La pasión no burocratiza los trámites

El amor no es un contrato, la pasión no tiene cláusulas y la lealtad no lleva incisos. Hay demasiados conflictos como para burocratizar las caricias
Roberto G. Castañeda
05/06/2014 - 05:00

El amor no es un contrato, la pasión no tiene cláusulas y la lealtad no lleva incisos. Ya tenemos demasiados conflictos con el banco, en la casa y en la oficina, como para burocratizar las caricias cotidianas o el cóncavo y convexo en las madrugadas.

No, en verdad que no es necesario firmar un contrato con copia y triplicado cuando dos miradas se confabulan para hacerse al amor, para prometerse pasión eterna y renovar los votos cada noche de lujuria. Ya lo dice muy bien Dante Guerra:  “Mis caricias más nuevas y lascivas/ no cumplen con horarios de oficina,/ sólo trabajan por su cuenta/ cuando se les antoja o se les da la gana./ Y desnudan tu cintura y recorren tus piernas/ sin el hastío de la rutina./ Mis besos más rotundos y eficaces / no necesitan mandarle citatorios/ a las curvaturas de tu cintura./ Mis manos ansiosas no hacen corte de caja/ ni balances semestrales/ cuando se trata de cortejarte./ No, las urgencias de mi sexo explícito/ no necesitan mandarte memorándums/ cuando se trata de convocar/ a una reunión urgente en horas extras./ Las caricias más nuevas y dispuestas/ no burocratizan los trámites/ cuando se trata de entregarse/ a la pasión desenfrenada”.  Y cada que miro a mi mujer, hoy como hace un año, ayer como hace cuatro, me recuerdo que el amor y la pasión no se han burocratizado, tal vez porque no hemos firmado algún contrato con cláusulas complicadas o trampas ilegibles en letras chiquitas. Y no hay fechas límites, ni plazos que se cumplan, sólo posdatas que me recuerdan lo que afirma sabiamente Édel Juárez:   “Vuelvo porque un día me propuse hacerlo,/ hace muchas vidas, hace muchos sueños,/ vuelvo porque tus imágenes me guiaron,/  porque necesito tus secretos bajitos de mañana/ tu complicidad callada, tus azules, tus rojos,/ tus dudas y certezas, amarradas con un lazo/ vueltas nudo y a la espalda…/ Tu bien sabes que nuestro primer beso fue tan corto/ que dura todavía, que te he perdido y encontrado/  más de diecisiete veces en esta vida,/ que no hay punto final en mi cuaderno,/  que me extravié en tu espalda,/ que juntos somos dos hechiceros ardiendo,/ muertos de frío en cada hoguera”.

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“Ya puede besar a la novia”, dice el cura. Entonces, como en película chafa, el baboso aquel junta sus labios con los de su amada. Y todo mundo aplaude. Es ese momento “mágico” en el que todos están convencidos de que la felicidad es una foto con los padres del novio y la novia, con cara de “hemos hecho el mejor trato del mundo”. Son esos instantes en los que ya nadie se acuerda de que los muchachos, tan guapos ellos, se están casando porque la chamaca salió embarazada. Claro, ya pasaron las discusiones, la clásica frase de “eres la decepción de esta familia” o aquella otra de “te o dije, escuincle pendejo, que te cuidaras”. Eso ya quedó atrás. Y cuando por fin las familias arreglaron sus “diferencias” y se pusieron de acuerdo en quién pagaría la bebida y quién la comida, los futuros esposos respiraron aliviados. Qué importa que ella tuviera que dejar la escuela a medias o que él no tuviera un empleo fijo. No, lo relevante es que al menos ella llevara el embarazo con dignidad, porque si no, “imagínate qué dirán los vecinos”. Pero aquel contrato de amor, aquella unión ante la sociedad, tiene muchas cláusulas que no vienen escritas, que se dan por entendidas: el amor tiene fecha de caducidad, los celos anidarán en la almohada, la rutina se acumulará como pelusa bajo la cama. Y ella se volverá una réplica de su madre, avejentada antes de tiempo, y él se fijará en otras mujeres. Y luego él se escapará con sus amigotes mientras ella cuida al chamaco. Y la suegra estará de metiche. Y el dinero no alcanzará y se maldecirán por todo y entonces llegará el día en que las ofensas se volverán golpes y será una historia de nunca acabar. No es por alarmar, pero el matrimonio es el peor contrato del mundo. Ya casi nadie respeta lo firmado. Nunca leen las letras chiquitas y luego se dicen engañados. Yo por eso, sigo los consejos de mi asesor de cabecera que es Dante Guerra, cuando jura que el amor no es un asunto de trámites engorrosos:  “Mis manos ansiosas no hacen corte de caja/ ni balances semestrales/ cuando se trata de cortejarte./ No, las urgencias de mi sexo explícito/ no necesitan mandarte memorándums/ cuando se trata de convocar/ a una reunión urgente en horas extras./ Las caricias más nuevas y dispuestas/ no burocratizan los trámites/ cuando se trata de entregarse/ a la pasión desenfrenada./ Y es mejor hacerle caso a Julio Cortázar/ con aquello de que no haremos el amor/ sino de que el asunto es que el amor nos haga”.

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