Malditos sean los que aprietan la cuerda

Roberto G. Castañeda
07/07/2016 - 05:00

En la mesa se amontonan las facturas. Mi plan inmediato es pagar el agua y esperar las nuevas tarifas de mierda que nos aplicarán en el próximo recibo de luz. No falta mucho para que el banco me boletine al buró de crédito. En la tele pasan un video de los Killers, el periódico habla otra vez de la Selección Nacional y mi vida es una sucesión de lugares comunes. Abro el refrigerador para cerciorarme de que mi futuro no hiberna allí. Sería una novedad que hubiera un cadáver de pollo, pero no. Sólo encuentro un homenaje al vacío: un trozo de queso rancio, algunos limones tiesos, sobrecitos de catsup Domino's y lo que parecen ser chiles en vinagre. Siento náuseas y el hambre pasa a segundo término. Aún así, tomo el pedazo de queso y le doy una mordida. Mala idea, porque desisto y luego me queda un sabor amargo en la boca. Así que trato de disimularlo con un trago de Sprite sin gas. Mi madre me lo había advertido: vivir solo te da independencia, pero también te condena a los silencios. He aprendido a convivir con mis defectos, pero aún me siento raro cuando escucho mis propios latidos. Lo bueno es que ya pasó la época de tormentas, porque a mí la lluvia no me inspira, como diría Antonio Birabent: “A mí la lluvia no me inspira / Ni me lleva a una salida. / Y las letras no me salen / Y la cabeza se me inunda con preguntas de segunda”. Mis peores recuerdos están inundados de lágrimas. Era yo un niño cuando me daban miedo los relámpagos o no me dejaba dormir el golpeteo sobre las láminas de asbesto. Lo peor era cuando mi madre tardaba en llegar y yo rezaba para que no la partiera un rayo. Te podría decir que a pesar de todo, mi infancia fue maravillosa. Pero, como siempre sucede, los recuerdos llegan demasiado tarde. Cuando ya no eres el mismo, cuando te has cansado de todo. Recuerdo que cuando era niño a veces me bañaban en el lavadero, junto a la pileta. Y mi madre me cargaba mientras yo temblaba de frío, envuelto en una toalla de Mickey Mouse. Nunca fui a Disneylandia. Nunca tuve un juguete de pilas. Nunca vacacioné en la playa. Eramos invisibles, batallábamos para completar la renta, comíamos pollo rostizado en Año Nuevo, tomábamos leche de la Conasupo e íbamos a misa los domingos. Pero los santos estaban ocupados y los dioses favorecían a los que se hacían millonarios. Aún así, en aquellos días había tiempo para las sonrisas. Aunque me bañaran junto a la pileta y temblara de frío. Aunque no hubiera veranos con alberca.

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Para contrarrestar los daños de la nostalgia, de las demoliciones cotidianas, me da por leer libros de poesía. Me gusta intentar versos, me da por recitar frases rebuscadas a las mujeres hermosas. Y sin embargo mi vida carece de sentido poético. No soy ni mejor ni peor que el velador de ese edificio que están construyendo enfrente o que el viene-viene que cuida los coches. Igual que ellos, me cuesta trabajo pagar la renta, comer algo decente y conciliar el sueño. Mis días son bastante movidos como para preocuparme por las madrugadas. Y mis noches no son consuelo. Tiene varias semanas que soy cliente de mis propios nervios. ¿Será que me da miedo extraviarme o elegir el camino equivocado? Tengo ganas de botar todo a la mierda, siento que debo buscar otros horizontes. Pero las dudas se tiran a mis pies como si fueran perros fieles y hasta siento pulgas en los calcetines. Aún no encuentro mi vocación, camino como si trajera dos zapatos izquierdos y entonces ya no estoy seguro de que mis pasos sean tan certeros. No dejo de pensar en las oportunidades que he dejado pasar. Dejé de jugar al Melate, rechacé una beca para estudiar las propiedades nutritivas de las orugas, abandoné mi libro a medias, traicioné a mi futuro, di la espalda a mi destino, no me canso de maldecir a mi padre y para colmo de males mis madrugadas están pobladas de insomnios. No soy, desde luego, el más optimista en un país carente de esperanza. Me uno al ejército de los que miran hacia la nada. Siento que estoy en un mal sitio, en el peor momento. Soy un tipo con demasiadas ideas para un cerebro tan corto. La imaginación da para mucho, pero yo soy como un Chevy con el tanque vacío. Y no alcanza ni para la gasolina. Siempre llego a casa a la medianoche y enciendo el televisor para ver infomerciales. Pierdo el tiempo en cosas absurdas, como contar las luces que se avizoran desde mi ventana, como alimentar ácaros en la almohada, como beber a oscuras y poner una y otra vez el mismo disco de Andrés Calamaro, como recitar con monotonía “soy el soldado de tu lado más malvado y el arquitecto de tus lados incorrectos”.

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Busco razones para no volverme loco por completo. Necesito encontrar mi sitio en el mundo, al menos en mi propio mundo. Y no sentirme como un extraño cada que entro en mi propio dormitorio. No soy un tipo afortunado, pero a veces me comporto como si fuera el número uno, como si fuera más alto o el más listo de mi gremio. Si tuviera coraje abandonaría todo y me largaría a recorrer el Amazonas. O dejaría el trabajo y me buscaría una plaza de burócrata mientras termino de escribir mi libro. Pero yo mismo soy como los personajes de una novela policíaca: al mismo tiempo soy el asesino y también el detective. Mientras uno me va matando, el otro está siguiendo las pistas. Todos los tipos que habitan en mí se amotinan para fugarse, pero mi sentido común siempre pone en marcha la señal de alarma. Y mis impulsos más rebeldes acaban por domesticarse. Ya va medio año y no llegado más allá de mis propias fronteras. Ya viene otra vez mi cumpleaños y no tendré muchos motivos para celebrar. Reserven las velas para mi funeral. Si no construyo mi ataúd es porque soy pésimo carpintero. Así que mejor me entretengo tratando de encontrar algo que me salve de ser devorado por mis inseguridades. Escribir más poesía no es mala idea, pero en un país de burócratas eso resulta igual de productivo que archivar peticiones de aumento de sueldo. Mientras aumenta la luz y me carcomen los intereses de la tarjeta de crédito, escribo mis reclamos con copia por triplicado: “Malditos sean los justos, los sumisos,/ los súbditos del dios de la certeza,/ los tontos con medalla,/ los hijos de mamita, los traidores/ y todos los candidatos ./ Malditas sean los que se mojan muy poco cuando llueve./ Malditas sean las letras pequeñitas de los contratos./ Malditos sean los que nunca han roto un plato./ Malditos sean los que aprietan la cuerda,/ los que nos envenenan con promesas,/ los que nos acuchillan con las cuentas”.

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