Canciones para fumarse el insomnio

Si te carcomen los celos, si necesitas ahogar el olvido, si te fumas los insomnios, siempre habrá una canción para celebrar la vida o para despistar a la muerte.
Roberto G. Castañeda
04/08/2016 - 08:00

Mi madre escuchaba baladas tristes, casi siempre. Y lloraba. Nosotros éramos unos niños. Mi madre era necia. Ella se aferraba al dolor, renegaba de las huellas que deja el desamor. Sí, mi madre era terca en eso de escuchar canciones tristísimas. Y nosotros la escuchábamos sollozar. Si la terquedad fuera negocio, muchos de nosotros tendríamos varias sucursales, seríamos millonarios y hasta cotizaríamos en la bolsa de valores. Siempre estamos aferrándonos a imposibles, a los amores malsanos, a relaciones destructivas. Sí, ahí vamos una y otra vez: persiguiendo quimeras, suspirando por cosas que a lo mejor ni necesitamos. No es negocio, pero ahí vamos. Bien lo narra Radio Futura: “Antes eran dos barcos sin rumbo,/ hoy son dos marionetas que van/ persiguiendo una luz cegadora/ por la línea del tiempo./ Han caído los dos en la boca de un dios tenebroso/ que sonríe mostrando sus dientes de acero./ Han caído los dos, cual soldados fulminados, al suelo./ Y ahora están atrapados los dos en la misma prisión,/ vigilados por el ojo incansable del deseo voraz,/ sometidos a una insoportable tensión de silencio”.

Ya sea que echemos a andar con rumbo fijo o en círculos viciosos y, como ya es costumbre, sin destino alguno, llevamos algo de terquedad en la mochila. Y nos detenemos a mirar los aparadores o a observar las nubes, tal vez a estudiar un mapa o igual a descansar un poco, pero seguiremos la marcha persiguiendo sombras y con la esperanza de cruzarnos en el camino con alguna señal que nos indique que no andamos tan perdidos: Destino Paraíso. Purgatorio en venta. Los Arrecifes. Infierno en renta. Playa Ocaso. Isla Melancolía. Habitación con vista al mal. Tierra Prometida. Estación Olvido. Y es entonces que descubrimos, un poco tarde, que el pasaporte está vencido, que a la visa le falta un sello, que siempre que llegamos corriendo el autobús ya ha salido. Y nos sentamos a pensar un poco, queriendo que la resignación nos ilumine, recordando algo del poeta Rubén Bonifaz Nuño: “Para los que miran desde afuera,/ de noche, las casas iluminadas,/ y a veces quisieran estar adentro:/ compartir con alguien mesa y cobijas,/ vivir con hijos dichosos;/ y luego comprenden que es necesario/ hacer otras cosas/ y que vale mucho más sufrir/ que ser vencido…./ Para los que quieren mover el mundo/ con su corazón solitario,/ los que por las calles se fatigan/ caminando, claros de pensamientos;/ para los que pisan sus fracasos y siguen;/ para los que sufren a conciencia / para los que no serán consolados, escribo”.

Y luego de un alto en el camino, sedientos de afecto, volvemos a la senda que ya otros han transitado. Persiguiendo promesas, con el sol a la espalda, con el fardo de los recuerdos. Y una mujer con alas es el pretexto para seguir buscando, para no detenernos. Siempre estamos en busca de algo, incompletos o ansiosos, de algo que no tenemos y ni siquiera sabemos si en verdad necesitamos: una mujer, otro trabajo, mejores amigos, nuevos rumbos, horizontes lejanos, corazones cálidos, amores furtivos, besos extinguidos, poemas sin destinatario, aquellos ojazos, las alas de repuesto, dinero en los bolsillos y esa horrible necedad de agradarle a los demás.

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Y seguimos caminando, como extraviados, como si el exilio fuera el único refugio, huyendo de algo o de todo, queriendo que tus pensamientos fueran tuyos y no de quien te los ha robado. Y nada parece confortarte. Nada parece aplacar tus miedos. Pero siempre tendremos canciones para desahogarnos, para celebrar la amistad, para emborracharnos, para maldecir, para cantar en la regadera, para escuchar en el Metro con los audífonos puestos, para recordar los días de escuela y darle forma al soundtrack de aquellos momentos que irán y vendrán de tu cabeza por el resto de tu vida. En verdad que siempre tenderemos una antología de canciones para enamorarnos, para llorar a solas, para extrañar lo que no supimos conservar, para planear lo imposible, para amanecer de buenas, para dormir de malas, para los jodidos insomnios, para suspirar por el pasado, para celebrar los cumpleaños, para bailar bajo la lluvia, para escuchar en silencio, para jubilar el corazón, para quemar las naves, para tratar de comenzar de nuevo y entonces hacer un alto en el camino, con momentos malos y también algunos buenos.

Y sonarán los estribillos de aquella melodía que es como un dardo que pega en el sitio correcto, en tu flanco débil, en tu lado más flaco, en el talón de Aquiles. Puede ser Café Tacuba, acaso los Cadillacs o Morrisey, quizá Zoé y hasta Los Estelares, el dramatismo de Bunbury, la felicidad de Vicentico, la sensibilidad de Drexler, el filin de Silvio Rodríguez o la poesía de Joaquín Sabina. Vete tú a saber, si Enjambre le pondrá combustible a tus tardes o si Los Smiths alimentarán tu fuego interno al caer la noche. Sí, siempre habrá canciones para los momentos de introspección o para gritar mientras te acechan las jaurías de la melancolía. Siempre habrá canciones para fumarse los insomnios. Siempre tendremos una canción para celebrar la vida y despistar a la muerte un rato.

Si amaneces de malas, si tu día ha sido una mierda, si una maldita jaqueca nos ataca, si tus esperanzas están embargadas, nunca falta la frescura de Los Bunkers o la solidaridad de Jaguares y el vigor de Panteón Rococó para reconfortarte un poco. Sólo un poco, porque nada sofocará el fuego de tantos sentimientos encontrados. Si te carcomen los celos, si necesitas ahogar el olvido, si te carga la chingada o te agobian las dudas, podrás encontrar señales en algún estribillo, en unas cuantas frases o en toda una canción. Sí, siempre tendremos canciones para despistar al infortunio aunque sea por un rato.

 

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