Que mis pecados se pongan en huelga

"He sido y sigo siendo un elefante blanco construido de pecados y defectos. He pecado mucho, demasiado, de pensamiento, palabra, obra u omisión".
Roberto G. Castañeda
06/08/2015 - 17:00

Acúsome de haber ejercido la soberbia, en todas sus formas. He sido altanero, arrogante, demasiado pagado de mí mismo. He sido lo suficientemente cretino como para hacerme odiar por mis vecinos, la cajera del banco, el abarrotero y hasta por mis compañeros de trabajo. He sido tan soberbio que ni yo mismo me soporto cuando soy autocrítico. He sido y sigo siendo pedante, vanidoso, un idiota que no sabe qué hacer con lo mucho o poco que ha aprendido.

Acepto que  por lapsos de mi vida me ha gobernado la pereza, en todas sus variedades. Me ha faltado ambición, he derrochado el tiempo en nimiedades y he sido un tipo poco productivo. En determinados momentos he postergado proyectos que ya tendrían que estar terminados, con los pretextos más absurdos que sólo yo me creo: que si el equinoccio de primavera, que si mi talento es incomprendido, que no me venderé al sistema, que no es mi momento, que no se han alineado los planetas a mi favor y demás etcéteras bastante cuestionables. Algún conocedor dirá que es ‘miedo al fracaso’. Ni madres. En todo caso sería ‘miedo al éxito, al compromiso’. Yo digo que me sale muy bien eso de hacerme pendejo. Y soy un experto en engañarme a mí mismo.

Me acuso de perderme en los excesos, en la gula y el trago. ¿Cuánto tiempo y varo habré derrochado frente a un vaso de vino? El suficiente como para saber que no tendré una jubilación medianamente digna. Poco he ganado y demasiado he perdido. Mi alma ya está empeñada, con recargos e intereses, en la bóveda de algún infierno muy menor. Sí, he bebido tanto que mi alcoholismo me ha rebasado. Y no es algo que me enorgullezca. No, en definitiva no es divertido. Mucho menos cuando mezclas en la misma copa el ron con la soberbia. Te vuelves una persona intratable. Yo sé lo que les digo. Sí, ha habido buenas anécdotas, dignas de contarse. Pero también he sido patético, más de lo que se imaginan. Y eso no es motivo de orgullo. Por el contrario, soy un estúpido y estoy jodido.

Como todo arrogante, borracho o sobrio, por supuesto que he sido dominado por la ira. Soy un neurótico constante, obsesivo, lamentable. Soy una bomba de tiempo ambulante, ojos de furia y ceño fruncido, un misil teledirigido. Soy el sujeto que maldice a cada rato, el perfeccionista inconforme, un ansioso sin medicamentos, un cartucho de dinamita a domicilio. Soy este constante enojo,  las 24 horas del día,  en mis tardes y en sueños y también en los insomnios. Que alguien me extienda una visa temporal en el manicomio más próximo. Soy un misil teledirigido, una granada de mano, un idiota explosivo. De nada sirve saberlo, estar consciente de ello, si estallaré en cualquier momento.

No he llegado hasta aquí para hablar de mis bondades, ni de mis talentos, sino para confesar lo mucho que me he dejado llevar por mis arrebatos y el huracán de defectos. He sido gobernado por este ejército de miedos que me han acosado durante décadas. Si acaso me he salvado de muy pocos pecados: como la envidia y la avaricia.  Y eso es clave para no ofertar tus principios ni la dignidad. Ya lo he dicho: no es nada para alardear, sólo quería aclararlo.

Eso sí, inútil negarlo, he sido poseído por los arrebatos constantes de la lujuria. Desde mi adolescencia, durante toda mi juventud y en plena madurez. Una y otra y otra vez he confundido el amor con la lujuria, como un poseso, como un enfermo. Me he dejado llevar por mis instintos más elementales frente al cuerpo promisorio de una mujer. Me he mentido a mí mismo, con el mínimo pretexto, de que esa pasión recalcitrante tenía algo que ver con el corazón. Más equivocado no podría estar: dos, tres, diez o más ocasiones he fingido que el amor es el bálsamo que cura soledades. Eso es una vil mentira. Para qué hacerme el tonto, para qué los engaño, para qué le miento al espejo: si casi todo tenía que ver con el sexo. He pecado mucho de pensamiento, palabra, obra u omisión. En todo momento, por años, he sido iracundo, he sido lascivo y perverso, he sido soberbio, he sido un pésimo borracho, he sido un mal ejemplo, he sido neurótico, he sido rencoroso, he sido un estúpido, he sido poco ambicioso, he sido un inútil, he sido mucho más que todo eso. He sido y sigo siendo un elefante blanco construido de pecados y defectos. Y Dante Guerra ya ha dictaminado mi penitencia: “Que te devoren las dudas,/ que te carcoma la vergüenza;/ merecido lo tienes,/ te lo has ganado a pulso,/ con el sudor de tu frente./ Que te corroan las culpas,/ que te gane el remordimiento,/ que te flagelen los miedos,/ que nunca te perdonen los dioses,/ porque no has sabido/ hacer las paces a tiempo./ Que todos tus defectos/ se te vuelvan en contra/ porque nos has logrado/ reconciliar tu pasado/ con tu maldito presente./ Que todos tus pecados/ se pongan en huelga,/ que agiten las banderas,/ que te pasen la factura,/ mientras intentas negociar/ algún castigo llevadero”.

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