Brebajes que atontan el corazón

Hay mujeres fugaces, como peces de hielo o nubes de algodón. Hay mujeres tormenta, que sólo vienen a dejarte un desastre por todos lados.
Roberto G. Castañeda
07/04/2016 - 05:00

Sí, hay mujeres  que se evaporan como esas pociones que envenenan el sentido común y te marean el corazón hasta quién sabe cuándo. Así era Marlene. En realidad se llamaba María Fernanda, pero su nombre "artístico" era Marlene. La conocí de una manera poco probable. Marlene lloraba sentada en las escaleras. Intenté ignorarla, pero eso era menos que imposible. “¿Te sientes mal?”, la pregunta era estúpida, lo supe de volada. Ella asintió. “¿Puedo ayudarte en algo?”, traté de corregir. Volvió a asentir. Levantó la cara, se limpió el llanto con la mano derecha y sólo consiguió que se le corriera más el rímel. “Es que me peleé con mi novio y perdí mis llaves y no sé qué hacer”, balbuceó. Mmmm, traté de pensar en algo. “¿Por qué no le llamas a alguna amiga?”, sugerí. “Es que también perdí mi celular, bueno con todo y bolsa”. Mmmta, es lo malo de las viejas que no saben beber. “Lo bueno es que tu cabeza está atornillada al cuerpo”, traté de aligerar la situación. “¿Cómo?”, no me sorprendió que no entendiera la broma. “Si quieres, puedes pasar a mi departamento a hacer alguna llamada”, señalé hacia arriba. “¿De veras?, ay, que lindo”, me tomó la palabra. Marlene vivía un piso abajo. “Allí está el fon”, indiqué, “puedes hacer las llamadas que quieras. Mientras, voy a cambiarme los zapatos”, era un pretexto para dejarla a solas. Regresé y su cara de angustia me lo dijo todo. “No localizo a mi amiga, no me contesta”. Buscar un cerrajero no era opción, no en la madrugada. “¿Te ofrezco un café, un refresco, un trago?”, pura amabilidad, “en lo que resolvemos esto”. Dudó y luego me pidió un cigarrillo. Fumamos, ella volvió a llamar, pero nadie contestó y tuvo que dejar un recado en el buzón. “Ay, manito, ¿qué hago?, no sé qué hacer, es la única amiga con la que me puedo quedar”, estaba a punto de acongojarse, así que traté de calmarla. “No te preocupes, ya pensaremos en algo”, comenté. “Que lindo eres”, la típica frase. Fui a servirme un ron y a ella le llevé una cerveza. “Ay, no, cómo crees, de por sí ya estoy borracha”, pero de todos modos la agarró. “Salud”, chocamos los tragos, después puse un disco. “Que bárbaro, tienes muchos compactos”, hasta entonces reparó en ello. “Conservo un beso de carmín que sus labios dejaron/ impreso en el espejo del lavabo,/ una foto amarilla, un corazón oxidado, y esta sed del que añora la fuente del pecado”, cantaba Sabina mientras Marlene me sonreía de una manera que presagiaba fuego entre las manos.

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Platicamos un rato. Marlene trabajaba en televisión, era lo que llaman el “atractivo visual” de un programa de comedia. Varias veces la escuché llegar ebria a su depa o discutir con su novio, con el que ya había terminado esa noche porque “era demasiado celoso”, lamentó. También me contó que fue a beber con unos amigos y que no supo dónde había dejado su bolso. Tal vez en el auto que la llevó a su casa. Fue hasta entonces que se dio cuenta que no podría entrar a su departamento. Lo dicho, es lo malo de no saber lidiar con la bebida. Después de dos tragos le sugerí que se quedara en mi recámara y que yo me podía dormir en el sillón. Era la única opción y aún así quiso descartarla, “ay no, cómo crees”. Tonta. “Ya mañana te acompaño a buscar un cerrajero”, agregué. Ella sugirió que mejor nos quedáramos despiertos, bebiendo y platicando. “No es mala idea, pero yo tengo que trabajar temprano y necesito descansar”, expliqué. “Ay, que pena”, se disculpó, “bueno, pero yo me quedo en el sillón”. Obvio que no acepté. La conduje al dormitorio, saqué un cobertor y le recomendé que pusiera el seguro a la puerta. “No hay problema, me parece que eres de confianza”, aunque debió decir “me parece que eres confiable”. Cerré cuando salí, bajé el volumen a la música y terminé mi trago. Todavía me fumé un cigarrillo y unos minutos más tarde me dormí.

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Sentí sus labios sobre los míos, me dejé llevar. Luego, Marlene se acomodó sobre mí. Intenté decir algo. “Shhh, no digas nada” y me volvió a besar. Desnuda era espectacular. Sus senos eran firmes, sus caderas prometían vértigo, pero además besaba como hechicera. “Déjame hacerte el amor”, musitó aunque yo sabía que sólo era sexo casual. “Tengo que ir por un preservativo”, señalé la recámara. “Ya lo traje, tontito” y rasgó la envoltura con la boca, pese a que se recomienda no hacerlo.  Luego perdimos la cabeza. Marlene era estupenda, se movía de una manera electrizante. Terminamos juntos. Y ella gritó de un modo obsceno, que me encantó. Después se acurrucó en mi pecho. “Eres muy lindo, Roberto, tenía que agradecértelo”, sonó a pretexto de mujer ebria. Yo intuí que sería la única vez que estaría en mi cama, bueno, en mi sillón. Pero me equivoqué. Al otro día fuimos por un cerrajero y resolvimos su problema. A la siguiente semana tocó a mi puerta y llevaba una botella de whisky. Nos volvimos amigos, nos acostamos algunas veces, me regaló una antología de Sabina y un libro de Bukowski, aunque prometimos no involucrar los sentimientos. Unos meses después se mudó al departamento que le puso su nueva conquista, un productor. Le perdí la pista, aunque de vez en cuando la veo cuando repiten su programa de televisión. Recuerdo que antes de irse me dejó una nota bajo la puerta: “Gracias por ser tan lindo y por las noches escuchando música”. Siempre me pareció que estaba huyendo de algo. De cuando en cuando pienso en ella y más sentido le encuentro a esa rola que dicta: “Lo nuestro duró/ lo que duran dos peces de hielo/ en un whisky on the rocks.../ De pronto me vi,/ como un perro de nadie,/ ladrando a las puertas del cielo./ Me dejó un neceser con agravios,/ la miel en los labios/ y escarcha en el pelo./ Tenían razón mis amantes/ en eso de que, antes, el malo era yo”. Han pasado algunos años y a veces me pregunto si Marlene pensará en mí de vez en cuando. No lo creo. Bien dice Sabina, de pronto somos como perros de nadie, ladrando a la puerta de un cielo que no se abrirá nunca más. Y sí, hay mujeres fugaces, como peces de hielo o nubes de algodón, que sólo vienen a dejarte un desastre por todos lados. Hay mujeres tornado que te dejan a la intemperie, mirando el horizonte con la confusión de los desolados. Sí, hay mujeres que se evaporan como esas pociones que envenenan el sentido común y te marean el corazón hasta quién sabe cuándo.

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