquero’, mis guantes de portero, un Mini Cooper miniatura, cómics de ‘Mafalda’ y el poster de ‘Star Wars’. Mis vinilos, cien canciones de Soda Stéreo, mientras el país arde en llamas, mientras las balas pasan silbando y “un hombre alado extraña la tierra”. Bien ha dictado Cerati: “ya no hay fábulas/ en la ciudad de la furia./ Me verás caer/ como un ave de presa,/ me verás caer/ sobre terrazas desiertas…/ México se ve/ tan susceptible…/ Sólo encuentro/ en la oscuridad/ lo que me une/ con la ciudad de la furia”.

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